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La política se despereza

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Eduardo Fidanza* -En el momento inicial de la cuarentena había un consenso amplio, lo que llamo “consenso instrumental”: los poderes a nivel nacional, provincial y municipal han mantenido un diálogo aplicado a encontrar los medios y las políticas para superar esta pandemia y hacen administración de la crisis. Al principio eso era también un consenso político. Ahora ese consenso instrumental se mantiene, más allá de las tensiones, pero superpuesto con un disenso político. Parece que la política se desperezó y empezó a desarrollarse con la misma dinámica que conocemos y también involucra a los sectores más radicalizados de cada fuerza.

Hemos vuelto a una suerte de bipartidismo, no de partidos políticos sino de coaliciones de gobierno. Las dos fuerzas han acaparado el 90 por ciento de los votos en la última elección, pero estas coaliciones no tienen nítidamente definidos sus liderazgos. En el Gobierno está claro que coexiste el poder presidencial con el de Cristina Kirchner, y en la oposición, un dato muy significativo es la caída abrupta de la imagen de Mauricio Macri. En cierta manera ha desaparecido de la escena política y tiene en las encuestas la caída más abrupta de un dirigente político en los últimos tiempos. Pero, contradictoriamente, crece la imagen de Horacio Rodríguez Larreta, que representa un fenómeno interesante de lo que llamo consenso instrumental: la gente percibe que tanto el jefe de Gobierno porteño como el Presidente están mancomunados para resolver la pandemia. Sin embargo, como los movimientos políticos de Rodríguez Larreta no están explicitados, la opinión pública no los percibe y tampoco es tan nítido el liderazgo en la oposición.

La consecuencia es que las dos fuerzas políticas tienen un comportamiento un poco errático, dependiendo de qué liderazgo prevalezca, y ambas están atravesadas por estilos distintos: hay sectores moderados en el oficialismo y en la oposición, pero también hay sectores radicalizados. Antes de la pandemia, la popularidad de Alberto Fernández y de Rodríguez Larreta se había disparado, y ahora todavía más, por lo que se podría pensar que es por un estilo de moderación política, de búsqueda de diálogo, de apertura. Se valora que dos dirigentes, frente a una catástrofe, se puedan sentar juntos y privilegiar la resolución de los problemas por encima de las diferencias. Estos estilos podrían prevalecer, pero hay que ver cómo evolucionan en un contexto social y económico muy difícil. Está claro que ellos están prevaleciendo sobre estilos más duros y que tanto Cristina Kirchner como Macri han quedado asociados a la grieta, a ser representantes de dos modelos de país que se presentan como excluyentes. Yo digo que son países imaginarios.

En el kirchnerismo y en el cristinismo, además de una acción concreta de la ex presidenta por las causas que tiene, hay declaraciones que no se sabe si son para preocupar a los sectores más radicalizados de la oposición o si en realidad es el anticipo de una acción concreta. Como lo que dijo la diputada Vallejo respecto a una eventual participación accionaria en las empresas que el Gobierno está ayudando o algunas declaraciones en torno de la Justicia. Hay un componente fáctico, no ideológico, en este momento, que llamo “el momento socialista”, no solamente en la Argentina sino a nivel mundial. Los Estados adquieren muchísima importancia y salen al salvataje del sector privado de la economía, que está en suspenso por la cuarentena. Esta ayuda es ambigua: ¿es una ayuda concreta para luchar contra la desocupación y otros problemas económicos, o lo van a aprovechar para avances totalitarios? Esta es una discusión en todo el mundo. Aquí tiene su réplica y está personalizada en torno de Cristina Kirchner.

Hay un horizonte que no debemos descartar que es el de la protesta social y del hartazgo social, no solamente en la Argentina. ¿Cómo terminó 2019? Con protestas sociales que atravesaron el mundo. Podíamos escuchar a un jubilado que protestaba en una plaza pública en Irak porque no podía vivir con su jubilación de 400 dólares, mientras que en Hong Kong se protestaba contra la falta de libertad y en Chile, contra la regresión de los ingresos. Pero los argentinos en lugar de protestar fueron a votar y eligieron otro gobierno. Aun así, si bien el peronismo tiene una capacidad de amortiguación de la protesta por su capilaridad social y sus componentes movimientistas, no se puede descartar una ola de protestas sociales muy intensas que puede arrastrar todos los liderazgos, los más moderados y los más radicalizados, como sucedió en 2001.

El kirchnerismo ha sido ambiguo. Para aquellos que dicen terminaremos como en Venezuela, hay que aclararles que la ex presidenta lo primero que hizo fue acatar la decisión de las unas en su momento y se fue a su casa, el kirchnerismo nunca cerró las cámaras legislativas, no persiguió físicamente a sus opositores y se mantuvo dentro de un juego político con una concepción de lo que se puede llamar las democracias radicalizadas, pero dentro del sistema. Hoy mismo, Cristina Kirchner apoya como el resto del oficialismo, pero también la oposición, las leyes para permitirle al Gobierno renegociar la deuda. El consenso ahora es el FMI, que se ha convertido en un amigo. Parece claro que la ex presidenta busca limpiar sus causas judiciales. No me parece tan claro que el kirchnerismo esté embarcado en una especie de aprovechamiento de este momento, el “momento socialista”, para cambiar las reglas de juego. En el capitalismo argentino, la presencia del Estado ha sido siempre muy protagónica. Nuestro problema no es ser como Venezuela, nuestro problema es ser Argentina y caer en nuestras conductas seculares, históricas.

Hoy, el kirchnerismo ha crecido mucho y la vicepresidenta pone condiciones. La pregunta también es: ¿cuál es la posición de Alberto Fernández respecto de Cristina Kirchner? No está clara. La manifestación de él ha sido: “Somos socios, nos llevamos bien, somos amigos”. La percepción es que al tener estilos muy distintos y estar en distintos lugares de poder debería haber más diferencias. Los analistas políticos nos hemos cansado de decir que no es posible un gobierno bicéfalo, y menos en la Argentina, que tiene una cultura presidencialista. Debemos ser cautos. El peronismo ha sido muy creativo en todas sus fórmulas. No vaya a ser cosa que se esté pergeñando un gobierno bicéfalo porque Cristina Kirchner termina siendo una socia muy influyente y entonces se gobierne de esta manera los próximos dos años. En las encuestas preguntamos a la gente si va a prevalecer Alberto sobre Cristina, o Cristina sobre Alberto, o si los dos van a gobernar como socios, y el resultado es extraordinario: un tercio dice lo primero, un tercio lo segundo y un tercio elige la tercera opción. Eso no está dirimido ni en la política ni tampoco en la opinión pública.

* Fundador de Poliarquía, profesor titular de la UBA, donde creó una cátedra sobre el pensamiento de Max Weber. En “La Nación”, con pluma afilada y virtuosa,  analizó en profundidad las idas y vueltas de la política argentina

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