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La trampa cambiaria

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Miguel Kiguel.* Que la Argentina tiene pocas reservas internacionales es un secreto a voces. Si bien el número oficial indica que hay unos US$42.000 millones, la realidad es muy distinta. Si se descuentan el swap de monedas con China (un potencial préstamo en yuanes que no está disponible y representa la mitad de las reservas), y además US$11.000 millones que son dólares de los depositantes y no se pueden tocar, las reservas netas bajan a US$6.500 millones. Si consideramos algunos pagos que habrá que hacer antes de fin de año, principalmente al FMI, el monto proyectado cae a US$4.500 millones.

En la historia reciente el Banco Central solo tuvo ese monto al final del gobierno de Cristina, cuando se racionaban los dólares para evitar una devaluación, que al final fue inevitable ni bien asumió el gobierno de Macri. El problema es serio, porque con este nivel de reservas se complica mucho el pago de importaciones, empieza a estar amenazado el suministro de insumos para la producción y que impacta directamente en el empleo.

Un estudio que hizo el Central hace unos 12 años indicaba que el nivel óptimo de reservas en ese momento era de US$35.000 millones. Queda claro que si el país tiene el 15% de las reservas que necesita, el mercado de cambios va a ser disfuncional. Convivimos con el cepo, que restringe la compra de dólares para ahorrar, y para muchos pagos al exterior, y no se vislumbra que se pueda relajar por un buen tiempo.

El cepo y las dificultades que hay para comprar dólares llevaron a la aparición de los dólares paralelos, de los cuales el más importante es el contado con liqui (CCL). El tipo de cambio del CCL indica el apetito que hay por los dólares, y refleja las preocupaciones que existen por la inflación al igual que el temor a ahorrar en bonos argentinos, que cada vez valen menos. Hoy el CCL cotiza cerca de $200, lo que implica una brecha del 100% con el oficial.

La gran pregunta es cómo se puede salir de la trampa en la que estamos: reservas insuficientes, cepo cambiario que ahoga la economía, dólares paralelos que están al doble que el tipo de cambio oficial. Si a esto le agregamos un riesgo país de 1.800 puntos que frena las entradas capitales para financiar inversión y una inflación que supera el 50% anual, la complejidad de la situación es más que obvia. Es difícil encontrar países que enfrenten esta combinación de problemas.

La respuesta no es fácil, pero como primera medida requiere un programa macroeconómico que de a poco normalice la situación actual. La respuesta típica a la falta de reservas es un tipo de cambio más alto. En la Argentina, esa estrategia involucra riesgos porque la inflación que ya es alta puede subir más y puede tener efectos sociales no deseados. Pero algún realineamiento del tipo de cambio parece inevitable, y el gran desafío es que sea lo menos doloroso posible.

Para muchos no hace falta una devaluación, sino que el dólar acompañe a la inflación. El argumento tiene cierta razonabilidad si pensáramos que la Argentina tiene una economía funcional, como podrían ser las de Uruguay, Chile, Brasil, Colombia y muchas otras, que tienen reservas más que suficientes, un riesgo país bajo, que no necesitan refinanciar deuda con el FMI o el Club de París y sin cepos.

Pero la Argentina tiene hoy una economía disfuncional, sin reservas, con cepo cambiario que es cada vez más restrictivo, con un riesgo país muy alto a pesar de que reestructuró su deuda el año pasado, con escasez de algunos productos importados, con un déficit fiscal que se financia con emisión monetaria, con una brecha cambiaria enorme y con una economía que está estancada hace más de 10 años.

Llegar a US$35.000 millones de reservas llevará tiempo, incluso con un buen programa económico. Fijar una meta que implique aumentar entre 6 y US$8.000 millones anuales parece razonable pero implica un esfuerzo importante. Con cepo y brecha no se puede.

Hace falta que el Gobierno muestre que hay un norte económico, que indique cómo van a aumentar las exportaciones, cómo se va a ir relajando el cepo, cómo evolucionará el tipo de cambio, cómo va a lograr que entren capitales, y cómo se va a bajar la inflación. Las recetas del FMI en general son menor déficit y un dólar competitivo. El Gobierno está por enviar al Congreso un plan económico plurianual para negociar con el FMI; veremos si el programa es razonable para empezar a enderezar la economía.

*Miguel Kiguel es Licenciado en Economía de la Universidad de Buenos Aires y Ph. D en Economía de Columbia University. Director Ejecutivo de la consultora de economía EconViews y consultor en temas económicos y financieros del BID, el Banco Mundial y el FMI., Realiza tareas docentes y de investigación en la Universidad Di Tella y en el Centro para la Estabilidad Financiera (CEF). Es asesor académico de FIEL y miembro del consejo editorial del Diario “El Cronista”..

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