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Meloni, la agitadora paciente que quiere gobernar Italia

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Quince años tenía en 1992 una joven de familia de clase media, con padre sardo y madre siciliana. Giorgia Melonia podía ser entonces una adolescente más, y de hecho lo era; pero no sabía (o quizás sí) lo que le deparaba el futuro. Fue entonces cuando la vencedora de las elecciones italianas de este domingo se unió a las juventudes del partido fascista Movimiento Social Italiano, heredero del legado de Benito Mussolini. Empezó entonces, hace ya treinta años, un camino que ha encontrado la cúspide con un triunfo electoral que ha llevado al posfascismo al mejor resultado histórico. Y Meloni es la cara, la voz y la guía de ese éxito. Ella y casi solo ella.

«Sí a la familia natural, no a los lobbies LGTBI; sí a la identidad sexual, no a la ideología de género; sí a la cultura de la vida, no al abismo de la muerte; sí a la diversidad de la cruz, no a la violencia islamista». Estas palabras -dichas en un acto de Vox en la campaña andaluza de hace solo unos meses- representan bastante bien la línea que marca Fratelli en casi todos los temas. Es una derecha radical con las ideas claras, y con una hoja de ruta que trasciende del nivel de voto. De hecho, en 2018 fue un partido marginal con el 4,3% de los votos. Y a Meloni le dio igual. Una de sus cualidades políticas de hecho ha sido esa, la paciencia.

Sí a la familia natural, no a los lobbies LGTBI; sí a la identidad sexual, no a la ideología de género; sí a la cultura de la vida, no al abismo de la muerte

Pero la carrera política de quien aspira a ser la primera mujer en tener el poder en Italia ha tenido altos y bajos. Desde joven se convirtió en una voz reconocida en la derecha radical y no tardó demasiado en dar el salto: diputada desde 2006, en 2008 se convirtió en la ministra más joven de la historia italiana al hacerse cargo de la cartera de Juventud bajo el mando de Silvio Berlusconi. Eso sí, lo hizo formando parte de otro partido: Alianza Nazionale, que a la larga no representó las ínfulas de una Meloni que prefirió caminar en los márgenes.

Del fascismo al neofascismo para después liderar -y llevar a ser la formación más votada- al posfascismo. Ese es el camino de Giorgia Meloni. Empezó en el MSI, que no tenía remilgos en poner en duda el sistema democrático y se acordaba más de la cuenta de lo hecho por Benito Mussolini. Pino Romualdi y Augusto De Marsanich fundaron el partido junto a Giorgio Almirante, que a la larga se convirtió en el padre político de la vencedora de las elecciones.

Del Movimiento Social Italiano el salto fue a Alianza Nazionale, con Gianfranco Fini. Este trató de moderar las posiciones del neofascismo y Meloni nunca compró el giro; y para muestra una frase: cuando asumió la presidencia de Fratelli D’Italia pronunció unas palabras bastante lapidarias con las que dijo que su despacho no era el de Fini sino el de Almirante. Ahora quizás al despacho al que tengan que llamar sea al del Palazzo Chigi, ocupado ya por una Meloni que culmina 30 años de carrera política llegando a la cúspide.

Nunca ha renegado de los tiempos más oscuros de la historia italiana y el peso de Mussolini nunca ha supuesto un problema para ella, pero en los últimos tiempos Giorgia Meloni ha entendido que una cosa es agitar y otra gobernar. Proyectó a Fratelli como «un partido serio» precisamente porque, dijo, sus principios son inamovibles. No le cambió la cara cuando el nivel de apoyo era marginal y tampoco tuvo reparos en ser la única en quedarse fuera del Gobierno de concentración en torno a Mario Draghi. De hecho, supo capitalizar el descontento con un Ejecutivo del que otros como Salvini o Berlusconi, rivales y al mismo tiempo compañeros de viaje de Meloni, sí formaron parte.

Pero esa fachada de moderación no es más que eso, fachada. Por ejemplo, Fratelli mantiene en su logo la llama propia de las milicias que apoyaron a Mussolini, llama que después heredó el MSI en el que se mira Meloni. Además, también recuperó el lema fascista «Dios, patria y familia», que al final son los tres pilares de su programa: conservadurismo, nacionalismo y una defensa de la familia tradicional. Giorgia Meloni se posiciona contra el colectivo LGTBI, defiende el papel de la mujer pero rechaza «la ideología de género» y mantiene un discurso antiinmigración muy nítido. 

Una Europa de naciones soberanas

Fratelli también tiene claros sus planes para la Unión Europea. No aboga por una salida del bloque sino que defiende una alianza de Naciones en la que los Estados miembros recuperen soberanía en detrimento de Bruselas. Meloni defiende que la UE es «una máquina burocrática» y se suma a los mensajes de Hungría y Polonia, que comparte además con otros partidos como la Reagrupación Nacional de Le Pen en Francia o Vox en España. La vencedora de las elecciones en Italia es, además, la presidenta del grupo de Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), que forman una de las familias en el Parlamento Europeo.

Giorgia Meloni ha devuelto a la derecha italiana el poder que perdió con la caída de Berlusconi en 2008, pero ahora esa derecha está más radicalizada y busca un vuelco en muchos asuntos para un país que ha elegido para gobernar a quien hasta ahora ha estado más acostumbrada a agitar. Y lo primero no es igual que lo segundo. Italia es laboratorio político, pero también símbolo de inestabilidad. Esas son las aguas que tendrá que surcar la nueva elegida.


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