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Los lideres naturales

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Thomas L. Friedman*. ¿Qué tiene que ver la Madre Naturaleza  con nuestras sociedades? La respuesta está en la máxima de Megginson: “La civilización capaz de sobrevivir es la que se adapta al entorno físico, social, político, moral y espiritual  donde se encuentra”.

En esta era de las aceleraciones, los países, culturas y sistemas políticos más adaptables son los que elijan imitar las apps geniales de la Madre Naturaleza para producir resiliencia y propulsión. La clave: “elegir conscientemente”.

La Madre Naturaleza desarrolló sus capacidades de adaptación a lo largo de miles de millones de años de manera inconsciente, con total indiferencia moral. Los humanos, no podemos ser tan brutales, ni moralmente indiferentes. Tampoco disponemos de milenios para determinar cómo perfeccionar estas herramientas. Hemos de traducir las apps geniales de la Madre Naturaleza a la política humana de manera intencionada, consciente, consensuada siempre que sea posible, tan rápidamente como podamos.

Estas cinco apps geniales son  aplicables a la actividad de gobernar 1 la capacidad de adaptarse al hacer frente con poder económico y militar superior,, sin verse lastrado por la humillación; 2 De incorporar la diversidad; 3 De asumir  la responsabilidad del futuro y los problemas propios; 4 De lograr el equilibrio correcto entre lo federal y lo local, es decir, comprender que una sociedad sana, al igual que una selva sana, consiste en una red de ecosistema sanos encima de más ecosistemas, prosperando por sí mismo, siendo enriquecido por el conjunto; y, quizás lo más importante: 5 Abordar la política y la resolución de problemas en la era de las aceleraciones con una mentalidad emprendedora, híbrida, heterodoxa y no dogmática: mezclar y emparejar ideas o ideologías que crearán resiliencia y propulsión, sin importar de qué “lado” procedan.

La velocidad a la que cualquier sociedad adopta estas estrategias será siempre producto de la interacción entre política, cultura y liderazgo. La cultura perfila las respuestas políticas de la sociedad, y sus líderes, a su vez, perfilan la cultura.

¿Qué es exactamente la cultura? Una definición concisa del “BusinessDictionary.com”: la cultura es “la pauta de respuesta descubiertas, desarrolladas o inventadas durante el historial de gestión de problemas del grupo, problemas que surgen de las interacciones entre sus miembros, y entre ellos y su entorno. Estas respuestas se consideran la manera correcta de percibir, sentir, pensar y actuar, y se pasan a los nuevos miembros a través de la inmersión y la enseñanza. La cultura determina qué es aceptable o inaceptable, importante o insignificante, correcto o incorrecto, factible o imposible”.

Uno de los peores errores que se pueden cometer es subestimar el poder de la cultura en la manera en que las sociedades responden a los grandes cambios. Otro,  concluir que nuestra cultura esa inmutable y nunca puede cambiar. Las culturas cambian; y a menudo, a veces ante la presión de los acontecimientos y la necesidad de sobrevivir, y otras gracias a las decisiones políticas ideadas por líderes.

Daniel Patrick Moynihan observó: “La verdad fundamental de los conservadores es que es cultura, no la política, lo que determina el éxito de una sociedad. La verdad fundamental de los liberales es que la política puede cambiar una cultura y salvarla de sí mismas”.

Ronald Heifetz, considera que el papel de un líder es “ayudar a la gente a enfrentar la realidad y movilizarlos para provocar el cambio” cuando su entorno cambia, y de esta forma asegurar la seguridad y prosperidad de su comunidad. Dado que la era de las aceleraciones involucra un cambio en el entorno físico, tecnológico y social de tanta gente, el liderazgo actual consiste en fomentar las actitudes culturales correctas y las decisiones políticas específicas que permiten imitar de la mejor manera las apps geniales de la Madre Naturaleza.

El poder de un líder visionario para ayudar a una sociedad y una cultura a navegar las aguas de los grandes momentos que requiere adaptación. La película Invictus explica la historia de cómo Nelson Mandela, durante su primer mandato como presidente de Sudáfrica, recluta al equipo de rugby, los Springboks, para que gane la Copa del Mundo de Rugby en 1995; asi busca la reconciliación del país asolado por el apartheid. Los casi totalmente blancos Springboks fueron símbolo de la dominación blanca y los negros estuvieron  siempre en contra de ellos.

“Eso sería egoísta. No sirve a la nación”. Respecto a los blancos sudafricanos, Mandela añade: “Hemos de sorprenderlos con compasión, moderación y generosidad”.

“Hemos de sorprenderlos”. No hay mejor manera de cambiar una cultura que tener un líder que sorprende a sus partidarios y a su oposición colocándose por encima de su historia, de su electorado y sus especialistas en encuestas, simplemente haciendo lo correcto para el país. A través de su liderazgo progresista e iluminado, Mandela hizo mucho por cambiar la cultura de Sudáfrica. Creó un poco más de confianza e interdependencias positivas entre negros y blancos y, al hacerlo, logró que el país fuera más resiliente.

La necesidad de cambiar

Uno de los factores diferenciadores en lo que se refiere a la amplitud de miras de una cultura o un sistema político respecto a la adaptación es cómo responde al contacto con terceros. ¿Se siente tu cultura fácilmente humillada ante lo mucho que se dejó atrás y, por tanto, es más probable que se cierre? ¿O se siente más inclinada a tragarse su orgullo e intentar aprender algo del foráneo? En una era en la que el contacto con extraños ocurre con mayor frecuencia. Es un asunto fundamental.

La razón por la que algunos líderes y culturas son más adaptables que otras cuando se enfrentan a grandes cambios en su entorno es uno de los grandes misterios de la vida y la historia, y es imposible ignorar las diferencias. Lo único que sé, es que pasé gran parte de mi carrera cubriendo la diferencia entre pueblos, sociedades, líderes y culturas centrados en aprender “del otro” en recuperar el terreno después de quedarse atrás y aquellos que se sienten humillados por “el otro”, por su contacto con extraños, y que arremeten contra ellos en lugar de dedicarse al duro trabajo que significa la adaptación.

Hay gente que se lamenta constantemente de su mala fortuna y hay gente que sigue jugando lo mejor posibles desde donde sea que se encuentren y lo verán como un reto. Saben que lo único que pueden controlar no es el rebote de la pelota, sino su propia actitud hacia el golpe. En ese contexto, la confianza en uno mismo y el optimismo son poderes por sí mismos. Hay culturas que, cuando se enfrentan a la adversidad o a un reto externo importante, tienden a decir colectivamente: “Me estoy quedando atrás. ¿Qué está pasando? Voy a ver cuál es la mejor manera de resolverlo”. Y aprender a adaptarse al cambio. Y luego hay los que dicen: “Me estoy quedando atrás. ¿Qué me has hecho? Es culpa tuya”.

La adaptabilidad sin humillación, por ejemplo, describe sin duda al Japón del siglo XIX, un país que había hecho de todo lo posible por no entrar en contacto con extraños y aislarse del resto del mundo. Su economía y política estaban dominadas por una agricultura feudal y una estructura social jerárquica de principios confucianos, y en declive continuado. Los comerciantes eran la clase social más baja y el comercio con extranjeros estaba prohibido, excepto por el contacto limitado con China y los holandeses. Pero entonces Japón tuvo un encuentro inesperado con el comodoro Matthew Perry quien irrumpió el 8 de julio de 1853 exigiendo que los puertos japoneses se abrieran al comercio con Estados Unidos e insistió en obtener un trato mejor para los marineros de embarcaciones naufragadas. Sus peticiones fueron rechazadas, pero Perry volvió un año más tarde con una flota mayor. Explicó a los japoneses las virtudes de comerciar con otros países y a la larga firmaron el Tratado de Kanagawa, el 31 de marzo de 1854. Así se abrió el mercado japonés al comercio exterior y finalizaron doscientos años de aislamiento casi absoluto. El encuentro sacudió a las élites políticas japonesas y las forzó a darse cuenta de lo muy por detrás que se encontraban de Estados Unidos y otras naciones occidentales respecto a tecnología militar.

Darse cuenta de esto puso en marcha una revolución interna que derrocó el Shogunato Tokugawa, que había regido en Tokio en nombre del emperador desde 1603, y coloco al emperador Meiji, y a una coalición de reformadores, en su lugar. Eligieron adaptarse aprendiendo de aquellos que los habían derrotado. Iniciaron una transformación política, económica social basada en la idea de que si querían ser tan fuertes como Occidente, tenían que liberarse de sus normas culturales vigentes y adoptar sistemáticamente la ciencia, tecnología, ingeniería, educación, arte, literatura e incluso ropa y arquitectura occidentales.

Resultado neto fue que a finales del siglo XIX, Japón se había convertido en una potencia industrial importante, con peso suficiente para no sólo revocar tratados económicos asimétricos impuestos por las potencias occidentales, sino para, de hecho, derrotar a una de ellas – Rusia- en una guerra en 1905. La restauración Meiji hizo que Japón no sólo fuera más resiliente, sino también más poderosa.

Por desgracia, no todas las culturas son capaces de abordar el contacto con foráneos tragándose su orgullo de la manera que hicieron los japoneses, absorbieron también todo lo que pudieran aprender tan rápido como pudieran.

Los Chinos empleaban una expresión, “el siglo de la humillación”, para describir los años que iban de la década de 1840, cuando China experimentó por primera vez el imperialismo británico, a la invasión de su país por parte de Japón y otras debacles.

Durante siglos, China se encontró en el centro, era el sol alrededor del cual otros reinos asiáticos giraban. Los estragos occidentales de mediados del siglo XIX primero y luego la derrota de China ante Japón, a finales del mismo siglo, pusieron fin a la centralidad china. Pero después de abrirse al mundo en la década de los setenta, China utilizó su historia para vigorizar su futuro. Bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, China admitió encontrarse en un terrón y tendió la mano al mundo para aprender todo lo que pudiera para adaptarse y recuperar terreno y restablecer su grandeza.

El colapso del comunismo ha dejado a Rusia humillada. Ha perdido su estatus de potencia y se encuentra en los márgenes viendo cómo su antiguo aliado y competidor, China, se dirige hacia ese estatus. El perfil exportador de Rusia es como el de un país del Tercer Mundo, y el grueso de sus exportaciones dependen de fondos de recursos naturales, sobre todo petróleo y gas natural. Ha sido incapaz de producir un automóvil de calidad exportable, por no mencionar sus déficits comparables en informática.

Durante este periodo de humillación nacional, uno puede entender perfectamente por qué los líderes rusos expresan gran preocupación por el pobre rendimiento de los atletas rusos en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2010 en Vancouver, y los juegos Olímpicos de Verano de 2012 en Londres.

*Es el autor del libro Gracias por llegar tarde. Es ganador de tres premios Pulitzer.

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