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Las fiestas a bordo del jet set europeo, en la mira de los ecologistas

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Fiestas en yates de lujo amarrados en Ibiza Fuente: Archivo

MADRID.- Se llaman “abarlofiestas” y son la nueva pesadilla de ecologistas: decenas de yates de amarran unos a otros en una pequeña cala mediterránea y el alcohol corre todo el día entre sus ocupantes, al ritmo de la música que sale de unos potentes parlantes instalados sobre las rocas. “Turismo de lujo para borrachos”, dicen los más despectivos, a la hora de calificar la moda que parece instalarse en las bahías más recónditas y atractivas de la Costa Brava y de Ibiza, en

España

.

































“Es un superbotellón, tan malo como cualquier otro, pero como ocurre a bordo de grandes jets, se lo reviste de glamour”, ironizan otros.

Botellón es el término acuñado en estas tierras que describe la costumbre de jóvenes fiesteros de consumir grandes cantidades de alcohol en la vía pública antes o después de concurrir a una fiesta.

























Las “abarlofiestas” vienen a ser lo mismo, pero a bordo de grandes yates que fondean uno al lado del otro en pequeñas calas a las que es difícil acceder de otro modo que no sea en barco.




















Buques amarrados, veleros, yates y lanchas en Cala Salada, Ibiza Fuente: Archivo

Lo de “abarlofiesta” viene de la expresión náutica que describe la situación de un barco de modo que uno de sus costados quede en contacto con el de otro.

















Se trata de situar 20, 30, 40 o más embarcaciones privadas en una cala y montar la fiesta. Suelen convocarse por las redes sociales -especialmente, Instagram- bajo la consigna de traer mucho alcohol. Especialmente champagne y gin tonic.









En eso, estas fiestas selectas se diferencias netamente del más pedestre “botellón urbano”, que consume más bien vino barato y, cuando queda poco, suele mezclarlo con lo que encuentra, con tal de estirarlo.

“Son superfiestorros para jóvenes ricos a los que les importa muy poco el medio ambiente o el daño que hagan a otros”, denunciaron Salvem el Golfet, una de las entidades más activas contra el fenómeno.









La protesta se suma como argumento al creciente reclamo en contra de los efectos nocivos del turismo. “Hay que sensibilizar a la opinión pública contra fenómenos como estos”, acotan en la red SET, que nuclea a ciudades del sur europeo afectadas por la masificación turística.

En el caso de la Costa Brava, las principales fiestas flotantes se detectaron en las calas de Massoni y de la Banyera de la Russa, ambas en la zona gerundense, la tierra de la que proviene el fugado expresidente catalán Carles Puigdemont.












Yates de lujo amarrados en el puerto de Ibiza
Yates de lujo amarrados en el puerto de Ibiza Fuente: Archivo

Tanta fue la presión vecinal que los ayuntamientos de Palafrugell y Mont-ras acordaron colocar boyas para impedir el paso de embarcaciones en las zonas protegidas. “Se trata de la barrera más natural contra este tipo de fenómenos”, se explicó.

“Es una línea de boyas a la que puede amarrar una embarcación y solamente en los puntos autorizados”, dijo el subdelegado del gobierno en Girona, Albert Bramon, al explicar la medida.

“De ninguna manera se permitirá que una embarcación se amarre a otra y mucho menos que formen una cadena”, insistió.

En otros puntos del Mediterráneo se vivieron situaciones similares. En algunos casos, en territorio español, sobre todo, en las Islas Baleares. En otros, en pequeñas islas griegas o de la costa adriática.

“Se trata de islotes pequeños y paradisíacos, donde la gente que llega en su propio barco hace lo que se le ocurre”, denunciaron en SET.

En algunos lugares el fenómeno creció tanto que alteró por completo la vida del lugar. “Eso pasó en la isla griega de Mykonos. Hoy no queda allí nadie de la población pesquera original y se ha convertido en un r reservado para súper ricos”, se indicó.


Costa Brava

En el caso de la Costa Brava, la cuestión derivó en una discusión entre vecinos y turistas. Muchos defensores de las mega fiestas flotantes descalificaron las denuncias con el argumento de que los ecologistas “no tienen idea de lo que pasa en ellas y actúan por envidia”.

Uno de los organizadores reaccionó molesto porque se asociara “lo que pasa en estas fiestas” con “el botellón callejero”, porque “una cosa no tiene que ver con la otra”.

Rechazó de plano que las concentraciones de yates en pequeñas bahías tenga impacto ambiental. “La gente de los barcos no tira basura al mar. Eso lo hace más bien quienes turistean en la orilla”.

La moda se generó hace varios años, pero la coincidencia es que este verano se convirtió en fuerte tendencia. La intención de las autoridades es evitar que se consolide como práctica habitual.

En las últimas horas se cerraron varias de las cuentas de Instagram que se usaban para organizarlas. Entre los asistentes se daban por seguros apellidos de la burguesía catalana, hijos de grandes sagas así como empresarios de alta exposición y abogados de grandes estudios.

A partir de ahora, se autorizó expresamente a la Guardia Civil para intervenir en caso de nuevas convocatorias. La cuestión es detectarlas.







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