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Las trece horas | Opinión de Luis Algorri

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Lo más importante no ha sido, a mi modo de ver, la presencia en la abadía de Westminster de 500 jefes de Estado y de gobierno, seguramente la mayor concentración de líderes mundiales que se ha producido jamás; no creo que en ninguna asamblea general de la ONU (es la única alternativa que se me ocurre) se haya llegado nunca a esa cifra.

Tampoco ha sido lo más importante, aunque para los españoles sea muy llamativo, ver sentados juntos por primera vez en dos años a los cuatro reyes vivos de España; los dos reinantes y los dos anteriores. La cara que tenía Felipe VI lo decía todo sobre lo que pensaba acerca de esa difícil decisión del protocolo británico.

El funeral ha durado once días, algo inaudito en cualquier otro país (el duelo por el presidente John F. Kennedy duró tres, por ejemplo) pero que es tradición británica. Sin embargo, tampoco es eso lo más importante.

Ni siquiera lo es la absoluta perfección en el ceremonial. En eso nadie ha superado jamás a los británicos. Mucho tenemos que aprender de ellos. Cada paso, cada saludo, cada detalle de los variadísimos e incontables uniformes; cada movimiento y cada gesto, por mínimos que fuesen, estaban cien veces ensayados, calculados, previstos, y todo se ejecutó impecablemente. La Casa Real británica sabe perfectamente que la monarquía, para sobrevivir, necesita de un altísimo concepto de la ética, pero esta vez han demostrado como nunca antes que son los mejores en otro elemento indispensable para la Corona: la estética.

La Casa Real británica sabe perfectamente que la monarquía, para sobrevivir, necesita de un altísimo concepto de la ética

Tampoco, con serlo tanto, me ha parecido lo más importante que el Reino Unido haya suspendido durante once interminables días sus querellas políticas internas, tan ásperas y sañudas como puedan ser las nuestras. Ni que el nuevo rey, Carlos III, haya cambiado desde el primer minuto las costumbres de su madre y se haya lanzado a estrechar manos, aceptar besos y recibir flores de la gente que se apretaba junto a las vallas. Isabel II tardó 52 años en hacer eso, mucho más comedidamente (fue tras la muerte de Diana Spencer), y lo repitió en contadas ocasiones.

Lo que me parece más importante de estos once días son las trece horas. Digo trece por decir algo, porque en las primeras horas fueron una o dos pero se llegó a períodos de 24 y hasta 30. Trece horas de pie, día y noche, a veces bajo el paraguas, aguantó una inmensa multitud guardando cola para pasar unos segundos por delante del ataúd e inclinar la cabeza, que fue lo que hizo la mayoría. Trece horas. No sé ustedes, pero yo no he hecho una cola de trece horas en toda mi vida. Ni de lejos he estado tanto tiempo de pie. Por nada ni por nadie.

Trece horas de pie, día y noche, a veces bajo el paraguas, aguantó una inmensa multitud

Aún no hay claridad en las cifras: hay quien dice que por Westminster Hall pasaron 250.000 personas y otros aseguran que fueron 800.000. Y algunos llegan hasta el millón. Qué más da. La cantidad no es relevante, o no tanto como las trece horas (trece, veinte, más de un día entero) que miles de personas, desde niños a ancianos, desde chavales en chándal hasta viejitos en silla de ruedas, aguantaron en la calle para saludar un momento a su reina muerta.

Es verdad que Isabel II no fue elegida ni votada por nadie para ocupar su puesto. Llegó a él porque era hija de otro rey, nada más. Para muchas personas, eso está mal y quita legitimidad al cargo de jefe de Estado. Vale.

Pero que alguien diga cuántos políticos elegidos democráticamente han conseguido que cientos de miles de personas hagan cola durante trece, veinte, 24 horas consecutivas para despedirse de su ataúd. Cuántos. En toda la historia. Y luego, si quieren, hablamos de legitimidades y de refrendo popular.


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