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La tradición, el cambio y la tibieza

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A pesar de que en todo ser humano hay un instinto conservador que exhorta a pedir seguir haciendo las cosas como siempre se han hecho, la promesa del cambio suele ser tan seductora que muchas veces se impone a la fidelidad que demandan las rutinas y rituales.

Los grandes promotores del cambio fueron los artistas de vanguardia, cuyo propósito fue revolucionar la forma artística, cuando no los valores y la vida. Luego los publicistas se dieron cuenta de que podían explotar esa tentación humana, y hasta los coaches contemporáneos se empeñan denodadamente en sacarnos de nuestra zona de confort.

En tiempos de crisis, la idea de cambio político también encandila las conciencias y excita la esperanza. Hasta no hace mucho, cuando la economía marchaba bien en América Latina, los políticos ofrecían continuidad: Dilma Rousseff garantizaba la prolongación del proyecto lulista; Michelle Bachelet, el de la Concertación; Duque, el del uribismo; Maduro, el del chavismo; Cristina Kirchner, el de su marido, y al menos en un primer momento, Lenin Moreno, el del correísmo. Hoy en día ocurre lo contrario. El declive, agotamiento o agrietamiento de las finanzas y de los proyectos políticos latinoamericanos ha estigmatizado la idea de continuidad y fetichizado la de cambio.

Por eso tal vez sea apresurado afirmar, como se viene haciendo, que América Latina ha girado a la izquierda. Tal vez sea más acertado decir que ha girado hacia lo desconocido o que ha incubado tantas insatisfacciones que la gente ya no teme romper con lo viejo para abrazar lo nuevo, sea lo que sea.

Llevamos una racha electoral bastante elocuente: de catorce comicios, trece han supuesto un relevo de partido gobernante. Basta con que alguien llegue al poder para que lo queramos fuera. Boric está pagando la poca tolerancia que hoy tenemos frente a la frustración política. Seguramente Bolsonaro correrá la misma suerte, y a menos de que cambie la tendencia es probable que el peronismo también pierda el poder en Argentina.

Los únicos países en los que no hay cambios son Venezuela, Nicaragua y Cuba, las dictaduras de la región, aunque la isla se ha convertido en una olla a presión que en cualquier momento vuelve a estallar.

La fiebre de las commodities facilitó las labores de gobierno, todas, hasta las del delirante Chávez. Hoy, con un crecimiento inferior a la media mundial, América Latina se queda atrás; no crece, no soluciona problemas de gobernabilidad, no depura sus sistemas democráticos, no corrige desigualdades. Para colmo, a los fallos domésticos se suman los problemas ajenos: el fantasma de la recesión estadounidense, la guerra de Ucrania, la inflación y la pandemia.

El resultado es una crisis constante, la sensación de que el poder está en manos equivocadas y la reacción destituyente. El caso más dramático es Perú, donde seis presidentes han pisado la Casa de Pizarro en los últimos seis años. Quizás por eso quien más promovió la idea de cambio, Gustavo Petro, está ahora llenando su gabinete ministerial de políticos tradicionales: “los de siempre”.

Y hace bien. En momentos de inestabil dad, las propuestas radicales son una bomba de relojería. Basta con ver el terremoto que ha formado la alocada Constituyente chilena. Petro ha descubierto la tibieza, ese equilibrio entre el continuismo y la ruptura, y le sienta bien.

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