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Los últimos supervivientes de Auschwitz claman por que su memoria no caiga en el olvido | Internacional

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Benjamin Lesser no tenía ni idea a sus 15 años de a qué infierno descendía cuando su tren llegó a Auschwitz-Birkenau. Se agachó a recoger lo que caía del cielo: ceniza. “Era un lugar extraño, llegamos de noche, todo el viaje en el vagón había tenido a mi hermana pequeña cogida de una mano y a mi hermano pequeño de la otra”, explica. Un médico de las SS le hizo unas preguntas sobre su estado físico. Luego supo, dice, que era Mengele. A los pequeños se los llevaron en dirección opuesta a él. “No lo sabíamos entonces, pero los enviaban a las cámaras de gas. Al llegar con otros al barracón asignado, un hombre nos dijo: ‘¿Veis esas cenizas que caen?, son vuestras madres, vuestros hermanos, vuestras familias; y eso es lo que os volveréis vosotros, ¡cenizas! Así llegué a Auschwitz”.

Lesser (Cracovia, 1928) es uno de los dos centenares de supervivientes del siniestramente famoso campo de exterminio de los nazis en suelo polaco que han viajado con motivo del 75º aniversario de la liberación del mismo, que se conmemora este lunes, y en el que ellos son los principales protagonistas. Hace cinco años eran 300. A la ceremonia acuden 2.500 invitados de 50 países. Auschwitz (con sus anexos, como Birkenau) es el epítome de los campos de la muerte nazis. Allí fueron asesinadas 1.300.000 personas, entre ellas 1,1 millones de judíos (el 90%) y, también por el odio racial de los nazis, 23.000 gitanos.

Este domingo, una docena de supervivientes dieron testimonio de sus terribles experiencias en una conferencia de prensa cerca del campo. Son los que han vivido de verdad las cosas que mucha gente conoce por el cine de Spielberg. Decir que están mayores es una obviedad. Son nonagenarios. Muchos se repiten al hablar, contestan otra cosa cuando se les pregunta, incluso alguno creyó estar en otro lugar y tiempo, y la organización aún no sabe quiénes serán los encargados de hablar hoy en las ceremonias, pues dependerá de quienes sean capaces “física y psicológicamente”.

Pero, aunque los hubo que lloraron al explicar sus vivencias terribles, como David Lewin, que llegó en 1943 a Auschwitz desde Majdanek y en enero de 1945 fue llevado a Buchenwald (¿quién aguantaría llevar esos tres nombres a la espalda?), todos mostraron un coraje asombroso y lanzaron el mismo mensaje, un clamor, una súplica y una advertencia: “No olviden”. Olvidar, dijeron “sería una segunda muerte para las víctimas”. Dijeron que recordarán mientras puedan y luego habrán de recoger el testigo otros. Recalcaron también que recordar es una garantía contra el ascenso de la ultraderecha, que observan con enorme alarma.

El 75º aniversario de la liberación de Auschwitz, en un contexto de preocupación por el auge de partidos de extrema derecha y episodios de violencia antisemita, será el último redondo para la inmensa mayoría de los supervivientes. Son conscientes de ello. Saben que se apagan. Igor Malickij, en Auschwitz el número 188005, se presentó con la camisa del uniforme a rayas de los campos, como una forma de anclar su recuerdo (y pasaba del ruso al alemán ladrado cuando en su relato le gritaban los SS del campo). Alina Dabrowska (número de presa 44165), que ha dedicado buena parte de su esfuerzo testimonial en hablar a estudiantes alemanes, se puso al cuello un pañuelo que sugería también el tristemente famoso pijama de los presos.

Lesser, que formó parte de un convoy de judíos húngaros enviado a Auschwitz (su familia escapó de Polonia a Hungría), ha sobrevivido, enumeró, a cuatro campos, dos trenes de deportados y otras tantas marchas de la muerte. Había silenciado sus recuerdos hasta que un día, en Estados Unidos, su hijo le pidió que fuera a hablar a su escuela. “Vi cómo se interesaban los chicos y desde entonces cuento mi historia. No he dejado de hablar. No podemos dejar que la gente olvide. Hemos de mantener la memoria viva y evitar la amnesia del mundo”.

El odio de Hitler

El superviviente señaló conmovedoramente que él mismo, si olvida algo, se obliga a recordar, “me refresco la memoria”. En esa memoria están los “pozos de fuego” a los que se arrojaban cuerpos cuando los crematorios no daban abasto, “y hasta a niños vivos, a los que oíamos gritar de noche”. Se preguntó cómo los alemanes, “gente culta y civilizada, se volvieron esos monstruos”. Y llamó a que cese el odio, cualquier odio. “Hitler no empezó matando, empezó odiando”, recordó.

León Weintraub (Lodz, 1926) explicó cómo en su primera visita al museo de Auschwitz su hija, que iba con él, se puso a llorar al ver las maletas amontonadas que se exponen. “Vi a mi madre por última vez en la plataforma de selección”, rememoró, “a ella y a mi hermana las enviaron a las cámaras de gas. No sabíamos dónde estábamos, no había letreros. Al llegar en el tren nos gritaron ‘¡raus, raus!’. Yo era aprendiz de electricista y me pregunté porqué la cerca estaba electrificada. En Auschwitz-Birkenau eras una herramienta humana de un solo uso, cuando te gastabas, a la basura. Y te deshumanizabas peldaño a peldaño”. Weintraub advirtió contra “los que desfilan hoy por las calles con eslóganes como los de los nazis” y dijo: “No hay que cerrar los ojos, son lo mismo; solo guardando la memoria evitaremos que vuelva a pasar lo que pasó”.

Hubo algunas preguntas incómodas para los supervivientes, como la referente a si los polacos colaboraron con los nazis en el Holocausto. “Que hubiera algún caso no significa que se pueda generalizar”, respondió Lesser; “en toda Europa hubo gente que colaboró con los nazis, pero muchos polacos ayudaron a los judíos y hasta perdieron la vida por hacerlo; hay personas buenas y malas en todas partes”. Para él, los campos de exterminio nazis los construyeron los alemanes en Polonia “como podían haberlo hecho en cualquier otra parte”.

El riesgo de las ficciones literarias sobre Auschwitz

El director del Memorial y Museo de Auschwitz-Birkenau, Piotr Cywinski, recalcó este domingo que en la conmemoración de la liberación del campo los protagonistas son los supervivientes. “Esto se hace por ellos y con ellos; vamos a escucharlos”. Añadió que la misión principal de aniversario es, “en un mundo que cambia muy rápido, la necesidad de referencias firmes”. Apuntó que el número creciente de visitantes de Auschwitz —el campo se ha convertido en un destino turístico que atrajo el año pasado a 2.320.000 visitantes, una cifra récord—, así como el éxito de las exposiciones itinerantes como la que se ha exhibido en Madrid, muestra que la gente necesita “no solo recordar la historia, sino respuestas para las preguntas de nuestro tiempo”.

Cywinski, que anunció la creación de un nuevo proyecto del centro —Diplomacy of Remembers (diplomacia de la memoria) con la participación del español Enrique de Villamor y Soraluce, presidente de la Asociación Pro Tradición y Cultura Europea—, advirtió contra que “se mezcle en la conmemoración a las víctimas y la política”. Se refirió a la polémica del Gobierno polaco con Moscú a cuenta de la historia —el presidente, Vladímir Putin, no acudirá al acto—, dijo que viene a la celebración “quien quiere”, y puntualizó que aunque es más que cuestionable el papel del Ejército Rojo como “liberador” en sus operaciones en Europa del Este y especialmente en Polonia (donde decidió no apoyar la insurgencia de la resistencia polaca en Varsovia en 1944 y dejar que la aplastaran los nazis), “no es el caso de la liberación de Auschwitz: el campo fue efectivamente liberado por los soldados soviéticos”. “No hay que confundir en ese sentido lo que pasó en otros lugares del país”, recalcó, “con lo que pasó en los campos de exterminio”. Dijo que incluso han tratado de encontrar a militares exsoviéticos que participaron en la liberación del campo para que se sumaran a la conmemoración, pero no los han encontrado.

En cuanto a las otras celebraciones del aniversario, como la celebrada la semana pasada en Jerusalén, dijo que puede haber otras pero que es incuestionable cuál es el acto más importante. Y remató: “Nosotros nos centramos en los supervivientes, no en la política”. Preguntado por la proliferación de libros sobre el Holocausto, manifestó que, “por supuesto”, es partidario de la libertad de expresión y de publicación, pero advirtió: “No tengo nada en contra de que la gente escriba ficción de Auschwitz basada en la realidad, el problema es cuando la ficción se presenta como verdad y como resultado de una investigación y no lo es. Eso es una mentira. Creer que lo que cuentan esos libros es verdad, es un peligroso punto de apoyo para el negacionismo. Hay en los que escriben de Auschwitz una responsabilidad moral”.


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