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La vida, un borrador incorregible

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La vida es una página en blanco que vamos escribiendo en borrador. Lo malo (¿o lo bueno?) es que se trata de un borrador imposible de corregir. No podemos volver a vivir los mismos momentos. Hicimos lo que hicimos, y ya. Sin embargo, sí que hay en ese borrador irremediablemente desmañado, algo susceptible de un cambio incesante. Lo ponemos nosotros, y es la interpretación. No hace falta ir a terapia para constatarlo, basta una noche insomne, de esas en las que damos vuelta, del derecho y del revés, el mapa de nuestras decisiones.

“Durante años, señor Victorica, el pasado queda a nuestra custodia, como un documento cerrado que antes no se podía abrir ni descifrar, hasta que lo vamos comprendiendo, y en esa comprensión lo modificamos.” Son palabras de la ya anciana Manuela Rosas en mi novela La princesa federal (pido disculpas, pero si los jueces hablan por sus sentencias, los novelistas hablamos por nuestros personajes).

La (re) interpretación, en efecto, abre el sécretaire oculto en la profundidad de la memoria: ese mueble servicial que, como se supone hacen los seres humanos en esa función, protege nuestros secretos y vergüenzas. Si los ya inaccesibles “hechos en sí” no se van a alterar, la apertura de esos documentos cerrados permite leerlos otra vez. O leerlos, realmente, por primera vez, ya distantes del fragor y del dolor provocado por sucesos traumáticos, o por elecciones que creíamos equivocadas.

“No llames a un mortal feliz hasta que haya fallecido”, había dicho el sabio Solón, no solo, creo, porque el final de una existencia podría deshacer, desacreditar o negar todo lo anterior, sino porque únicamente el paso del tiempo va revelando distintos sentidos de los hechos, el acierto o error de los pasos que se dieron. Y hasta el último momento de cada vida esa re-significación es posible y es variable.

(Re) interpretar es fundamental para seguir viviendo, para no confundir la dirección de nuestro camino futuro. La interpretación deficiente suele ser el desencadenante de tragedias, en la vida y en la literatura. En el célebre cuento El collar (1884), de Guy de Maupassant, Mathilde, una joven sin fortuna casada con un modesto empleado, le pide un collar en préstamo a una antigua compañera de colegio para asistir a un baile del Ministerio. Al salir, descubre que lo ha perdido y, en vez de confesarlo a su amiga, ella y su marido le compran otra joya que les parece idéntica, al costo de endeudarse por diez años. Solo una vez saldada la deuda, Mathilde se anima a decir la verdad a la amiga rica cuando se encuentran por azar. La terrible noticia es que todo su esfuerzo ha sido inútil: el collar prestado era una joya de fantasía.

Del mismo modo, solemos cargar con el peso de gestos y situaciones que nos atormentan, a los que les adjudicamos, como al collar, un valor que no tienen. Releerlos, reconsiderarlos, implica, muchas veces, alcanzar la comprensión que por fin nos libera.


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