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Maraña de regulaciones

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Héctor Gambarotta transitó intensamente la vida política y económica argentina. Ha ocupado también cargos públicos relevantes. Su formación internacional y el rigor de sus conocimientos, le permite analizar el estado de situación en el tema dominante “Pandemia y Economía”. He aquí un interesante breve fragmento de un extenso trabajo al que precede una inolvidable frase de Albert Camus: “Lá où il n´y a pas d´espoir, nous devons I´inventer”. Alcanza -por ahora- para apreciar la visión y experiencia de este activo estudioso.

 

La estrategia sanitaria elegida por el gobierno tenía graves falencias que la conducirían al fracaso y así sucedió. Sin recurrir al necesario despliegue de testeos masivos, aislamientos preventivos y rastreos de contactos, la prolongación sine die del confinamiento no tuvo sentido alguno y las consecuencias están a la vista: nuestro país se encuentra entre los de peor evolución cuando se combinan daño económico y coeficiente de mortalidad. Solo dos países en el mundo, España y el Reino Unido, presentan un desempeño más aciago.

Dada esta situación, ahora el gobierno debe enfrentar un problema que no parece estar en condiciones de resolver: necesita recuperar rápidamente su perdida credibilidad. Veamos porqué le resultará difícil remontar esta cuesta. Luego de la crisis del 2001 la política argentina fue organizándose progresivamente de un modo antagónico, desarrollando una matriz de índole centrífuga. En los años recientes, ninguna de las dos grandes coaliciones conformadas para alcanzar con éxito una mayoría electoral -una dirigida por Mauricio Macri (MM), la otra conducida por Cristina Fernández de Kirchner (CFK), ha logrado imponer ni legitimar sus aspiraciones en materia económica cuando le ha tocado el turno de ser gobierno. Ambas alianzas ostentan la capacidad de alcanzar mayorías circunstanciales en las votaciones y ejercer el poder de vetar los proyectos de la otra cuando ella despliega su propia estrategia, pero carecen de los resortes necesarios y suficientes para plasmar sus ideas económicas en realidades que le devuelvan al país crecimiento y estabilidad.

La heterogeneidad dominante al interior de los gabinetes que han llevado (y llevan) adelante la gestión de gobierno durante la última década es crucial para explicar este fenómeno. Pero, para entender verdaderamente la inoperancia en materia económica de los gobiernos recientes, no solo importa la fragilidad ideológica de las coaliciones que lo conforman, sino que también resulta relevante el hecho de que el factor aglutinante de ambas refiere a un orden económico, político y social que imperaba en el país décadas atrás, pero que ya no existe más en ninguna parte del mundo. Sus discursos -tanto el de MM como el de CFK, ignoran que desde mediados de la década del ´70 se ha producido el ocaso del régimen fordista de producción industrial, dando lugar a una reestructuración de la economía a nivel mundial a partir de un creciente predominio del capital financiero y el desarrollo de nuevas tecnologías que no solo han transformado la organización económica, sino que también han trastocado la matriz geopolítica a escala universal, al trasladar hacia Oriente el centro de gravedad de la economía global. La heterogeneidad y la obsolescencia de la matriz política local se manifiesta de manera nostálgica en un debate que contrapone recurrentemente la sustitución de importaciones de los años ´60 (alabada por CFK) con el modelo de ajuste, desregulación y apertura de los ´90 (añorado por MM) sin percatarse ni uno ni otro que estas reminiscencias no pueden servir ya hoy como inspiración para dibujar un futuro mejor.

El mantenimiento de una crónica situación de crisis, derivado de la falta de realismo de los planteos de políticas públicas, conduce a la aplicación de soluciones provisorias de compromiso a problemas estructurales, lo que ha ido generando el agotamiento de la confianza de los inversores y la desilusión de los votantes, llevando al país por un lado, a una carencia absoluta de financiamiento voluntario en todos los órdenes de la vida de los negocios y por el otro, a un repudio de la moneda como fuente genuina de ahorro.

La fatiga que produce en la sociedad la falta de resultados de las distintas gestiones de gobierno a través del tiempo -que ya lleva prácticamente una década, conduce el debate político a una suerte de exégesis acerca de la naturaleza del capitalismo, absolutamente fuera de contexto histórico.

En este escenario de extrema crispación política y social que acabamos de describir, es que se desarrolla la política económica del actual gobierno, cuyos miembros en lugar de tratar de superar el empantanamiento discursivo, insólitamente prefieren usarlo como una herramienta propia de agitación, llegando a poner en debate temas como la legitimidad de la propiedad privada y el mérito del esfuerzo personal para avanzar en la vida. El planteo de la política económica puede resumirse en un axioma: “a cada problema, una regulación” y a cada regulación, una razón de ser derivada de la falta de empatía que el gobierno le asigna a los actores económicos que -a criterio de sus funcionarios, toman decisiones en el mundo de los negocios “contra el interés común”.

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