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La mentira del «genocidio» israelí

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«Cuando uso una palabra”, declara uno de los personajes de ‘Alicia en el país de las maravillas’, “esta significa exactamente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos.” La cita me viene a la mente con frecuencia desde el comienzo de la invasión israelí de Gaza, y esta semana de nuevo tras el inicio de un proceso contra Israel que Sudáfrica ha llevado a la Corte Internacional de Justicia.

Se centra en la palabra “genocidio”, falsa definición del gran crimen que tiene en vilo al mundo. Políticos y manifestantes propalestinos llevan meses clamando que Israel es culpable de genocidio. Los abogados sudafricanos argumentan lo mismo ahora ante el tribunal de La Haya. En ambos casos los fines no son legales, son políticos: persuadir al mundo de la criminalidad israelí y a Israel de cesar una acción militar en Gaza que ha causado 23.000 muertes, según fuentes palestinas.

El primer objetivo no será difícil. No lo será porque ya se ha logrado. Gran parte de la humanidad ya está convencida de que lo que hace Israel en Gaza es un espanto. Las líneas están definidas. No se va a convencer a nadie más.

El segundo objetivo, imposible. Si Israel no le hace caso a Estados Unidos, no se lo va a hacer a Sudáfrica, ni a los jueces de la corte internacional. O sea, resultados prácticos, cero. No morirán menos niños, no se destruirán menos hogares como consecuencia de la intervención legal sudafricana. Se trata de teatro, poco más.

Está bien. “Todo el mundo es un escenario,” dice Shakespeare. La política no es ninguna excepción. Al contrario. Vean a Donald Trump, un actor en una obra surrealista. Vean la comedia que lleva años protagonizando Javier Milei en televisión.

Pero en ambas instancias hubo consecuencias en el mundo real. Trump y Milei llegaron a la presidencia. ¿Habrá consecuencias en el mundo real del juicio a Israel en la corte internacional? No, repito, respecto a las percepciones internacionales de la invasión de Gaza. Cada uno ya ha elegido su equipo y nadie va a cambiar. Tampoco en cuanto al impacto que vaya a tener en las intenciones militares israelíes. La mentalidad reinante en Israel es que la masacre que perpetró Hamás el 7 de octubre, con sus inevitables ecos nazis, les da licencia para matar. La invasión se entiende allá como una acción defensiva contra el exterminio que sus enemigos proponen. Asesina o sé asesinado.

¿Consecuencias para Sudáfrica? Sí, quizá. Habrá aplausos en el llamado “sur global”. Bien. Un gol anotado. Pero llama la atención la ironía de que el corruptísimo partido de gobierno, el Congreso Nacional Africano, se interese por una crisis humanitaria a 6.000 kilómetros de distancia cuando en Sudáfrica hay 30.000 asesinatos al año, 40.000 violaciones y un 30% de desempleo.

Puede que el juicio precipite consecuencias imposibles de anticipar pero la única visible hoy es que se acelera la degradación del lenguaje político, lo que acelera la tendencia hacia un mundo cautivo a líderes políticos cada vez más irresponsables y más fake. Las palabras pierden sentido, la retórica se come la verdad y nos dirigimos como una locomotora sin conductor al caos en el que el único ganador es el más cínico, o el más loco o el más bestia.

Propongo incorporarme a la resistencia con una defensa del significado real de “genocidio”, clásico caso de una palabra (como “fascista” o “comunista”) de la que se abusa con fines políticos–o sea, para manipular. ¿Por qué los que odian a Israel la utilizan como emblema de sus consignas? Porque “genocidio” es una palabra que contiene una especial carga emotiva ya que define el peor crimen del que es capaz la humanidad; porque así se coloca a los israelíes a la altura moral de Adolf Hitler. Lo grotesco, lo ofensivo, es que si uno no se suma a la manada, si uno cuestiona el uso de la palabra para describir la obscenidad israelí en Gaza, automáticamente muchos suponen que uno está a favor de ella. Me ha pasado con varios amigos. Esto es lo que les respondo.

Los problemas son dos. Uno, que obviamente “genocidio” no es lo que los israelíes están haciendo en Gaza. Llámenlo carnicería, si quieren. Llámenlo baño de sangre, o masacre de inocentes, o crimen de guerra. Nada que discutir. Pero genocidio—palabra aplicable al crimen masivo alemán de los años 40 o al de Ruanda en 1994—no. Ni siquiera Hiroshima fue un genocidio. Estados Unidos no tuvo la intención de borrar el gen japonés de la faz de la tierra. Tampoco la invasión rusa en Ucrania es genocidio, aunque muchos insisten en que lo es.

Sea porque son cínicos o porque son tontos, lo que argumentan los abogados sudafricanos en la corte internacional es mentira. Israel no se propone la aniquilación de la totalidad del pueblo palestino. Y todo el mundo lo sabe. El segundo problema es el autogol que se marcan los defensores de los palestinos. La indiscriminada promiscuidad con la que se utiliza la palabra le resta cada día más valor. Se la trivializa. Se ha acusado a Barack Obama, a Manuel López Obrador, a Mauricio Macri de ser genocidas. Para Putin, Zelenski es un genocida, la OTAN es genocida, todos los que se le oponen son genocidas.

El poder bruto y amoral es el que manda en la jungla rusa, con la mentira como piedra fundacional. Para evitar que nuestras relativamente decentes sociedades desciendan a semejante pesadilla defendamos en primer lugar las verdades para las que el lenguaje humano, lo que nos distingue de los demás animales, fue concebido. Empezando por la palabra genocidio.

Que se utilice como prueba de pureza, como indicio de si estás a favor o en contra de la barbarie israelí en Gaza, es postureo. Como también lo es que se haya convertido en el factor determinante en un escenario tan solemne como la Corte Internacional de Justicia. Paremos ya. Las palabras significan lo que significan, no lo que uno quiera. Basta de tanta farsa. Hay demasiado en juego.w


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