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Hacia un banco mundial de vacunas: la pandemia no terminará si no incluimos a todos

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Hacia un banco mundial de vacunas: la pandemia no terminará si no incluimos a todos

Un Banco Mundial de Vacunas puede garantizar que todos los países tengan acceso a las vacunas al mismo tiempo para cubrir a sus poblaciones más vulnerables, lo que ayudaría a proteger los servicios de salud y de emergencia y reducir las muertes.

 

El papa Francisco renovó su advertencia sobre el impacto que la mercantilización de la salud y la desigualdad global pueden tener en la cura del coronavirus al señalar que “las diferencias sociales y económicas a nivel planetario corren el riesgo de marcar el orden de la distribución de las vacunas“. La campaña de inmunización más grande en la historia puede quedar determinada “con los pobres como los últimos y el derecho a la salud para todos, como un principio, vaciado de su valor real”.

“No podemos dejar -dijo en su mensaje de Navidad- que los nacionalismos cerrados nos impidan vivir como verdadera familia humana que somos. Tampoco que el virus del individualismo nos supere y nos haga indiferentes al sufrimiento de otros hermanos. No puedo ponerme por delante de los demás, poniendo las leyes del mercado y las patentes de invención por encima de las leyes del amor y la salud de la humanidad”.

Francisco solicitó a líderes políticos, funcionarios, empresas y organismos multilaterales que “promuevan la cooperación y no la competencia, y que busquen una solución global: vacunas para todos, especialmente para los más necesitados en todas las regiones del Planeta”.

El mapa interactivo sobre la vacuna del coronavirus que elabora Our World in Data es revelador de la inequidad global en la que parece estar sumido el mundo a la hora de inmunizar a la población. Ese ranking realizado con las dosis de vacunación está liderado por países de altos y medianos ingresos como Israel, Emiratos Árabes Unidos, Gran Bretaña, Bahréin, Estados Unidos, Italia, Alemania, Francia, China, Rusia, México e India.

Pero no son solo los sentimientos de inspiración filantrópica que urgen a la humanidad entera a efectuar acciones que lleven al ideal de vacunación masiva. En efecto, hay motivos científicos que lo requieren y con fundamentos de peso.

Las mutaciones del virus aparecen rápidamente y cuanto más tiempo se tarda en vacunar, mayor probabilidad hay de que surja una variante que pueda eludir los tratamientos y las inmunizaciones actuales. El coronavirus se está volviendo más diverso genéticamente y los especialistas en salud afirman que la alta tasa de nuevos casos es la razón principal porque cada nueva infección le da al patógeno la oportunidad de mutar mientras hace copias de sí mismo, amenazando con dar por tierra con el progreso logrado hasta ahora para su control.

El concepto de salud global debe primar como estrategia prioritaria y tal vez como única salida a la fenomenal crisis de desigualdad que quedó crudamente expuesta. La situación es un espejo del actual sistema mundial: los países más ricos han comprado ya la mayor cantidad de vacunas que se producirá este año, mientras los más pobres no tendrán dosis para administrar -incluso- ni a sus poblaciones más vulnerables.

La distribución desigual de las vacunas es peligrosa para todos. Ciertamente es un fracaso moral, pero también nos enfrenta a resultados económicos y de salud catastróficos. Esto significa que el virus continuará propagándose y mutando, entonces los países ricos que vacunen a toda su población, descubrirán que no están protegidos de las cepas más nuevas que surjan. A un año de la declaración de la pandemia hay evidencia que los Estados y las organizaciones creadas para afrontar los retos colectivos, no contaban con esta emergencia, ni han sido capaces de darle una respuesta contundente.

Existe un mecanismo llamado COVAX, coordinado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Alianza GAVI para las Vacunas y la Coalición para la Promoción de Innovaciones en pro de la Preparación ante Epidemias (CEPI) que consiste en unificar el poder de adquisición de los más de 170 países participantes para garantizar una cantidad y variedad de vacunas contra el Covid.

“Hay dos formas de participar: como economías autofinanciadas y como participantes financiados (países que reúnen los requisitos para el Compromiso Anticipado de Mercado o AMC). Los países autofinanciados pagan por sus vacunas y los AMC son elegidos de acuerdo con criterios establecidos por el Banco Mundial y son considerados países de bajos ingresos”,

Todos los participantes del mecanismo deben haber concedido la autorización regulatoria nacional a las vacunas en cuestión, un proceso que puede acelerarse mediante la emisión de autorizaciones especiales de uso basadas en la inclusión de dichas vacunas en la lista OMS de uso en emergencias. Dichos participantes deben haber firmado acuerdos de indemnización con los fabricantes en cuestión para poder recibir dosis a través de COVAX.

Hasta ahora el accionar del Covax, si bien necesario, ha sido muy lento y burocrático y la existencia de requisitos financieros y políticos atenta contra la salud global. Mientras tanto, algunos gobiernos ricos están apuntando a la inmunidad colectiva de sus poblaciones, que incluye vacunar a las personas que no corren mayor riesgo en verano. Esta desastrosa inequidad pone en riesgo al mundo entero.

Las naciones de ingresos medios y bajos que cuentan con Covax como una parte importante de su estrategia de vacuna necesitan las dosis ahora, pero gran parte de los espacios de fabricación prioritarios ya han sido reservados por países pujantes que hicieron acuerdos bilaterales, entonces los países pobres seguirán enfrentando brechas masivas en el acceso a las vacunas. La Universidad de Duke calculó que la vacuna no llegaría a algunos países hasta 2024 si los estados más ricos siguen haciendo acopio de las dosis.

Así las cosas, es necesario buscar otro mecanismo de adquisición y distribución de las vacunas, con mayor poder de negociación y distribución inteligente del recurso, como podría ser un Banco Mundial de vacunas.

Existe un modelo de referencia y es el Fondo Mundial de la OIE (Organización Mundial de Sanidad Animal). Tiene una amplia experiencia global en la gestión de bancos de vacunas y en el abastecimiento de vacunas contra la influenza aviar, la fiebre aftosa, la rabia (vacunación de perros) y la peste de pequeños rumiantes (PPR).

Al proveer a los países en desarrollo vacunas de calidad, el estado beneficiario puede concentrar sus recursos en llevar adelante las campañas de vacunación, movilización de recursos humanos, financieros y técnicos, como el personal de vacunación, transporte y almacenamiento respetando la cadena de frío.

Los bancos de vacunas permiten realizar economías de escala y lograr acciones concertadas contribuyendo al mismo tiempo a armonizar y a coordinar los programas de control a nivel mundial y regional. Además, favorecen las campañas de vacunación con numerosos asociados, alianzas entre el sector público y privado y la posible participación de organizaciones no gubernamentales.

Los bancos de vacunas de la OIE se establecen por medio de licitaciones internacionales y de un proceso de selección a cargo de comités independientes compuestos por expertos internacionales (laboratorios de referencia de la OIE) y representantes de los donantes.

Un Banco Mundial de Vacunas puede garantizar que todos los países tengan acceso a las vacunas al mismo tiempo para cubrir a sus poblaciones más vulnerables, lo que ayudaría a proteger los servicios de salud y de emergencia y reducir las muertes.

Habiendo constatado la eficacia del mecanismo de la OIE para el aprovisionamiento de vacunas, en 2014, la OMS decidió cursar todos sus pedidos de vacunas contra la rabia canina a través del banco. Este mecanismo ha permitido que, en enero de 2019, la OMS hiciera entrega de 15,3 millones de dosis de vacunas antirrábicas.

Toda esa experiencia se puede transpolar sin dificultad a un Banco de Vacunas Mundial, que se rija por criterios científicos claros y no por criterios económicos o de poder político. Ciertamente que la primera impresión sea de descreimiento, pero no es imposible, es más, es necesario si pretendemos gozar de buena salud global.

Poner en marcha la producción de vacunas no solo es caro, sino que suele ser lento, Implica procesos científicos complicados, corporaciones multinacionales, muchas promesas gubernamentales en conflicto y una gran dosis de burocracia y regulación.

Pero la ecuación es más fácil si 5 laboratorios pueden producir X cantidad de vacunas, 10 laboratorios producirán X por 2. ¿Qué impide que esto sea así? Las patentes.

Las patentes preservan la propiedad intelectual de un producto para que nadie lo copie. En la industria farmacéutica funciona de modo similar. Eso les permite controlar el precio y la producción, lo que supone gran parte del negocio farmacéutico y genera una barrera de acceso para los países menos desarrollados. Y en el caso de la vacuna contra el coronavirus se suma el tema del acaparamiento de dosis en los estados más ricos. Romper esas barreras debe ser una prioridad.

En un movimiento histórico, India y Sudáfrica solicitaron el 2 de octubre a la Organización Mundial del Comercio (OMC) que permitiera a todos los países optar por no otorgar ni hacer cumplir las patentes ni otras medidas de propiedad intelectual para medicamentos, vacunas, pruebas de diagnósticos y otras tecnologías para el COVID-19 mientras dure la pandemia y hasta que se logre alcanzar una inmunidad de grupo a nivel mundial.

Liberándose las patentes, en manos de un organismo internacional controlado como un Banco Mundial de Vacunas y manejando justos criterios epidemiológicos, podría llegarse a inmunizar una mayor cantidad de población en menos tiempo.

A la voz del Papa se sumó, la semana pasada, la del etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus (Director de la OMS) que advirtió: “Debo ser franco: el mundo está al borde de un fracaso moral catastrófico, y el precio de este fracaso se pagará con las vidas y el sustento de los países más pobres”.

Esta pandemia no terminará hasta que termine para todos.

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