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LIBROS: LA DESMESURA | 7miradas

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Por Juan J. Llach- Martín Lagos.* La Argentina había conocido la inflación o la desvalorización del papel moneda en diversas ocasiones de su historia, pero nunca con el carácter endémico que el fenómeno adquirió a partir de 1945. En los cuatro años de la Primera Guerra Mundial el nivel general de precios se elevó un 70% y hacia 1920 era 88% mayor que el 1913. La suba se debió a la interrupción del flujo de importaciones, que en aquellos años proveían buena parte de la canasta de consumo.

Al normalizarse el abastecimiento los precios retrocedieron gradualmente hasta el punto que en 1927 pudo restablecerse la convertibilidad oro de papel moneda al mismo tipo de cambio que regía antes su suspensión en agosto de 1914. El rol dominante desempeñado por las oscilaciones de la oferta en la variación de los precios en estos años queda de manifiesto cuando se recuerda que los años de inflación fueron recesivos, en tanto que la fase de deflación coincidió con un buen desempeño del PBI.

Durante 1929-1933 hubo una nueva fase de deflación, pero esta vez claramente asociada al colapso de la demanda agregada. En 1934 el nivel promedio de precios había retrocedido a los valores de 1913. Desde 1935 en adelante la política monetaria expansiva y anticíclica llevaba a cabo por el recientemente creado Banco Central impulsó los precios al alza, pero moderadamente. En los diez años siguientes a la creación del ente monetario, la tasa de inflación había promediado un 3,8% anual y el nivel de precios a fines de 1944 no superaba al de 1924-1925.

Tras la Segunda Guerra mundial la inflación subió abruptamente. Desde 1945 hasta 1952 el ritmo de aumento de los precios nunca bajó de dos dígitos anuales, con un mínimo de 14,9% en 1947 y un máximo de 50,2%en 1952. La presencia simultánea de políticas fiscales y monetarias expansivas (que impulsaron la demanda agregada) y el apoyo dado desde el gobierno a beneficios laborales y aumentos salariales (factores de mayores costos) generó un debate en torno a la génesis y la dinámica de esta aceleración pero semejante proceso inflacionario no hubiera podido durar tantos años sin el acompañamiento de políticas monetarias muy laxas.

Si bien el primer peronismo trató de moderar la inflación en sus últimos tres años en el poder (1953-1955) y los gobiernos posteriores corrigieron algunos aspectos más extremos de su política monetaria, no se logró eliminar lo que se conoce como “dominancia fiscal sobre las políticas monetarias”, ni disminuir el poder que la legislación laboral le había conferido a gremios y sindicatos de asalariados. Los comportamientos y mecanismos defensivos introducidos en las décadas de 1960 y 1970 (tales como la indexación y la dolarización) le dieron a la inflación inercia propia, adquiriendo un carácter cada vez más endémico, endógeno y una velocidad cada vez mayor. Se llegó incluso a ver cómo el alza de precios y salarios continuaba aún en medio de recesiones profundas (fenómeno conocido como el estancamiento material de la economía y los variados fueron la llamada “tablita cambiaria” (1979-1980) y el “Plan Austral” (1985-1987). Las elevadísimas inflaciones e hiperinflaciones de estos años estuvieron asociadas con varias crisis políticas y de pagos externos. La volatilidad del contexto monetario resultó en una creciente y amplia dolarización espontánea o de facto de la economía. La desvalorización de la moneda propia fue tan prolongada severa y veloz, que pronto fue perdiendo la fundamental función de ser una unidad de cuenta creíble. Como resultado, ya en la década de los sesenta, pero más notablemente en los setenta y ochenta: a) Los portafolios de inversiones de muchos argentinos comenzaron a incluir activos externos incluyendo dólares –billetes- en proporciones crecientes y b)

Un número cada vez mayor de contratos a largo plazo fueron incluyendo “cláusulas dólar” para proteger los derechos de las partes acreedoras de pagos en moneda. Como medio de pago, la moneda nacional mantuvo su vigencia para las transacciones de bajo valor, pero el billete de cien dólares de los Estados Unidos se hizo presente en muchos pagos de alto valor y omnipresente en las transacciones inmobiliarias. No fue este un proceso pacífico y sin   sobresaltos. Durante las largas décadas de alta, mega e hiperinflación, las autoridades trataron de desalentar (a través de prohibiciones y controles) la compraventa y el atesoramiento de moneda extranjera, su utilización como medio de pago y/o su empleo como denominador de activo, pasivos y contratos.

Pero la realidad fue forzando a los sucesivos gobiernos a legalizar gradualmente o al menos tolerar tales prácticas. Así, el fenómeno de la dolarización fue una mezcla de realidades “de facto” y una legislación cambiante y adaptiva.

Dependiendo del diagnóstico que del fenómeno tuvieran los gobiernos de turno, los diversos intentos llevados a cabo para frenar la inflación en estas décadas pusieron más o menos énfasis en la cuestión monetaria, en el impacto que los déficits fiscales tiene en esa cuestión y/o en otros mecanismos de propagación de la inflación (puja distributiva, inercias varias, etc.). Casi todos los intentos tuvieron algunos éxitos iniciales, pero fracasaron a largo plazo por no haber podido mantener la necesaria disciplina sobre el gasto público.

Después de las graves hiperinflaciones de 1989 y 1990, desde abril de 1991 y hasta diciembre de 2001 la Argentina logró recuperar la estabilidad monetaria a través de un régimen en el que la moneda nacional era plenamente convertible a dólares a un tipo de cambio hijo, permitiendo a su vez a personas y empresas operar cuentas bancarias y pactar contratos en dicha moneda. Si bien los resultados en materia de inflación mejorando espectacularmente y el Banco Central y los bancos comerciales mantuvieron elevadas reservas en dólares, los diez años de estabilidad no lograron erradicar la cultura de dolarización. Cuando a mediados de 2001 se desató una crisis al ponerse en duda la solvencia fiscal, crisis resultante una vez más de la acumulación imprudente de deuda pública, el sistema bancario sufrió un retiro de dólares que obligó a abandonar el régimen de cambio fijo de manera traumática.

Conclusiones.

Las altísimas inflaciones en la segunda mitad del siglo XX tienen su raíz común fue la monetización de déficits fiscales y los redescuentos u otras formas de fondeo canalizados a través de los sistemas bancarios en general y en particular través de bancos oficiales utilizados como puntales de desarrollo. Hubo una mezcla de impericia o laxitud en materia de desequilibrios fiscales, pero también un marco ideológico favorable a la orientación estatal del crédito y tolerante respecto a la inflación resultante.

En tal marco las pujas distributivas sectoriales a lo largo de décadas, el permanente rebalanceo de tipo de cambio, salarios y precios relativos de bienes y servicios y los comportamientos defensivos tendientes a minimizar el “impulso” sobre las tenencias de dinero y el desajuste de los contratos, fueron generando una inercia que provocó, por un lado, confusión en torno al verdadero origen de estas “inflaciones latinas” y, por otro, obligó a complementar las políticas clásicas de estabilización de corte fiscal y monetario  con controles o acuerdos de precios y salarios y desagios  prohibiciones de indexar tendientes a hacer converger la expectativas y minimizar las fricciones iniciales.

En todos los casos se observa que los procesos de alta inflación tuvieron efectos negativos en el crecimiento de los ingresos per cápita, pérdidas que parecen haber ido más allá de los impactos iniciales recesivos de ciertos planes antiinflacionarios. Se trataría de las pérdidas asociadas al aumento de la incertidumbre y a la distorsión de precios relativos, que desembocan en fugas de capitales, contracción de crédito, caída de la inversión y/o la ineficiente asignación de los recursos. Es relevante contrastar estas muy altas “inflaciones latinas” con las moderadas inflaciones de varios países europeos en las décadas previas a la entrada en vigencia del euro. Así, por ejemplo, Italia, Francia o el mismo Reino Unido experimentaban en esos años inflaciones anuales algo mayores a las de Alemania, lo que les permitía “alinear” respecto a este último país ciertas variables nominales que hubieran aumentado excesivamente (como salarios, deuda pública, etc.), pero sin llegar a extremos que exigieran artificios como la indexación o que hicieran caer la demanda real por la moneda nacional y/o sustitución por monedas extranjeras.

En cuanto a la escala del problema, es obvio que la Argentina y Brasil estuvieron a la cabeza, a una larga distancia de Chile y Uruguay. En términos absolutos la desmesura del proceso inflacionario argentino entre 1946 y 1990 tiene correlato con el caso del Brasil, aunque la Argentina “gana” claramente cuando se mide la volatilidad del fenómeno, pudiendo anotarse  así también este fenómeno como un caso de desmesura nacional.

 

*El país de las desmesuras. Editorial El Ateneo


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