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La otra exclusión

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La globalización no se retrae. Al contrario. Cambia. Y lo hace profundizándose. Hemos vivido en las últimas décadas cuatro oleadas globalizadoras (tomando la metodología de Richard Baldwin).

La primera, desde fines del siglo XIX, con la gran expansión de comercio internacional, fue la globalización de los productos (que evolucionó hasta el reciente récord de 28 billones de dólares por intercambios en el planeta en 2021).

La segunda, consecuente, desde la segunda mitad del siglo XX, fue la de las empresas, a través de la difusión de la inversión extranjera directa (cuyo stock planetario ya ronda los 42 billones de dólares).

La tercera es la que hoy tiene lugar, la del conocimiento y la información a través del frenético intercambio de datos (las ganancias de la “cadena global de internet” en 2020 fueron de 6,7 billones de dólares).

Y la cuarta es la que consolida todo y está en plena emergencia, la de las personas (no solo ya rondamos los 5.000 millones de usuarios en internet y los 1,7 mil millones de viajes internacionales por año en el planeta, sino que -lo más relevante- hay en el mundo 1.600 millones de trabajadores -la mitad del total- conectados a la red desde sus puestos de trabajo).

La globalización, por ende, es más compleja. Es “hexagonal” (seis flujos sistemáticamente vinculados: intercambio de bienes, de servicios, de inversión directa, de financiamientos, de datos, de migraciones y telemigraciones). El consumo, la instrucción y la educación, el trabajo, las preferencias políticas, las conductas, todo está crecientemente internacionalizado.

Y por eso la formación de capital humano es crítica para el éxito.

Es posible, por ende, que la Argentina esté mas desacoplada de los nuevos dinámicos escenarios internacionales de lo que parece.

Dice Alessandra Sini en “Human capital at work: The value of experience” (McKinsey, 2022) que el capital humano consiste en el conocimiento colectivo, los atributos, las habilidades y competencias, la experiencia y la salud de la fuerza de trabajo. Y que su desarrollo comienza en la infancia, continúa a través de la educación formal y se expande, especialmente, en el desarrollo de toda la vida de trabajo (“expands the full working life”). Esto es: la vida de trabajo ya no es solo un fin sino también un medio para la futura vida de trabajo.

Esto cobra especial relevancia si se atiende a un estudio de Eurostat de hace algunos años que muestra que el 70% de la inversión en investigación y desarrollo en las principales economías del planeta ocurre en las empresas; quedando el restante 30% en la acción del sector público, el sistema educativo y las ONG.

Expresa un trabajo de By Anu Madgavkar, Bill Schaninger y Sven Sm para Mc Kinsey que la experiencia de trabajo genera entre 40% y 60% del capital humano.

Lo anterior es relevante porque Argentina no solo padece una decadente formación en el sistema de instrucción pública, sino que, al perder competitividad en su economía y ver reducida la participación de empresas internacionalmente competitivas en su sistema productivo, está (además de afectando su presente económico) reduciendo capacidades sociales futuras.

Argentina es sede matriz de solo 6 de las mayores empresas multinacionales latinoamericanas (el stock de inversión extranjera emitida por empresas argentinas en el exterior es menor que el de las brasileñas, mexicanas, chilenas y colombianas). Mientras, el stock de inversión de origen extranjero en nuestro territorio -menos de 100.000 millones de dólares- es menor que en México, Brasil, Chile, Colombia y Perú. Consecuentemente, y en medio de una profunda transformación de las cadenas globales de valor (hacia ecosistemas en red de empresas que depositan en el capital intelectual el principal motor), la Argentina participa en esas redes en un porcentaje menor a la mitad que el promedio mundial.

El impacto de lo referido no solo es, pues, económico/presente sino que es formativo/futuro. Dicen Ana Milijic y Vanja Vukojevik que la economía moderna se apoya en el capital intelectual y que éste se basa en tres pilares: el capital interno de las empresas (conocimiento incorporado en la producción), el capital externo (relación con su ecosistema contextual) y el capital humano (“work-related knowledge”).

Argentina muestra la más baja tasa de inversión en relación al PBI de la región. Y exhibe un bajísimo índice de empresas en relación a la población.

A propósito: no suele ser suficientemente ponderado el daño que se produce a las personas a las que se les concede un subsidio que no promueve su concomitante participación laboral regular: desde la perspectiva psicológica, operativa, socioproductiva y cultural estamos implemenando un subsidio a la exclusión.

Lo social y lo económico no crean paralelos sino intersecciones.

Lamentablemente, la Argentina tendrá, pues, enormes dificultades para acompañar una nueva evolución socioproductiva, que no dependerá solo de arreglar la macroeconomía o cambiar regulaciones, si (como ahora) desinvierte en sus personas. Y el daño actual es ultraactivo.

El saber es requisito para el progreso. La mayor exclusión a la que estamos sometiéndonos (comparable a la del índice de pobreza) es la de las capacidades personales. Y ella esta en las falencias en el saber operativo pero también en las debilidades en la confianza, la autoestima, el optimismo (críticos para una nueva economía global en la que la mejor habilidad es la predisposición para reaprender). Dice Yuval Harari que el mayor recurso económico de la civilización actual es la confianza. Estamos haciéndonos mucho daño.

Marcelo Elizondo es especialista en negocios internacionales. Director de la Maestría en Dirección Estratégico-tecnológica en el ITBA


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