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Milei y el primer paso de un viaje de mil millas

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“El presidente inesperado”. Así llamó José Natanson en su libro al Néstor Kirchner que, 20 años atrás, llegó a la Casa Rosada desde el sur patagónico. El próximo domingo, otro hombre inesperado, Javier Milei, recibirá el bastón y la banda presidencial. Y una Argentina devastada, en medio de una de las peores crisis de un país que ha hecho de las situaciones críticas su normalidad.

Un brevísimo repaso marca una inflación del 160% anual, con una proyección de más del 300% para el año que viene; una pobreza que supera el 40% y alcanza a 6 de cada 10 chicos; un PBI per cápita 56% menor al de hace apenas seis años; un dólar blue de $69,50 cuando asumió Alberto Fernández que hoy ronda los $1.000, y Ezeiza como única perspectiva de salida no sólo ya para los más jóvenes sino también para mayores de 50, corridos por la inseguridad, la debacle económica, la corrupción, la burocracia asfixiante y la violencia de todo orden.

Es parte de la herencia de la que deberá hacerse cargo Milei. Antes de asumir, ya hay previstas marchas piqueteras para el 19 y 20 de diciembre, y un “lavado de manos” del gobierno saliente: el viceministro de Economía, Gabriel Rubisntein, le echó la culpa a Milei del índice de inflación de noviembre. Cristina Kirchner salió a hablar de “catástrofe social” a partir del pronóstico de estanflación lanzado por el presidente electo y el todavía presidente Fernández ensayó una defensa de su gestión, diciendo que “la pobreza se mide mal, y que si hubiera 40%, el país estaría estallado”, a lo que el experto Agustín Salvia replicó que si se sacaran los planes sociales, la pobreza sería del 50%.

Pero hay otro legado con el que tendrá que vérselas Milei, y en el que anida gran parte de los votos que lo llevaron al triunfo. Una sociedad agotada, profundamente desigual, harta ante prácticas políticas que desembocaron en este estado de cosas, impaciente y fragmentada. Profundamente fragmentada con una grieta que cebaron Néstor y Cristina Kirchner, de la que también se benefició Mauricio Macri, que se profundizó con Alberto Fernández y que acaba de sumar un nuevo capítulo, con mileístas, antimileístas, y votantes de Milei no muy convencidos del candidato pero ávidos de desalojar de la Casa Rosada cualquier vestigio de kirchnerismo.

¿Cómo se recompone un tejido social tan dañado y tan dividido? No será ni de un día para otro ni de manera general. Se necesita una genuina vocación de superar divisiones desde el poder acompañada, más que por declamaciones, por gestos concretos.

Tampoco se trata de ser ingenuos ni voluntaristas. En 1999, Daniel Barenboim y Edward Said lanzaron lo que parecía una utopía: la West-Eastern Divan, una orquesta formada por músicos israelíes y árabes para demostrar que, con un objetivo común, la convivencia y el entendimiento son posibles. Había allí sociedades históricamente enfrentadas. En medio del conflicto actual, la orquesta sigue funcionando. Por caso, la violinista palestina Abdel Kader se conmovió al recibir apoyo de alguien “del otro lado, del lado que aprendiste a odiar. Ahora es el momento de eliminar los muros… El momento en que mirás a alguien a los ojos y comprendés que sólo somos lo mismo”, reflexionó.

Salvando todas las distancias, tal vez el ejemplo sirva. A escala vecinal, escolar, barrial, en las pequeñas organizaciones. Quizá sea un punto de partida para el país que viene. Como decía Lao-Tse, “un viaje de mil millas comienza con un primer paso”.


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