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Lo lindo de estar dos días sin luz durante la ola de calor

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La térmica en 42° 8’ y 20 mil usuarios sin luz. Se podría argumentar que es poco para los millones que somos. Pero recuerdo lo que me dijo una vez mi médico sobre la posibilidad de contagio de una enfermedad: es el 0.08 por ciento, pero si te toca a vos, es el 100.

Bueno, esta vez me tocó. Todo el finde sin luz. Sin luz -de nuevo- desde el miércoles a las 13.

Hago un esfuerzo y decido ser original. Mis padeceres son los mismos que los de la gente que se queja -con razón- en los diarios, la tele y las redes sociales. Así que voy a concentrarme en lo lindo de estar varios días sin suministro.

Lo primero, el silencio. Qué placer no escuchar las vibraciones de los aires acondicionados propios y ajenos, el ruido de los ascensores, la radio del vecino de al lado. Todo está quieto, como detenido en el tiempo.

No hay compu ni Netflix y hay que preservar la batería del celu, sin pantallas no quedan excusas para que no me ponga a leer. Por suerte tengo tres buenos libros en la mesa de luz (que no tiene luz).

En el desayuno compruebo una vez más que el café con leche queda más espumoso si se calienta en la hornalla y no en el microondas. Rescato de algún lado el tostador común y se me pasan las rodajas de lactal.

Las raspo con un cuchillo en la pileta de la cocina como hacía mi mamá cuando éramos chicos. Recuerdo con nostalgia sus tostadas con manteca y azúcar; y con nostalgia también recuerdo cuando comer pan, manteca y azúcar era saludable.

Retomo aquagym superando la fiaca de armar el bolso porque de todos modos tengo que bañarme en el gimnasio (después de unas horas sin luz, los edificios se quedan sin agua). Bajo y subo nueve pisos por la escalera no menos de cuatro veces por día: no hay otra que hacer aeróbico y además fortalezco mis piernas.

Basta de velas. Hay que comprar luz de emergencia.

Por el lado social, aparecen los amigos que me invitan a sus casas y me prestan espacio en sus freezers y heladeras. Una rápida cuenta mental arroja que tengo más de 100 mil pesos en comida. ¿No me creen?

Sumen dos kg de asado, un kg de milanesas, churrascos, pechugas de pollo, una bandejita de pescado, tres costillitas de cerdo, congelados varios, leche, un pote grande de queso crema, mayonesa, un cuarto de queso de rallar y dos paquetes termosellados de queso fresco…

Me felicito porque entre corte y corte tuve suficientes reflejos como para comprar -y cargar- una luz de emergencia. Por solo 15 mil pesos, de aquí en adelante puedo zafar de las velas, que aparte de ser un peligro dejan gotas de sebo pegadas por todos lados y andá a limpiarlas.

La satisfacción me invade cuando leo los ingeniosos mensajes de mis hijas, felices porque «volvió». Una me escribe: volvemos a ser sujetos con derecho al suministro eléctrico. La otra retruca: somos personas en situación de luz.

La alegría dura poco. Pero cuando se vuelve a cortar subo a la terraza, y pienso que todavía no se ha reconocido como se debe el inconmensurable aporte a la humanidad del inventor de la pelopincho.


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