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LAS EMOCIONES | 7miradas

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Todas las ciencias sociales parten hoy del supuesto, exagerándolo a veces, de que somos seres emotivos y no solo racionales.  De la mano de tal supuesto, lo que me pongo hacer aquí en analizar cuál es el lugar de las emociones  en la ética. Las emociones son los móviles de la acción, pero también pueden paralizarla. Hay emociones que nos incitan a actuar, otras nos llevan a esconderse o huir de la realidad. Todas las emociones pueden ser útiles y construir al bienestar de la persona que las experimenta, para lo cual hay que conocerla y aprender a gobernarlas. Es posible hacerlo, porque las emociones, al igual que otras tantas expresiones humanas, se construyen socialmente, es el contexto social el que enseña a tener vergüenza o no tenerla, el que sienta las bases dela confianza, el que indica que hay que tener o en que hay que confiar, el que propicia o distrae de la compasión. Cambiamos de mentalidad o de opinión porque han cambiado también nuestros sentimientos. Así  se explica el progreso hacia la no discriminación de todos aquellos que, porque eran vistos como diferentes, provocaron durante mucho tiempo disgustos y rechazo.

El gobierno de las emociones es el cometido de la ética. Fue visto así  desde antiguo, desde que los griegos, y en especial Aristóteles, entendieron que la ética consistía en la formación del carácter (ethos) de las persona, y que el gobierno de las ciudades requería buenas leyes pero también buenas dosis de elocuencia y persuasión para que las leyes se apliquen correctamente. Una perspectiva que conectaba a la ética con la educación más que con un lista de preceptos, normas o deberes que habían que cumplir. Los deberes  y los derechos vinieron luego, con la Modernidad y el individualismo que los primeros derechos y libertades trajeron consigo. Los griegos no hablaban de deberes, sino de virtudes o del conjunto de cualidades que debía adquirir la persona para lograr la excelencia. No especularon mucho sobre el fundamento de la ética ni perdieron demasiado el tiempo en preguntarse por qué  hay que ser moral. Les preocuparon más las actitudes de las personas: que actitudes eran más favorables para convivir en la ciudad y cuales contribuían a entorpecer la vida en común. Un punto de vista que no ponía en duda que el alma  (la psique, como la llamaba n los griegos)  tuviera sentimientos, y que estos, no siempre ordenados, debían ser administrados por la facultad racional. Administrados y gobernados, pero no suprimidos, ya que a fin de cuentas, el carácter, el ethos p la manera de ser de la persona se traducía en una serie de disposición  o actitudes que, para ser efectivas, debían seguir teniendo un componente efectivo o emotivo.

El gobierno de las emociones trata de algunos filósofos- antiguos, modernos y posmodernos- que han visto la ética desde esa perspectiva e intenta explicar porque es necesario que la entendamos así.   El lenguaje de las emociones se ha impuesto en todos los campos, para poner de relieve que lo emotivo ha sido un aspecto incomprensiblemente ignorado o preterido por las ciencias sociales y humanas. Puede que la más  culpable del error sea la filosofía misma, que incluso en la Antigüedad, cuando la ética olvidaba menos el componente sentimental de la conducta, a los sentimientos lo llamo  «pasiones», subrayando con ello el carácter pasivo de los mismos y el hecho de que la persona  los padecía como algo inevitable y, con frecuencia, molesto y perjudicial. La vergüenza, la ira, el miedo, son sentimientos que nos sobrevienen y, o bien nos impiden actuar, o nos llevan a hacerlo de la forma equivocada e irracional. De ahí que la ética se fuera entendiendo más y más como el dominio y la erradicación de las pasiones, y la sabiduría práctica, como el conocimiento que conseguía reprimirlas e intentaba eliminarlas. El discurso actual sobre las emociones pretende corregir esa tendencia y distanciarse del racionalismo hegemónico.  La molaridad no se reduce solo a una especie de clasificación de las acciones como buenas o malas, correctas o incorrectas, de acuerdo con unas normas aprendidas, sino que es también una sensibilidad de acuerdo con la cual uno siente atracción hacia lo que está bien y repulsión hacia lo que está mal.

La persona equitativa no es la que paga impuesto para evitar la inspección de Hacienda y la multa que le caerá si no desembolsa lo debido, sino la que lo identifica con el imperativo moral de que es bueno redistribuir la riqueza. Coacción de norma y la amenaza de sanción en caso de incumplimiento ayudan y contribuyen a la formación moral, pero no consiguen una formación integra y duradera. El individuo tiende a escapar de la norma si no la ha convertido en parte de sí mismo, si no  llega a habituarse a ella porque la siente como norma adecuada. Para algunos filósofos, las emociones no solo son algo que nos ocurre sin provocarlo, sino que pueden acabar siendo parte esencial del carácter moral. De esta forma, la ética o la moral deben entenderse como la formación de un alma sensible. En palabras de Hutcherson: «Aquello que se siente como bueno constituye un deber; quien carece de un alma sensible es incapaz de reconocer deber alguno »

El que carece de afecciones morales es apático, no se apasiona por aquello en lo que dice creer. Nada le motiva ni le moraliza porque vive des-moralizado. Dicho de otra forma, carece de moral en el sentido de entusiasmarse por lo que merece la pena. Vive en la indiferencia porque no ha hecho suya, no ha incorporado a su manera de ser, la diferencia que existe entre el bien y mal.

La raíz de la moral es la simpatía o la empatía con los sentimientos ajenos. Esa empatía nos conmueve, en tanto que la indiferencia ante el placer o el dolor ajenos nos subleva, sentimos que es inhumana.

En efecto, el sentimentalismo es el sentimiento sin la guía de la razón. Emociones y razón han de ir de la mano en el razonamiento practico: las emociones por sí sola no razonan: las razones contribuyen a modificarlas y reconducirlas.

Cualquiera de los ámbitos de la actuación humana, sea el trabajo, la política, el ocio o la educación, tiende a ser abordado desde esa perspectiva exclusivamente emocional. La consigna viene a ser está: puesto que las emociones son tan importantes, no las toquemos, dejemos que se expandan y que se manifiesten en toda su pureza. ¡Vivan las emociones! Más aún: preservemos la fibra más emotiva de cada individuo, abandonemos los razonamientos y vayamos directo al corazón. Emocionarse es bueno, razonar es perverso. De esta forma, el empresario se preocupa por el clima emotivo que modela las actitudes de los trabajadores; el político se decanta con facilidad hacia el populismo y la demagogia; los padres dan rienda suelta a los deseos de sus hijos y en la escuela desaparecen las reglas porque la represión es traumática;  la publicidad comercial vende «experiencia». En suma, hay que sentir en lugar de aprender a pensar. Las emociones se convierten en un objetivo de culto.

Para Lacroix, ese culto a la emoción  «representa el apogeo del culto yo» Es la culminación de un individualismo que ha puesto al sujeto en un pedestal que nada debe derribar. Lo que distingue a una persona de otra es, precisamente, su sensibilidad, su parte emotiva, no la racional que tiende a unificarlo en el seno de un todo despersonalizado. No hace falta insistir en que esa explosión de las emociones es la negación de la ética entendida como algo que viene a ordenar lo que de por si es caótico y merece evaluaciones distintas. El ser humano está dotado también de razón y no solo de emociones, debe desarrollar lo que los griegos llamaron la actividad contemplativa, el pensamiento, y aprende a admirar lo admirable y a rechazar lo que no lo es, para lo cual debe tener razones que le indiquen qué el digno de admiración y que  no es admirable bajo ningún aspecto. Ha de aprender a sentir afecto por los objetos nobles y valiosos, por los comportamientos íntegros y justos. Para lo cual tiene que haber adquirido una capacidad de discernimiento y de saber distinguir lo que vale de lo que no vale. Una capacidad que nunca hay que dar por supuesta porque es fruto de un largo y me temo que inacabable aprendizaje. Menos aún en una época en la que la publicidad nos conduce a admirar precisamente aquello que de admirable no tiene nada.

No solo la acción individual precisa el componente emocional que la motiva, también este es imprescindible  para la acción política. Pero  la política tampoco debe ser reducida a pura emoción. Hoy preocupa más la desafección política que la razonabilidad de las decisiones y del comportamiento en general de los políticos. Es un síntoma de que constatamos el valor de lo emocional, pero no sabemos muy bien cómo manejarlo. Unos siguen mirando con recelo el papel de los sentimientos en política; otros los utilizan descaradamente de manera populista y manipuladora.  Precisamente, lo que hay que evitar son los antagonismos, no apostar por las emociones sin más ni por la racionalidad pura, pues ni los sentimientos son irracionales ni la racionalidad se consolida sin apoyo de los sentimientos. Para ello convendrá incidir más en la naturaleza de las emociones y en el carácter positivo o negativo que pueden tener de cara a unos objetivos  que también habrá que determinar. Dichos objetivos pueden ser la felicidad- como quería Aristóteles-, una vida más justa para toda una convivencia más pacífica.  Quizá  sean un solo y mismo objetivo, pero habrá que explicarlo. Para llegar a ellos, o, cuando menos, vivir orientados hacia ellos, no cualquiera emoción sirve.  Enfadarse es, en principio, un sentimiento natural. Lo que hay que aprender es a enfadar  por lo que merece un enfado. Aristóteles construyo parte de su Retórica para  enseñar dicha lección: como aprender a tener los sentimientos justos o, diríamos hoy, las emociones adecuadas. Hoy nos importa averiguar si ciertas emociones, como la vergüenza, deben recuperarse en un mundo donde lo que abunda es más bien la desvergüenza. Cuál debe ser el papel del miedo en la llamada «sociedad del riesgo». O el de la indignación, de una indignación que debería poder calificar como «moral».

Es posible gobernar y molestar o incentivar las emociones no solo porque la razón está para eso, sino porque las emociones no son algo supuestamente natural y espontaneo que el individuo posee debido mayormente a su dotación genética. Existe hoy también el peligro de naturalizarlo todo y decidir que lo que se supone natural no es modificable. El entorno económico, social cultural, ideológico, jurídico en el que se desarrolló la conducta de las personas determina en gran parte los sentimientos. Podríamos decir, creo que existe un sentir social que la persona interioriza y aprende por contagio con quienes vives. Un sentir manipulable, para bien y para mal. Lo que se es peligroso o un riesgo en el siglo XXI no lo fue en otros momentos de la historia; tampoco son los mismos los motivos de compasión o de vergüenza. La economía de consumo depende de su capacidad para producir y la sociedad de la información sabe que los sucesos notíciales son los que llegan a la vísceras del  público. Así  Aristóteles tuviera que escribir hoy su Retórica,  se dirigía no tanto a los políticos y legisladores como a los publicitarios y los periodistas, a los directores de los innumerables gabinetes de comunicación que tejen la propaganda que adereza los mensajes que deben llegar al  público.

La Medea de Eurípides se lamenta de sí misma diciendo: «Si, conozco los crímenes que voy a realizar, pero mi thymos (pasión) es más poderosa que mis reflexiones y ella es mayor causante de males para los mortales». Los filósofos no nos hemos distinguido nunca de resolver los problemas que planteamos-, pero si formularlo en todas sus dimensiones y ayuda por lo menos a entender por qué  actuamos como actuamos.


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