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Manotazos desesperados

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“Desobediencia civil y libertad responsable” es el último libro de Juan José Sebreli. Ya a principios de los sesenta, su pensamiento era una atractiva brasa ardiendo. Activó en la grey intelectual criolla,  el pensamiento de Jean Paul Sartre y  Simone de Beauvoir desde la inolvidable Temps Moderne. Desde entonces ha escrito y dicho cosas perdurables y discutibles. Algunos párrafos interesantes:

“Por lo pronto, estamos en un nuevo mundo donde Estados Unidos casi ha renunciado a ejercer el liderazgo; lo asumió durante la Guerra Fría, ante la crisis financiera de 2008 y tal vez ante la epidemia de ébola en 2014, pero ahora abdicó: en la casa parece que no hay adultos y reina el desconcierto. En ese escenario irrumpió este virus, que nos retrotrajo a la ciudad amurallada preiluminista: ante el peligro de la enfermedad, los países y la gente se repliegan sobre sí mismos. Byung-Chul Han había afirmado en 2010 que, con la globalización, vivíamos en una época en que el paradigma inmunológico perdía vigencia, es decir que ya no nos encerrábamos, y esa desprotección, esa intemperie voluntaria a la que nos exponíamos obedecía justamente a que no acechaba ningún enemigo visible o desconocido que fuera a atacarnos.”

“Segunda constatación: fue en medio de esta sociedad permeable donde aparece el virus como el nuevo enemigo. No por nada Emmanuel Macron habló de una guerra contra un enemigo invisible. De pronto cerramos todo vertiginosamente, países, provincias, ciudades, barrios, casas, en un viaje inverso hacia nuestro cuerpo como última frontera blindada. Se volvió a la idea perimida de soberanía. Han sostuvo que la reacción inmunitaria fue tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente. Pero esta vuelta atrás supone algo paradojal: cuando la prosperidad depende de un comercio mundial fluido y un gran movimiento de personas, y justamente cuando más necesitamos que se imponga esa dinámica para salir de un colapso económico inédito, al menos durante la emergencia vamos en dirección contraria. Kissinger plantea si en la pospandemia elegiremos ahondar esta tendencia, yendo a un mundo más aislado y xenófobo, o la revertiremos, yendo a un sistema de solidaridad global. Ese es el primer dilema del nuevo orden.

Si nos guiáramos por este encierro vivido durante la pandemia, la respuesta no es alentadora, pero podemos abrigar esperanzas de que este dispositivo de repliegue cesará no bien se despeje el peligro y ceda la sensación de terror. Ya a principios de julio se observa en Europa un retorno rápido a una relativa normalidad: la gente se sienta en los bares, reabren los museos, los aviones vuelven a conectar países e incluso el miedo al virus no frenó manifestaciones en contra del racismo.  Tanto la pandemia como la consecuente crisis económica son problemas globales, razón por la cual solo se resolverán con cooperación global. Es imprescindible que los países compartan no solo información científica sino equipamientos médicos y recursos humanos, porque es completamente irracional que en medio de una crisis sanitaria en un lugar falten y en otro estén ociosos. Esto no quiere decir que se iguale a los que habían hecho esfuerzos para tener una buena medicina con otros que no los habían hecho; si bien habrá que efectuar las compensaciones pertinentes, es preciso que haya coordinación. Sería muy insensato, por ejemplo, que un país, por poderoso que fuera, quisiera tener el monopolio de la vacuna, aunque hay indicios de que podría ocurrir esa insensatez: en los primeros días de julio los diarios informaron que el gobierno de Trump le compró al laboratorio Gilead Sciences, dueño del fármaco remdesivir –uno de los pocos antivirales aprobados para mitigar el coronavirus–, la casi totalidad del stock para el siguiente trimestre, vaciando las estanterías para el resto de los países, y a su vez hacia mediados de julio Rusia fue acusada por el Reino Unido de usar hackers (un grupo llamado Cozy Bear, que operaría enlazado con los servicios de inteligencia rusos) para robar trabajos de investigación de laboratorios ingleses sobre vacunas contra el Covid-19. Estos manotazos apresurados prenuncian posibles actos de depredación, escenario frente al cual, dicho sea de paso, la Argentina no se ha preparado del mejor modo salvo por el show montado alrededor de la vacuna en experimentación de la Universidad de Oxford y AstraZeneca. Al respecto, no es cierto que la Argentina participe de la producción de esa vacuna sino que lo hará un empresario vinculado al kirchnerismo tucumano, Hugo Sigman, a quien casualmente el Estado le aseguró una compra de once millones de dosis, otorgando un dudoso monopolio. Sigman, que es coleccionista de arte, haría así un negocio que es una verdadera obra maestra.”

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