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Los antiguos imperios colapsaron cuando los ‘gobiernos buenos’ se corrompieron

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Las sociedades premodernas se desmoronaron con el tiempo con diferentes grados de severidad, aunque estuvieran gobernadas por dictadores despiadados o por representantes bien intencionados, pero colapsaban más cuando la corrupción se apoderaba de los ‘gobiernos buenos’ que en regímenes despóticos.

Así se explica en un estudio realizado por varios antropólogos y publicado este viernes en la revista Frontiers in Political Science, en el que los investigadores analizaron una muestra de 30 sociedades premodernas, con especial énfasis en cuatro: el Imperio romano (entre el año 27 a.C. y 1453), la dinastía Ming en China (de 1368 a 1644), el Imperio mogol en la India (1526 a 1858) y la República de Venecia (de 697 a 1797).

El estudio concluye que cuando los gobiernos ‘buenos’ (que proporcionan bienes y servicios a su pueblo, y no concentran la riqueza y el poder) se derrumbaban, lo hacían con más intensidad que los regímenes despóticos. Y el hilo conductor era que los líderes socavaron y rompieron la defensa de los principios, la moral y los ideales fundamentales de la sociedad.

“Los Estados premodernos no eran tan diferentes de los modernos. Algunos estados premodernos tenían un buen gobierno y no eran tan diferentes de lo que vemos en algunos países democráticos hoy”, apunta Gary Feinman, conservador de antropología del Museo Field de Chicago (Estados Unidos), quien añade: “Los Estados que tenían un buen gobierno, aunque pudieron haber podido sostenerse un poco más de tiempo que los dirigidos por autócratas, tendieron a colapsar más a fondo, más severamente”.

“Inexplicable fracaso”

Richard Blanton, profesor emérito de antropología en la Universidad Purdue (Estados Unidos), indica que el colapso de esas sociedades se debió a “un inexplicable fracaso del liderazgo principal para defender los valores y normas que habían guiado durante mucho tiempo las acciones de los líderes anteriores, seguido de una posterior pérdida de confianza ciudadana en el liderazgo y el gobierno”.

“Los estados premodernos no eran tan diferentes de los modernos. Algunos  tenían un buen gobierno y no eran tan diferentes de lo que vemos en algunos países democráticos hoy”

Las cuatro sociedades profundamente analizadas florecieron hace cientos (o en el caso de la antigua Roma, miles) de años, y tenían distribuciones comparativamente más equitativas de poder y riqueza que muchos de los otros casos examinados, aunque parecían diferentes de lo que hoy se consideran ‘buenos gobiernos’ porque no tuvieron elecciones populares.

“Básicamente, no había democracias electorales antes de los tiempos modernos, así que, si quieres comparar la buena gobernanza en el presente con la buena gobernanza en el pasado, realmente no puedes medirlo por el papel de las elecciones, tan importante en las democracias contemporáneas”, subraya Feinman, que añade: “No tenían elecciones, pero tenían otros controles y equilibrios sobre la concentración del poder personal y la riqueza de unos pocos individuos. Todos tenían los medios para mejorar el bienestar social, proporcionar bienes y servicios más allá de unos pocos, y medios para que los plebeyos expresasen sus voces”.

En sociedades que cumplen con la definición académica de ‘buen gobierno’, éste satisface las necesidades de la gente, en gran parte porque el gobierno depende del pueblo para los impuestos y recursos que mantienen el Estado a flote. “Estos sistemas dependían en gran medida de la población local para obtener una buena parte de sus recursos. Incluso si no hay elecciones, el gobierno tiene que ser al menos algo receptivo a la población local porque eso es lo que financia al gobierno. A menudo hay controles tanto del poder como del egoísmo económico de los líderes, por lo que no pueden acaparar toda la riqueza”.

Los ‘buenos gobiernos’ tienden a durar más

Las sociedades con ‘buen gobierno’ tienden a durar un poco más que los gobiernos autocráticos, que mantienen el poder concentrado en una persona o un grupo pequeño. Pero la otra cara de esa moneda es que cuando un ‘buen gobierno’ colapsa, las cosas tienden a ser más difíciles para los ciudadanos porque han llegado a depender de la infraestructura gubernamental en su vida cotidiana.

“Con una buena gobernanza hay infraestructuras para la comunicación y burocracias para recaudar impuestos, mantener los servicios y distribuir los bienes públicos. Tiene una economía que sostiene a la gente y financia al gobierno”, recalca Feinman, que agrega: “Las redes sociales y las instituciones se vuelven altamente conectadas, económica, social y políticamente. Mientras que si un régimen autocrático colapsa, es posible que vea un líder diferente o puede ver una capital diferente”.

Retrato del emperador Zhu Yuanzhang, emperador fundador de la dinastía Ming.

Los investigadores también examinaron un factor común en el colapso de sociedades con buen gobierno: líderes que abandonaron los principios fundacionales de la sociedad e ignoraron sus roles como guías morales para su gente. “En una sociedad de buen gobierno, un líder moral es aquel que defiende los principios, la ética, los credos y los valores fundamentales de la sociedad en general”, señala Feinman, que apostilla: “La mayoría de las sociedades tienen algún tipo de contrato social, ya sea escrito o no, y si tienes un líder que rompe esos principios, la gente pierde la confianza, disminuye su disposición a pagar impuestos, se muda o toma otras medidas que socavan la salud fiscal de la política”.

Líderes amorales

Este patrón de líderes amorales que desestabilizan sus sociedades se remonta a mucho tiempo atrás: el estudio usa el Imperio romano como ejemplo. El emperador Cómodo heredó un estado con inestabilidad económica y militar, y no estuvo a la altura de las circunstancias; en cambio, estaba más interesado en actuar como gladiador e identificarse con Hércules. Finalmente, fue asesinado y el imperio descendió a un periodo de crisis y corrupción.

“Lo que veo a mi alrededor se siente como lo que he observado al estudiar las historias profundas de otras regiones del mundo, y ahora lo estoy viviendo en mi propia vida”, apunta Feinman, que sentencia: “Es como el Día de la Marmota para los arqueólogos e historiadores”.

Para Feinman, aprender sobre lo que llevó al colapso de las sociedades en el pasado puede ayudar a tomar mejores decisiones ahora. “La historia tiene la oportunidad de decirnos algo. Eso no significa que se repetirá exactamente, pero tiende a rimar. Y eso significa que hay lecciones en estas situaciones”, indica.


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