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la vida de Bernard Madoff

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En la primavera de 1938, los Madoff, una familia de Queens (Nueva York) celebraba el nacimiento de un pequeño al que llamarían Bernard y que, aunque en aquel momento no lo supieran, marcaría con letras grandes su apellido en la historia de Estados Unidos. 82 años más tarde, justo tras su muerte, periódicos de todo el mundo han llenado sus páginas con la historia de ese chico: se le recuerda por ser el cerebro de la mayor estafa de la historia.

Bernard Madoff (o Bernie, como todos le llamaban) engañó a mucha gente. Con grandes promesas, atrajo a muchas personas y empresas, incluyendo algunas de gran relevancia pública, y les convenció para que le confiasen grandes sumas de dinero. Y, durante dos décadas, todo parecía funcionar. Madoff era un personaje respetado en el mundo financiero y sus inversores seguían engrasando la maquinaria con grandes sumas de dinero. Pero, por supuesto, el castillo de naipes tenía que colapsar algún día, y con las tempestades provocadas por la quiebra de Lehman Brothers finalmente cayó, dejando un agujero de 64.800 millones de dólares ahí donde un día se levantaba.

Trepando hacia la cima

Retrocedamos en el tiempo. Es 1960 y un joven Madoff acaba de fundar una pequeña firma (Bernard L. Madoff Investment Securities LLC) con el dinero que ha ahorrado trabajando como socorrista e instalando aspersores, dedicada a operar con acciones de a penique (el mismo mundo que quedó inmortalizado en la película El Lobo de Wall Street y en el que comenzó sus andaduras Jordan Belfort, retratado en el filme por Leonardo DiCaprio).

Sus habilidades pronto dieron fruto, y la reputación de Madoff Securities se fue extendiendo por los círculos financieros de Nueva York. El secreto de su éxito estaba en su capacidad para adaptarse. De hecho, la compañía fue una de las primeras en adoptar la tecnología informática para las operaciones financieras, una decisión que propulsaría definitivamente a Madoff a las alturas: su firma se convirtió en una de las impulsoras del mercado de valores NASDAQ, capaz de competir incluso con la poderosa Wall Street.

Este ascenso convenció a muchos miembros de su familia cercana a unirse a él en sus andanzas, con lo que la cúpula de Madoff Securities pronto estuvo copada por un círculo muy cercano y cerrado en torno a Madoff sobre el que ejercía un inmenso poder.

Construyendo pirámides

A finales de la década de los 80, Madoff comienza a tejer su gran tela de araña. La idea no era nueva: una estafa piramidal o esquema Ponzi, un modelo fraudulento que se ha puesto en práctica en muchos momentos históricos y lugares distintos, casi siempre con consecuencias desastrosas; pero nunca a semejante escala.

El funcionamiento del esquema Ponzi, llamado así por el estafador de origen italiano Carlo Ponzi, es sencillo. El estafador atrae a un grupo inicial de inversores con la oferta de un producto (legítimo o no), normalmente de bajo riesgo y grandes rendimientos. A partir de ahí, en lugar de efectuar la inversión, el estafador debe buscar un número mayor de inversores y, con ese dinero, devuelve esos grandes rendimientos prometidos al primer grupo. La misma mecánica se pone en marcha para pagar al segundo grupo, y así sucesivamente.

Por ejemplo, imaginemos que el estafador logra que dos personas le presten 1.000 euros cada una bajo la promesa de que, en un mes, les devolverá el doble de esa cantidad. Una vez tiene el dinero en sus manos, en lugar de invertirlo, se lo queda y, con la misma promesa, consigue que otras seis personas le presten otra vez 1.000 euros cada una. Con ese dinero, paga lo prometido a los primeros inversores y se queda lo restante. Ahora, solo tiene que encontrar más inversores para pagar al segundo grupo. Y así, ad infinitum.

Por supuesto, esto es una simplificación. En la vida real, normalmente es necesario acompañarla de una buena dosis de mentiras. A esa escala, las instituciones de control del mercado financiero vigilan los movimientos de las firmas, y es preciso declarar de donde sale el dinero, por lo que los estafadores emiten explicaciones vagas, ambiguas y directamente fraudulentas de los negocios que les reportan tan jugosos beneficios. Pero bajo el abrigo del prestigio de Madoff (unido a un arraigado hábito de falsificar declaraciones) pasar bajo el radar fue tarea sencilla.

Como es lógico, semejante modelo de negocio no puede prolongarse eternamente y, en el momento en el que el mercado se satura y la empresa no consigue reclutar suficientes inversores nuevos, la pirámide colapsa y los niveles más bajos pierden su dinero: Para entonces, normalmente, el estafador ya ha huido con el botín.

No fue el caso de Madoff.

Caída en desgracia

Dos décadas más tarde, las finanzas globales sufrieron uno de los mayores terremotos de la historia: la quiebra de Lehman Brothers y el comienzo de la Gran Recesión. Es el año 2008, y Madoff tiene serios problemas.

Su fraude había funcionado durante casi 20 años. Ayudado por su reputación, se había ganado la confianza de personajes destacados como Steven Spielberg, John Malkovich, Kevin Bacon, Kyra Sedgwick y de grandes empresas como el Grupo Santander. Pero ante el pánico que se desató en el mercado, muchos quisieron recuperar su dinero invertido, solicitando reembolsos que, en total, sumaban 7.000 millones de dólares. Esto, en principio, no tenía porqué haber sido un problema tan grave, ya que Madoff Securities presumía en sus declaraciones de tener un fondo de 60.000 millones de dólares. Claro que era mentira y tal fondo nunca existió.

El 11 de diciembre, Madoff reunió a sus hijos en un despacho y les informó de su intención de entregar varios millones en concepto de bonus. Cuando estos pidieron explicaciones y quisieron saber de donde salía ese dinero, Madoff confesó la verdadera naturaleza de su negocio. Fueron ellos mismos quienes denunciaron a su padre a las autoridades.

Y es que, si bien  muchos se han visto implicados y han sido condenados, como su hermano Peter, y quedan dudas razonables en algunos casos (como el de su esposa, Ruth), aparentemente muchos otros de los allegados de Madoff, incluyendo algunos que ocupaban puestos altos en su firma, desconocían completamente la estafa en la que el patriarca familiar estaba inmerso desde hacía años.

Cabe señalar, no obstante, que no pilló a todo el mundo por sorpresa. Algunas voces llevaban mucho tiempo advirtiendo de que había algo raro en los números de Madoff Securities, como la periodista Erin Averlund, del medio económico Barron’s, o el contable Harry Markopolos. Pero el intachable prestigio de la firma actuó como blindaje y la mayoría de estas acusaciones cayeron en saco roto.

Daño irreparable

En junio de 2009, Madoff se declaró culpable de todos los cargos que pendían sobre él y fue condenado a 150 años de prisión, la pena máxima y una cadena perpetua de facto. Sin embargo, a esas alturas el daño estaba hecho.

Muchas personas perdieron cantidades exorbitadas de dinero. Además, la fama de filántropo de Madoff le había permitido atraer a su estafa numerosas fundaciones benéficas, en muchos casos de la comunidad judía de la que él mismo era una pieza importante, como la del superviviente del holocausto y ganador del premio Nobel de la Paz Elie Wiesel. Grandes entidades, como el Grupo Santander, tuvieron que devolver miles de millones a inversores suyos que se habían visto arrastrados a la estafa.

Los estragos fueron tales que varias personas, arruinadas, se quitaron la vida o lo intentaron. Es el caso de Thierry de Villehuchet, cofundador de la gestora Acces International, que se cortó las venas en su oficina de Nueva York tras perder casi 2.000 millones de dólares suyos y de un 75% de su cartera de clientes; o de William Foxton, Oficial de la Orden del Imperio Británico que perdió los ahorros de su familia en los engranajes de Madoff y se pegó un tiro en la cabeza en un parque de la localidad británica de Southampton. 

Su propio hijo, Mark, se colgó del cuello en su vivienda cuando se vio inmerso en una demanda civil impuesta por varios estafados, pese a que siempre había sostenido no conocer lo que estaba sucediendo.

Penitencia y ostracismo

Y es que el propio Madoff sufrió durante el resto de su vida las consecuencias de su engaño. Su mujer, Ruth, con la que había estado desde el instituto, se divorció de él, y años más tarde confesó que la pareja había intentado suicidarse sin éxito ingiriendo un puñado de pastillas.

La mayoría de su familia y amigos le retiró la palabra, y su hijo Andrew falleció un año más tarde a causa del cáncer, dejando al ex banquero virtualmente solo. A partir de entonces, sus relaciones sociales se limitarían mayormente a sus compañeros reclusos (a algunos de los cuales asesoró, informalmente, en materia de finanzas) y a ocasionales conversaciones con la prensa. 

Es probable que, con todo, Madoff encontrase algo de consuelo en estas compañías. Ante los medios llegó a abrirse emocionalmente y confesar la culpa que sentía por la muerte de su hijo Mark (a la CNN) o la ansiedad que sufría en los tiempos de la estafa por el miedo a ser descubierto, sobre el que dijo que fue “una pesadilla para él” y que la prisión fue “una liberación” (a New York Magazine).

El pasado miércoles, 14 de abril, Madoff murió a la edad de 82 años por causas naturales. Dejó tras de sí un perjuicio económico de dimensiones desmesuradas y daños irreparables que van mucho más allá del dinero. Algunas de sus víctimas, incluso, le han han continuado criticando tras su muerte en declaraciones al New York Times. Su legado cultural es el relato de la mayor estafa de la historia.


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