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La reforma de las reglas fiscales, un embrollo cerca de resolverse

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Hay debates que por su complejidad prefieren aparcarse por los siglos de los siglos; esas cajas que es mejor no abrir porque el acuerdo parece imposible. En la Unión Europea hay varios temas que pueden entrar dentro de esa clasificación, y uno de ellos es -o era- la reforma de las reglas fiscales. Pero los tiempos cambian y con ellos las exigencias: por eso el bloque ha tenido que afrontar cambios que en condiciones normales no se habría atrevido a tratar. Por lo pronto, los 27 ya han pactado su parte y ahora solamente falta el pacto con el Parlamento Europeo en un área tremendamente pantanoso pero que espera cerrarse durante la primera mitad de este año. ¿Qué ha pasado desde la pandemia con las reglas fiscales?

El nuevo marco fiscal europeo se ha diseñado con la idea de hacerlo más sencillo y personalizado, pero manteniendo los límites máximos permitidos de deuda (60% sobre el PIB) y de déficit (3% sobre PIB). Dos referencias que a menudo han sido criticadas por su arbitrariedad. Los Estados miembros que superen esos niveles deberán acometer ajustes para cuadrar las cuentas. Sin embargo, a diferencia de la legislación anterior, en esta ocasión se tendrá en cuenta la situación específica de cada país para diseñar la senda de ajuste.

Esta es la cronología de un embrollo que está cada vez más cerca de alumbrar una solución adaptada a la nueva era de la UE:

Un debate que se abrió en 2020

En septiembre del año 2020 el golpe de la Covid todavía tenía noqueada la economía europea. Era el primer asalto de una batalla que tardó en ganarse, y fue entonces cuando las reglas fiscales quedaron suspendidas: era uno de los pasos dados para acabar con las políticas de austeridad adoptadas durante la recesión del 2008, y acompañaba otros como la aprobación de los fondos de recuperación o la compra común de vacunas para hacer frente a la pandemia.

Era el momento perfecto para empezar a hablar de reforma. «Ya desde entonces casi todos se daban cuenta de que las normas estaban obsoletas«, comentan varias fuentes comunitarias consultadas por 20minutos, que consideran que quizá «sin una crisis de esa magnitud no se hubiera abierto el debate». Los años que siguieron a lo más duro de la pandemia estuvieron marcados por un shock económico casi sin precedentes, que no terminó de superarse cuando ya tuvo su continuación con la invasión rusa de Ucrania. Eso agitó el panorama, pero también dio más tiempo para preparar la reforma de la gobernanza económica.

España quiere ser protagonista

No tardó España en querer ponerse al frente de un debate que le afectaba de lleno: los países del sur sobrepasaron durante mucho tiempo los límites marcados, unas cifras «imposibles» de cumplir para unas economías muy castigadas. Por eso el Gobierno quiso formar un frente común con Italia o Portugal. Habían cambiado las tornas respecto al 2008 y los países mediterráneos buscaron llevar la voz cantante. Nadia Calviño capitaneó un barco al que, eso sí, había que sumar como siempre que se toman este tipo de decisiones tanto a Alemania como a Francia. Con París fue más sencillo, pero la ortodoxia de Berlín amenazaba con dificultar las cosas. No fue así (o no del todo).

«La UE no solo debe dotarse de nuevas reglas fiscales, sino pensar en fórmulas más creativas de las que salgan estrategias reforzadas y operativas«, resumieron los expertos consultados por los 27 mientras los ministros de Economía se afanaban en allanar poco a poco el terreno mientras la UE asomaba la cabeza después de otras dos crisis muy potentes. Entre julio y diciembre llegaba la presidencia española del Consejo, y entre los puntos clave de su agenda estaba una nueva red de gobernanza económica «adaptada a los tiempos», repetía el Gobierno.

El rol de Alemania ha cambiado

En la toma de decisiones en la UE resulta decisivo -sí o sí- atraer a Alemania hacia tu bando. Pasó con el fondo de recuperación, y ha vuelto a pasar con las reglas fiscales. Pero eso no quiere decir que no hubiera recelo en el Gobierno semáforo sobre los planes que defendían los países del sur. Al final, el papel germano ha acabado sirviendo para suavizar el pacto entre los 27… pero es mejor un acuerdo descafeinado que nada. Además, Alemania ya no se puede poner tan exigente. Con el país al borde de la recesión, un Ejecutivo débil y un ministro de Finanzas, Christian Lindner, con niveles de aprobación bajos la dureza otrora tan criticada no pudo ser tal.

No obstante, tuvieron que ser Francia y Alemania los que primero limasen sus asperezas para poder alumbrar el acuerdo entre los Estados miembros. Con el acuerdo en el eje todo quedó despejado: y esa luz verde llegó de hecho después de una cena entre Lindner y su homólogo galo, Bruno Le Maire, en París. En ese escenario, Berlín acabó aceptando más flexibilidad en la reducción del déficit para los países que estén en un proceso de corrección, es decir, que superen el 3% del PIB, algo que venía semanas pidiendo el Gobierno de Macron. Todo listo para el sí final.

Qué dice el Parlamento Europeo

A principios de diciembre, solo unos días antes del acuerdo entre los 27, el Parlamento Europeo dejó claras sus posiciones -sobre todo de cara a la negociación con el Consejo-, y avisó de que van a ser exigentes para el acuerdo final. La comisión de Asuntos Económicos de la Eurocámara puso el foco en que las nuevas normas no pueden seguir la misma estrategia aplicada en el año 2008. «Las nuevas reglas fiscales deben abrir un nuevo capítulo en nuestra política económica y servir para pasar página de la austeridad«, expuso el eurodiputado socialista, Jonás Fernández, que ve clave también tanto «reforzar la dimensión social del marco de gobernanza económica» como dar «suficiente margen» a los Estados miembros.

El texto aprobado por los eurodiputados introduce valores numéricos mínimos que definen en cuánto debe reducir cada año un Estado miembro su deuda excesiva y cuánto puede rebasar la planificación de gastos. Para los países con ratios de deuda sobre PIB entre el 60% y el 90%, este ratio debe reducirse al menos un 0,5% cada año de media durante el periodo proyectado (el periodo de tiempo en el que tiene lugar el ajuste fiscal más 10 años), o un 1% para los países con ratios de deuda sobre PIB superiores al 90%. La propuesta de la Comisión sólo estipula que este ratio debe ser inferior al final del periodo que al principio. En años de crecimiento positivo del PIB, el texto de la comisión también establece una desviación máxima permitida del 1% del PIB respecto a la senda de gasto neto.

El texto también exige a la Comisión que elabore, mediante un acto separado, cómo se evaluará la sostenibilidad de la deuda, y establece el marco de lo que debe contener este acto separado. Esto daría a las evaluaciones de la Comisión una base más sólida y predecible y permitiría un control más eficaz por parte de los representantes de los Estados miembros y los eurodiputados. Con todo ello irá la Eurocámara a las negociaciones.

La UE ya es otra

La reforma de las reglas fiscales, aunque no del todo ambiciosa, puede marcar un antes y un después en una época para la que la UE se prepara de otra forma diferente a cómo lo hizo hace década y media. La Unión Europea ya es otra, entre golpes económicos y geoestratégicos, y por eso las recetas ya son diferentes. Al ‘levantamiento’ de temas tabú como el pacto migratorio, la emisión de deuda conjunta o la inversión en Defensa se ha sumado un nuevo planteamiento de gobernanza económica que hace solo cinco años parecía imposible de pactar.


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