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La última baza de Macron contra la extrema derecha

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20 de diciembre de 2023. Libération, uno de los principales diarios de Francia, lleva en su portada dos fotos enfrentadas del presidente Emmanuel Macron y su némesis, la líder ultraderechista Marine Le Pen. Sobre sus cabezas, de un lado, las palabras de Macron cuando ganó las elecciones presidenciales por segunda vez consecutiva en abril de 2022: «Me han elegido para impedir la extrema derecha. Ese voto me obliga». Del otro, las declaraciones de Le Pen presumiendo de la «victoria ideológica» en la recientemente aprobada ley de inmigración, que retira prestaciones a los migrantes y la nacionalidad automática a los nacidos en suelo francés de padres extranjeros.

Era un punto de inflexión. La política francesa bullía. Un ministro presentaba su dimisión esa misma tarde y la mayoría gubernamental votaba dividida. Día negro para un Gobierno muy debilitado, con apoyos menguantes en una Asamblea Nacional en la que los ultras lideran la oposición. Macron se encontraba en una difícil situación de bloqueo, con un legislativo hostil que no apoyaba sus medidas estrella, y necesitaba buscar aliados incómodos en los conservadores de Les Républicains. Tan sólo un mes después, golpe en la mesa: Borne es despedida y Francia tiene un nuevo primer ministro.

Gabriel Attal ya ha hecho historia. A sus 34 años, es el jefe de gobierno más joven de Francia. También el primero abiertamente homosexual. De familia aventajada y educado en las mejores universidades del país, Attal es la viva imagen del privilegio de la élite francesa.

Su recorrido en política empezó en el Partido Socialista, sirviendo como asesor en varios gabinetes durante el gobierno de François Hollande. Con la llegada de Macron en 2017 se adhiere a su plataforma, es elegido diputado y poco después asume distintas responsabilidades de gestión, hasta ser nombrado primero portavoz del Gobierno, y el pasado julio ministro de Educación. Una carrera tan rápida como ambiciosa, que culmina ahora con su designación como mano derecha del presidente en el palacio de Matignon.

A nadie se le escapa que, pese a su pertenencia al ala más a la izquierda del macronismo, dirige un gobierno de corte claramente escorado a la derecha respecto al de su predecesora. Aunque los pesos pesados del anterior equipo ministerial se salvan de la purga, hay un claro cambio de dirección en el Gobierno francés: pasa de un perfil más equilibrado y técnico (Borne era una alta funcionaria, sin responsabilidades políticas previas) a hacerle guiños a los conservadores clásicos. Tanto es así que, para sorpresa de todos, la nueva ministra de Cultura es una de las caras más visibles de Les Républicains: Rachida Dati, que ya fue titular de Justicia con Sarkozy y era la rival de Anne Hidalgo en el Ayuntamiento de París hasta que fue expulsada fulminantemente de su antiguo partido al conocerse la noticia. En el nuevo gobierno Attal también hay sitio para Stephane Sejourné, el hasta ahora líder de los liberales en el Parlamento Europeo (y expareja del primer ministro). Es el nuevo responsable de Asuntos Exteriores.

¿Por qué este cambio de rumbo? Emmanuel Macron es consciente de que se queda sin tiempo. Todas las encuestas apuntan a que las elecciones europeas de julio las ganará la ultraderecha, por tercera vez desde 2014. En su último mandato como presidente, con una mayoría legislativa precaria y ahogado en polémicas que sólo alimentan a Le Pen, sabe que tiene que moverse rápido para salvar su legado. La suya es una plataforma personalista, cuya continuidad está en duda una vez agotado su segundo quinquenio. Necesita un heredero.

Frente a posibles candidatos a la sucesión, como el ministro de Finanzas, Bruno Le Maire o el de Interior, Gérald Darmanin, el presidente va con todo y apuesta por un recién llegado. Gabriel Attal es joven, ambicioso, popular. Recuerda al propio Macron cuando empezó. Es un lavado de cara que permite al presidente, a la vez, presentar un Gobierno con nueva vitalidad y más cercano a la derecha. Todo con el objetivo de sacar adelante las medidas que le quedan en el tintero. Y si el experimento le sale bien, tal vez también gane un nombre que impulsar para evitar el peor escenario posible: entregarle las llaves del Elíseo a la ultraderecha. Al fin y al cabo, para eso fue elegido.


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