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La realidad es hoy

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El silencio se ha adueñado de la ciudad y no solo de los oscuros pasillos de los Tribunales; la sensación de encontrarse en una ciudad abandonada es casi imposible de evitar y obliga a pensar en el tiempo en que, justamente, esa ausencia de tiempo habrá de terminar.

El mundo nos bombardea con las trágicas imágenes de la devastación que produce en otros lugares el virus que nos acecha, y que se acerca a nosotros con sigilo y en las sombras, y produce los temores que, inevitablemente, genera lo desconocido. Sin embargo, la sociedad responde del mismo modo en que lo ha hecho desde que existe como tal.

El temor nos hace recurrir a los mismos métodos del pasado, por otra parte, los únicos conocidos a pesar de todos nuestros avances científicos, para evitar caer víctimas del extraño virus, el aislamiento que, casi espontáneamente, la gente supone es una prudente conducta. Junto a esa acción, después impuesta desde la Autoridad, surgen las normas de derecho con las que el Estado intenta apuntalar sus decisiones para ser cumplidas.

Como evidentemente la mera sugerencia, o la personal elección, no son suficientes para lograr el propósito de proteger a toda la sociedad, resulta necesario recurrir a las potestades represivas del Estado y ya se estableció un cuerpo importante de disposiciones que amenazan con prisión, su incumplimiento.  Junto con dicha previsión, se ha puesto en marcha la actividad judicial que en principio, demostrando nuestra anomia, se están viendo superada por la cantidad de violaciones en las que debe entender.

Escenas burlescas parecen imposibles de suponer en una ciudad evolucionada, huidas parecidas a la de Casanova por los techos de Venecia para eludir las cuarentenas, o inconciencias  parecidas, solo muestran la inmadurez de una sociedad que se siente superior a su propia realidad.

Diariamente conocemos las muy variadas formas en que se burlan las disposiciones que, por su simpleza, son imposibles de no comprender. La cuarentena, un concepto que por su histórica antigüedad casi puede definirse como un concepto instintivo, merece de nosotros tantas variantes, como sea la voluntad de someterse a ella. Aunque a la medida va acompañada la idea de la muerte, la inmortalidad propia de los Argentinos ha hecho que estos la transformen en una sugerencia antes que en una disposición obligatoria y como resultado, ineficaz a los fines para los que fue dispuesta.

La tarea normativa, frente la decisión de detener las actividades, merece un capítulo aparte que, una vez más, marca y define la impronta que los argentinos podemos dar aún a aquellas situaciones que amenazan nuestra propia existencia,

El aislamiento laboral, ha merecido aclaraciones sucesivas para que los empleadores tuvieran la certeza que permanecían subsistentes sus obligaciones dinerarias, al tiempo de que los trabajadores conociesen su obligación de cumplir con sus tareas, en el caso de ser posible, desde sus domicilios y asistidos por los medios tecnológicos que permiten el trabajo a distancia.

Severas penas y la remisión a expresas normas penales vinculadas al contagio de enfermedades -con castigos que llegan a los quince años de prisión- no resultaron suficientes para que algunos creyeran que se trataba de vacaciones pagas y congestionarán los accesos a ciudades balnearias que debieron rechazarlos en sus ingresos y devolverlos a sus domicilios de origen.

La presión de los grupos económicos, para que sus actividades fueran declaradas esenciales, y de ese modo poder convocar a sus trabajadores para que concurran a sus labores habituales, fueron semejantes al comportamiento de aquellos que intentaron sustraerse a sus tareas, acomodando su situación a la de aquellos que merecían recibir esa dispensa, apoyados en situaciones de infortunio personal que así lo justificaban.

Esos incumplimientos dieron lugar, inmediatamente, a la intervención judicial que , en tan solo 48 horas, se declaró colapsada por tener que poner orden entre los díscolos ciudadanos a los que se les otorgaba la posibilidad de no morir abrazados al virus chino-como lo tituló el presidente Trump-.

En conclusión, un mal pronóstico respecto de nuestro futuro; que se presenta vulgar y opaco, destinado a ocupar el lugar que nuestra medianía le reserva y no a sortear sus problemas con el esfuerzo con que los otros pueblos superan los suyos. Más allá de los esfuerzos hechos para encaminar la pandemia, lo que subyace es la evidente declinación de un país que rechaza las soluciones que implican compromisos con la ética, la moral y la solidaridad, todo aquello que no produzca beneficios de inmediato no solo es rechazado, sino que se abandona, negando a las generaciones futuras la posibilidad de recuperar el lugar que pudiera corresponderle.

Vienen a la memoria como sucesos demasiado alejados y casi negados por la historia, los comportamientos de aquellos que intervinieron en el pasado para darle un sentido a nuestra sociedad. Pocos recuerdan que el Gral Ricchieri a quien se le encomendó la compra de los fusiles mauser con los que se proveyó al ejército argentino en su momento, al concretar una compra de semejante envergadura, recibió una gratificación de parte de fabricante que, inmediatamente, transformó en tres Mil rifles más que incluyó en la compra.

Tan distinta es nuestra realidad de hoy, como lo será el futuro que nos aguarda si hechos como los de esta pandemia se instalan entre nosotros – el inexistente alcohol que se cotiza en una suerte de marcado negro a diez veces su valor-. Solo un Estado que genere los comportamientos debidos a partir del cumplimiento de la ley y un Poder Judicial que evite los excesos, pero marque los límites dentro de los que se puede actuar, permiten suponer una Argentina distinta a la que ahora se ve, deslizándose hacia el Barranco en el que acabará cayendo si no corrige su rumbo.

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