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Lesbos, la isla de los sueños truncos

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En Grecia, la esperanza de miles de refugiados devino desilusión y hacinamiento en el campo de Moria, donde suelen esperar años hasta la resolución del asilo. A su vez, el pueblo parece resignado a la falta de turistas

Mumtaz posa la mirada sobre el mar Egeo, ese que cruzó hace ya más de un año, y que tiene un color tan azul que asusta, como sucede quizá con algunas cosas demasiado bonitas. Observa el puerto y vuelve al pasado: ese lugar que, a pesar del tiempo, todavía duele. Los recuerdos se imponen con fuerza en su memoria: su antigua vida en
Afganistán antes de la guerra, la esperanza de un futuro mejor en Europa que ahora resulta lejano, las tardes de té con sus hermanos. Clava la mirada en el horizonte como lo hacen los
refugiados: sin mirar a ningún lugar. En sus ojos, a veces, se ve una tristeza que duele. Es la mirada de los que han huido de la guerra. Este joven
habita el campo de refugiados de Moria , el vientre de 5200 vidas paralizadas tras el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía del año 2016.















Cuando a Mumtaz se le pregunta por el futuro, se revuelve incómodo en el banco, pide un cigarro y agacha la cabeza. Se queda en silencio durante un espacio de tiempo que resulta eterno. “¿Futuro? ¿Qué es eso? No lo sé. No sé qué va a pasar con mi futuro. Eso aquí es algo que no existe”, dice. Luego pide terminar la charla y se aleja hasta perderse en las calles empedradas del centro de Mitilene.




Panos Spanelis, dueño de una agencia de viajes, con su esposa Crédito: Gentileza Rodrigo Klüver

A escasos metros, Anastasia y Kiriakos, nativos de la isla, están sentados en la terraza de una cafetería. Desde el balcón ven el mismo mar. Recuerdan aquel tiempo en el que, antes de 2014 -inicio de la
crisis de los refugiados -, esas aguas eran sinónimo de veraneos familiares y de turistas. Las mismas que ahora son para ellos un símbolo de miles de vidas que no pudieron llegar. Así lo confirma el último
informe de ACNUR -actualizado el 21 de abril de este año-, que revela que entre 2014 y 2018 al menos 1858 personas han muerto o desaparecido en las travesías marítimas, solo en el mar Egeo. El Mediterráneo, principal vía de acceso, ofrece cifras aún peores: desde 2014 han fallecido o desaparecido 18.000 personas. Son cifras de guerra, solo que no hay guerra. No en este lugar.








“La fuente de alegría que era el mar dejó de serlo. Cuando vamos a la playa, se nos vienen las imágenes de toda la gente que ha muerto ahogada y de los cuerpos que el mar arrastró hasta la orilla”, relata Anastasia. Esta mujer griega y su marido cuentan que han sido muchos los cambios en la rutina de los habitantes. Aclaran que el problema no son los refugiados, sino la resaca de la crisis económica de 2008 -que afectó a los países de la zona euro y Grecia fue la más herida- unida a la mala gestión del gobierno en la crisis de los refugiados. Además, asegura que los locales se enfrentan a una nueva problemática: los alquileres y el costo de vida han aumentado mucho más que los salarios, congelados desde 2013. “Al comienzo de la crisis de los refugiados, los precios de los alquileres bajaron. Después, con la llegada de las ONG extranjeras y los voluntarios de países como Noruega, Inglaterra, Alemania o Suecia, volvieron a subir, pero no al precio que tenían. Los voluntarios eran de países con un poder adquisitivo mayor al de Grecia, así que los propietarios pusieron sus departamentos en alquiler con precios muy superiores a los de aquí. Así que ahora los locales no podemos alquilar sin endeudarnos”.

El turismo, que era una de las principales actividades económicas de la isla, es otra de las huellas visibles del cambio en la rutina de Lesbos. Lo confirma Panos Spanelis, dueño de una agencia de viajes en el centro de Mitilene: “Nuestro sector ha descendido en torno de un 70 por ciento. Los primeros años fueron brutales en cuanto a la pérdida de turismo. Hubo muchas cancelaciones en las reservas hoteleras. Los vuelos disminuyeron de 40 a 6 a la semana, por el miedo de venir a Lesbos, por las noticias de la crisis de los refugiados”. Al igual que Anastasia, él no considera a los refugiados como culpables: “El primer año llegaron a la isla un millón de refugiados. Es una cantidad enorme, teniendo en cuenta que la población local no supera los 100 mil habitantes, de los que 35 mil viven en Mitilene. Era una situación imposible de manejar, especialmente para un país sumergido en una crisis económica. El problema no son los refugiados. Nunca he tenido ningún episodio violento con ellos, ni me han dado problemas”, sostiene.











Una imagen actual de la playa, que no logra recuperar el turismo de antaño; abajo, en 2015, cuando llegó el mayor flujo de inmigrantes
Una imagen actual de la playa, que no logra recuperar el turismo de antaño; abajo, en 2015, cuando llegó el mayor flujo de inmigrantes Fuente: AFP

Antonio, camarero en una de las cafeterías de la isla, coincide en que la situación es desbordante. Son las nueve de la noche y el bar está repleto: hombres mayores juegan a las cartas, beben café y fuman. El espacio está inundado de humo, el ambiente es denso y la gente le grita al televisor, en el que se emite un programa griego. Él se mueve rápido para atender a todos, pero se toma un momento, se sienta a la mesa con una cerveza y conversa, con vehemencia: carga contra Europa y las autoridades griegas. Sus mejillas se enrojecen cuando acusa a los gobiernos europeos con rabia: “Una de las soluciones sería que cada país de Europa reciba una cierta cantidad de refugiados. Si los griegos tenemos un millón de refugiados, Alemania puede acoger 50.000, Francia otros 50.000 y así el resto de países de la Unión Europea. No podemos con todos. Nos sentimos como el cenicero de Europa. Todo lo que no quieren allí, lo envían a Grecia. No podemos aceptar esto”.









El acuerdo firmado en 2016 entre Turquía y la Unión Europea les ha bloqueado la entrada a Europa, de manera que permanecen en esta isla, sin salida a la vista

Enciende un cigarrillo tras otro cuando comienza a hablar sobre el futuro: “¿Vos me podés garantizar qué pasará en diez años? Nadie puede. Aunque estos gobiernos en realidad saben. Te pongo un ejemplo: antes de la llegada de los refugiados, construyeron un hospital muy superior a la cantidad de población de la isla. ¿Para qué un hospital tan grande? ¿Para quién? Poco después, empezó la crisis de los refugiados. Sospechábamos que algo así iba a ocurrir, pero nunca imaginamos esta situación tan extrema”.


En las entrañas de Moria

Nazifa tiene el pelo cubierto por un velo azul marino que enmarca unas facciones juveniles. A su alrededor, otros jóvenes con la ropa gastada y los pies descalzos beben infusiones en el patio de una cafetería improvisada. Nazifa se acerca al mostrador para pedir un té en un día de frío penetrante. Detrás de la barra está Katerina: una mujer griega que, desde 2015, les vende comida típica a los refugiados que habitan el campo de Moria.

Katerina es robusta, tiene el pelo teñido de rubio y unas ojeras que delatan las horas de trabajo. Se mueve con agilidad: prepara un café, apila los platos, se fuma un cigarrillo rápido. Al fondo, bajo una lona que hace de techo improvisado, mujeres griegas hablan, gritan, se pelean. Sus voces se mezclan con las de una canción árabe: un idioma que antes resultaba lejano y que, ahora, forma parte de los sonidos de la isla. Cuando se le pregunta por el pasado, rememora: “Antes tenía un bar en la playa. Justo al lado del mar. Con la crisis económica, los impuestos se volvieron impagables y la situación se complicó mucho. Después, con la llegada de los refugiados y la mala gestión del gobierno, el turismo desapareció y tuve que cerrar mi negocio. La isla ha cambiado mucho. Nuestras vidas también. Tuvimos que adaptarnos a una situación para la que no estábamos preparados”.

Desde hace cuatro años, ella prácticamente convive con los habitantes de Moria. Conoce bien las etapas por las que pasan: la llegada con esperanza de un futuro mejor, la desilusión y, después, la locura. “Los que llevan más tiempo están cayendo en picada. Veo cómo empeora su salud mental, cómo van perdiendo la esperanza. Es difícil ver esta situación día tras día, pero peor es para ellos. No me puedo quejar de mi trabajo aquí. Además, nunca he tenido ningún problema con ninguna de las personas del campo. Son educados y amables. Ellos no tienen la culpa de lo que está pasando. El problema es que Grecia no está preparada. ¡Ni siquiera nos hemos recuperado de la crisis económica!, dice en medio del bullicio de la cafetería. Su negocio está a 50 metros de la entrada principal. Un alambrado de púas doble aísla Moria del resto del mundo y se erige como frontera. Este antiguo centro militar aloja a 5200 personas -su capacidad máxima es de 3100-. Policías griegos custodian la puerta: están de pie con sus trajes azules impolutos, charlan entre ellos, revisan los pasaportes de las personas ajenas al campo, requisan las cámaras de los periodistas. Advierten en un tono autoritario que nada de fotos ni de videos; de lo contrario, serán expulsados.




Nazifa y su familia, en plena ceremonia del té
Nazifa y su familia, en plena ceremonia del té Crédito: Gentileza Rodrigo Klüver

Dimitri Vafeas, vicedirector del campo, da la bienvenida con el ceño fruncido, pero se niega a dar información y mantiene la distancia. Aquí, en Moria, las preguntas asustan: no hay suficientes respuestas. Pero se rinde y concede unos minutos. Sale de su despacho y se dirige hasta la oficina de la European Assylum Suport Office (EASO), que se encarga de tramitar los procesos de asilo. Alrededor, cientos de personas están sentadas a la espera de ser llamadas. Mueven las piernas inquietas, con el miedo de saber que su futuro está en manos ajenas. En esta oficina gris amurallada por alambre de púas, Europa decidirá su destino.

Dimitri gesticula nervioso y sube el tono de voz cuando se le pregunta sobre el estado del campo. “Moria, como podrán ver durante el recorrido, está bastante limpia y ordenada. Se ha vuelto un clisé desde la
visita de su santidad el papa Francisco y todas las celebrities de Hollywood”, dice con una mueca de cansancio. El subdirector ojea con frecuencia su reloj. Cuando se le consulta sobre la insuficiente atención médica dentro del campo, suelta un suspiro y responde irritado. “Hoy tenemos solo dos doctores que han sido puestos por el Ministerio de Defensa. Es evidente que ahora mismo tenemos un problema con la cantidad de médicos disponibles para los refugiados, aunque esperamos que este problema se solucione, pero estás en lo correcto. Necesitamos más doctores dentro del campo”.


“Llevo toda la vida intentando encontrar un país en el que mis hijas puedan estar a salvo. ¿No las puedes llevar contigo, por favor?”

El hombre explica que el futuro es pura incertidumbre y se muestra poco optimista: “No podemos prever lo que va a pasar, no lo sabemos. Nadie lo sabe. Nosotros tenemos una expresión: ‘Ahora estamos viviendo la industrialización de la inmigración’. En 2015, cada refugiado se gastaba 5000 euros para cruzar el mar. Ahora, los precios son más bajos. Unos 500 o 600 euros. Eso hace que ellos sigan llegando diariamente y el sistema los está aceptando”. El hombre dice a continuación de que el tiempo ha concluido. Una funcionaria de las autoridades griegas acompañará el recorrido, cuyo tiempo es limitado: no más de 45 minutos.

Los primeros cien metros del campo ofrecen la imagen ordenada y limpia de la que hablaba Dimitri, y que contrasta con las versiones de los refugiados. “No se ha seguido una planificación a la hora de distribuir las tiendas -dice la funcionaria-. Tan solo esta primera parte del campo fue organizada de manera previa. El resto se fue conformando según iban llegando los refugiados”. A medida que se avanza, el deterioro va en aumento: los contenedores son reemplazados por carpas envejecidas y sucias, los baños disminuyen -hay uno para cada 75 personas y una ducha cada 100- y la basura se amontona, dándole a Moria el aspecto de basurero. La mujer advierte que no se puede ir más allá de los cien metros que el gobierno ha decidido mostrar. Cuando se le insiste, agacha la cabeza y habla con incomodidad. “No puedo pasar de aquí. No conozco bien el interior del campo. Si paso de esta área, me perderé”.




Los refugiados, mayormente afganos, iraquíes y sirios, viven hace años en un limbo legal
Los refugiados, mayormente afganos, iraquíes y sirios, viven hace años en un limbo legal Fuente: AFP

Ella mueve las manos intranquila y comienza a hablar en un tono más personal: “Esto es terrible. A mí me duele ver a la gente viviendo en estas condiciones. Entiendo su rabia y su indignación. Comprendo que estén furiosos. El problema es que Grecia no tiene suficiente dinero ni infraestructuras para tener a estas miles de personas aquí. Otros países europeos deberían hacerse cargo también y no olvidarse de lo que está pasando aquí. Yo soy una trabajadora del campo y hago lo que puedo”. Así da por concluida la visita, pide disculpas por los 20 minutos que le han restado al recorrido sin ningún tipo de explicación y pide volver a la entrada custodiada por las autoridades.


La jungla

A la salida, cientos de personas bajan del Olive Grove -campo de los olivos en su traducción al castellano-. Es el campo que rodea al oficial y está conformado por los refugiados que ya no tienen lugar en Moria. El Olive Grove es conocido entre los refugiados como la jungla: un espacio hostil plagado de carpas improvisadas y rodeado de olivos, que es de lo poco que confiere algo de color -junto a los velos de las mujeres- a un lugar gris. Nadie sabe con exactitud cuántas personas hay en este campo informal: las autoridades hablan de 300; las ONG dicen que son mil.

Fardaz baja por la colina con un libro de poemas debajo del brazo. La guerra se adueña de sus recuerdos, porque aquí, aunque no la nombran, la guerra domina todo; rememora el estallido de una bomba, los trozos de los cuerpos de sus familiares esparcidos por el suelo. Ante esta última imagen sacude la cabeza y en un inglés perfecto, dice: “Son cosas muy dolorosas. Mejor no hablar de ellas”. Tres fronteras debió cruzó hasta llegar a Turquía. Tres países atravesó durante nueve meses con su mujer y sus cinco hijos. Sus pies recorrieron Afganistán, Pakistán e Irán. “Cuando bajamos del ómnibus que nos trajo a Moria, nos gritaban: ‘Bienvenidos a la prisión’. Me acuerdo que pensaba que estarían exagerando. En aquel momento, no lo entendí. Ahora comprendo aquellas palabras”.

Cuando se le pregunta sobre el precio que pagó a un traficante para llegar hasta Lesbos, su testimonio contradice al del vicedirector del campo: 10.000 dólares pagó para huir de la muerte en Afganistán. Lo que no sabía es que aquí, en Moria, se encontraría una amenaza de muerte distinta: la de morir en vida, que es, quizá, la peor forma de morir.

Periodista en su país de origen, Fardaz conserva el espíritu de su profesión. Denuncia las condiciones de ambos campos e insiste en ir a ver la tienda de un amigo para mostrar el estado. Se adentra en las entrañas del habitáculo: unas mantas en el suelo conforman una cama improvisada -en las carpas que son para cinco no hay camas, y en las de diez, puede haber una, o dos-, decenas de libros apilados y una bolsa de plástico con un puñado de objetos personales que consiguió salvar durante la travesía marítima desde Turquía. Esta imagen se repite: muchos han traído sus cosas en bolsas de plástico y aquí, en Moria, sus las guardan en bolsas de basura.

Afganistán es la nacionalidad mayoritaria (47,1 %) entre los refugiados, seguida de Irak (14,2), y Siria (11,6), según los datos de ACNUR publicados en enero de este año. El problema de los afganos es que no son considerados refugiados, sino desplazados económicos. Los únicos que son considerados refugiados y que, por lo tanto, tienen una mayor agilidad en el proceso de asilo son los sirios y los yemeníes. Sin embargo, las cifras de civiles muertos o heridos en Afganistán ascienden en 2018 a 10.993, según el último informe (del 24 de febrero último) que elabora anualmente la ONU desde 2009. Las cifras de Afganistán son de guerra, solo que no está declarada.

El abogado especialista en extranjería e inmigración Gonzalo Gesto Quiñoy explica la dificultad de que se les reconozca como refugiados a las personas que proceden de países donde la guerra no está declarada: “Es difícil probar cada caso. Hay que acreditar tanto la persecución como el temor fundado a sufrir violaciones de Derechos Humanos, y que deriven de un motivo basado en la raza, religión, nacionalidad, afiliación política, orientación o identidad sexual. Esto conlleva un complejo procedimiento burocrático. Por otra parte, hay un motivo más político y económico que legal: el recelo y la carga económica para el país que acoge al refugiado, al concederle dicho estatus -derecho a vivienda, medidas de protección, ayuda económica-, que hace que la mayoría de los gobiernos europeos sean reticentes a reconocer dicha situación”.


Menores en la mira


Salam aleikum.

La madre de Nazifa saluda sentada en el césped de la jungla con un termo humeante y unos croissant dispuestos en el suelo para la merienda. Al fondo, se escuchan risas de niños y gente pateando una pelota.

-
Wa aláikum as-salam.

Nazifa toma el té con su familia, en algo cercano a un ritual, una costumbre que les hace acortar las distancias. Mientras lo beben, charlan de cosas cotidianas, de lo que van a hacer si consiguen el asilo en algún país de Europa. Nazifa cuenta que sueña con estudiar en una universidad de Ginebra y que si Afganistán mejora, quiere volver para ayudar a las siguientes generaciones de mujeres a que sean libres, independientes y feministas. Nazifa ha encontrado ese hilo del que tirar que casi todo ser humano necesita cuando la vida duele más de lo que puede soportar: “Quiero formarme y, cuando la guerra termine, poder enseñarles a las mujeres a que se puede vivir mejor, que hay otro futuro”.

Su mamá tiene el pelo envuelto en un velo del que salen mechones negros y que deja al descubierto un rostro surcado de arrugas. Es difícil adivinar la edad de las personas que habitan el campo: la mujer tiene 60 años, pero la expresión de sus ojos y el deterioro de sus facciones le suman otros 10. Su hijo mayor murió en la guerra. Llora ante la crudeza de algo que le resulta antinatural: nunca pensó que estaría viva para ver morir a uno de sus hijos. Esa muerte fue el final de la esperanza de que su país, tan dividido, pudiera recomponerse. Ahora en Moria ve cómo se rompe desde lejos.

-Lo único que quiero es un lugar seguro para mis hijas. Si a mí me dejan aquí, no me importa. Llevo toda la vida intentando encontrar un país en el que puedan estar a salvo. ¿No las puedes llevar contigo, por favor?

-Mi mamá es mi única heroína -interviene Nazifa mientras besa la mano de su madre-. Tengo mucho miedo a que me separen de ella y del resto de mi familia. Ahora tengo 17 años, pero el 25 de abril de 2020 cumplo 18 y la primera entrevista la tengo el 20 de enero de ese año. Estoy asustada porque con varios menores de edad, lo que han hecho es retrasar la respuesta. Y cuando vuelven para otra entrevista, les dicen que como tienen 18, pueden separarse de la familia. A mi otro hermano, de 24, lo separaron de nosotros porque era mayor de edad.

Más tarde, en la cafetería de Katrina, Natzab confirmará los miedos de Nazifa. “Se están dando casos de familias con hijos mayores de edad que han sido separadas porque los procesos administrativos de asilo se tratan de distinta manera. Es decir: por un lado familias con los hijos que sean menores de edad, y por otro lado todos aquellas personas mayores de 18 años. Con lo cual, puede que se le de asilo en Francia a los progenitores con sus hijos menores, y a los hijos mayores puede que se lo den en Inglaterra, o Alemania, o que directamente se lo denieguen”.

Natzab explica que las personas que forman parte de los grupos vulnerables -menores de 18, mujeres solas, embarazadas, perseguidos políticos, comunidad LGTBI y ancianos- tienen derecho a una mayor agilidad en la tramitación de asilo. Sin embargo, denuncia que las autoridades europeas hacen todo lo posible para excluirlos de los mismos y retrasar su asilo: “A los menores de edad, por ejemplo, varias ONG y asociaciones les consiguen departamentos para vivir, pero hemos visto chicos y chicas que apenas cumplen 18 les dicen que tienen que buscarse otro sitio, porque ellas solo trabajan con menores. Esto lo he visto yo. Europa le paga a estas asociaciones para acoger a menores, pero en el momento que cumplen 18 años, dejan de interesarse porque no cobran. El mismo día lo ponen en la calle sin informarles previamente”.

Nazifa pide la cámara de fotos. La observa con calma, se detiene en el objetivo, la acaricia con cariño. “Perdí mi cámara en el barco que me trajo desde Turquía. Me encanta sacar fotos. ¿Sabés que en Afganistán contaba lo que pasaba con mi cámara? Gané varios premios -dice con orgullo-. Katerina observa desde la barra y sonríe. Nazifa anota algunas palabras en un cuaderno: en una de las hojas escribe tashakor -gracias en farsi, uno de los idiomas de Afganistán-. Explica que tiene que irse con su familia.

Se levanta de la mesa y se acomoda el pañuelo. Camina hacia la entrada principal cabizbaja. Entra y, detrás del alambrado, permanece de pie sacudiendo la mano. Se queda paralizada unos minutos del otro lado de la verja punzante y las lágrimas empiezan a discurrir por su rostro terso y moreno. Y con la cara enrojecida por el llanto comienza a correr. Se aleja para adentrarse en el campo hasta que su silueta se pierde entre las miles de carpas blancas y sucias.















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