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La lechuza y la inteligencia artificial

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Netflix estrenó la serie documental sobre historia natural La vida en nuestro planeta. Son ocho episodios de un combo ganador que reúne la productora de Amblin de Steven Spielberg, a Jonathan Privett en efectos especiales y a Morgan Freeman en la locución, cuya voz, ya todos lo sabemos, es la voz de Dios.

Para los fans de los documentales de la naturaleza, toda nuestra historia de espectadores se cifra en NatGeo, BBC y David Attenborough. Al principio -más o menos por el tiempo de Jacques Cousteau o de Félix Rodríguez de la Fuente -, creíamos a pie juntillas todo lo que nos contaban. Más adelante, nos desayunamos en el arte del montaje y comprendimos que el león no se pasaba la vida cazando infelices ñucitos, tal cual una fiera sanguinaria y desalmada. Sino que, en realidad, duerme veinte horas diarias, y fuera de las cacerías no había nada para contar.

Dejé de ver documentales de animales después de una seguidilla en la que moría la cría de un guepardo que el director del filme había asegurado que era bueno, inteligente y todo lo demás. No había necesidad de romperme el corazón con un montaje. Este tipo de documentales transgrede la convención: “los actores no mueren en las películas”.

Premisa que en la serie La vida en nuestro planeta se sigue a rajatabla. Acá mueren cinco planetas, pero no hay actores. Se trata de animaciones y efectos visuales tan perfectos, que el espectador duda de todo. Ni siquiera el “Pienso, luego existo”, cartesiano nos salva de la duda. Estamos viendo los tipos de vida desde hace 500 millones de años atrás y las cinco extinciones por las que pasó nuestro planeta. Damos por sentado que los diplodocus, el ave del terror, los tigres dientes de sable son efectos visuales combinados de animación e I.A. Aunque para mí Jurassic Park haya sido una película estresante, nunca me creí que los velocirraptores fueran de verdad.

El problema en esta serie es cuando aparece el combate entre dos lagartijas en el desierto de Atacama, la danza de los flamencos y a la lechuza cazando un ratón. ¿Ellos son I.A o son reales? Justo aquí hay un momento soberbio: la lechuza me hizo acordar a Kate Winslet. No por ninguna semejanza física, sino por la pericia en el arte dramático. La lechuza, lectores, cuando la vemos volar letal hacia el ratón, tiene malicia en sus ojos y nos provoca miedo. El diplodocus nos dejó fríos, pero la lechuza nos dio terror.

Sí: la lechuza también es una animación con I.A. Fue el artista a cargo quien tiñó de maligno el vuelo fatal del animal, que nomás está haciendo una acción rutinaria, como la nuestra cuando entramos al supermercadito chino. Salí de mi maratón un poco confundida. Por un lado el merengue de épocas y extinciones, y por otro, porque desesperadamente necesitaría saber si las filmaciones de animales que comparten nuestro mundo eran reales o I.A. Decidí que no me dio pavor la lechuza, sino la I.A.


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