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«Muchas mujeres violadas en zonas de guerra son repudiadas y abocadas a prostituirse»

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«Hemos dado lo más preciado que poseíamos y hemos muerto por dentro muchas veces, pero no encontraréis nuestros nombres grabados en monumentos o memoriales de guerra». Esta desgarradora frase corresponde a Aisha, superviviente de violación durante la guerra de Bangladés en 1971, y ha sido la cita elegida por Christina Lamb como arranque de su último libro.

En pocas palabras, aquella bangladesí resumió muy bien lo que la periodista británica refleja ahora en Nuestros cuerpos, sus batallas (Ed. Principal de los Libros): el silencio y la absoluta impunidad que pesa sobre la violencia sexual que se comete contra mujeres y niñas en zonas de conflicto y las traumáticas consecuencias que tienen esos crímenes para ellas. 

A través de historias reales y contadas en primera persona, Lamb presenta sin paños calientes un panorama muy cruel con el que pretende contribuir a que el mundo abra los ojos ante una brutalidad que lejos de mermar parece ir en aumento. El cuerpo femenino ha sido siempre un arma con la que ejércitos, terroristas y milicias han humillado, oprimido y castigado a sus adversarios, cada vez más utilizada mientras la comunidad internacional mira hacia otro lado. 

«Es muy difícil dar una cifra exacta de cuántas víctimas hay», afirma esta corresponsal de guerra. Sentada en la cafetería de un hotel madrileño un día de finales de septiembre, hace pocas horas que ha aterrizado procedente de Afganistán, un lugar donde las mujeres están perdiendo los derechos que habían conquistado en los últimos veinte años. «Es muy duro ver a los talibán por todos lados y ver que gente que conozco está escondida o ha huido del país», cuenta mientras enseña en su teléfono mensajes de afganos que le piden ayuda porque se sienten en peligro. «Es bueno que les ofrezcamos un refugio pero sus vidas estaban allí. Es muy difícil trasladarse a sitios con idiomas y culturas diferentes», señala en un tono pausado pero enérgico, sin levantar la voz pero contundente en sus denuncias. 

¿Qué está pasando para que las violaciones en zonas de guerra o de conflicto se estén intensificando? Por eso he escrito el libro porque siempre ha pasado pero resulta chocante que siga ocurriendo y a la escala a la que ocurre. Tengo la sensación de que ha habido un aumento recientemente. En 2014, por ejemplo, pasó lo de las chicas de Chibok, en Nigeria, a las que secuestró Boko Haram. También mujeres yazidíes fueron secuestradas y violadas por ISIS. Y en 2017, durante el genocidio rohingya, con casi 700.000 personas huyendo de Birmania, se produjeron muchas violaciones.

CHRISTINA LAMB

  • Corresponsal de guerra de larga trayectoria, Christina Lamb (Londres, 1965) es la principal periodista en el extranjero de ‘The Sunday Times’. Ha recibido el galardón al Mejor Corresponsal del Año en cinco ocasiones, así como el Prix Bayeux a la Mejor Crónica Bélica de Europa. Es autora de varios libros y coautora de ‘Yo soy Malala’, junto a Malala Yousafzai, y de ‘Nujeen. El increíble viaje de una chica desde la desgarrada Siria en una silla de ruedas’, junto a Nujeen Mustafa. Igualmente es miembro de la Real Sociedad de Geografía de Reino Unido, miembro honorario del University College de la Universidad de Oxford y oficial de la Orden del Imperio británico desde 2013.

¿Se conoce cuántas víctimas hay? La ONU tiene un representante especial sobre violencia sexual y todos los años hace un estudio de a cuánta gente puede estar afectando esta situación. El del año pasado habla de hasta 50 grupos en distintos países que están llevando a cabo violaciones como arma de guerra pero lo más probable es que haya muchísimos más. Poner una cifra es prácticamente imposible porque por su propia naturaleza son problemas que cuesta mucho verbalizar y que las mujeres no quieren denunciar. Pero serán millones.

¿Qué le reprocha a la comunidad internacional? Su inacción es un problema muy grande. Hace veinte años que todos los países de la ONU votaron condenar la violencia sexual y considerarla un arma en contextos de guerra pero desde entonces solo ha habido un condenado. Se considera casi como un problema de mujeres, menos importante que otros crímenes. Si se diera ejemplo condenando en firme a los perpetradores quizás se iría aprendiendo que cometerlos tiene consecuencias. Pero tal y como están las cosas ahora se continúan haciendo con impunidad. Si ya es difícil para nosotras en países desarrollados, en aquellas zonas lo tienen mucho más complicado porque las mujeres no tienen recursos para acudir a abogados, no tienen los medios de comunicación que tenemos aquí, y sobre todo muchas veces quienes han perpetrado esa violencia son quienes luego gobiernan. Se juegan la vida también.

Al sufrimiento de la violación se suma el de la impunidad y el del estigma social. Sí. No solo se sienten culpables de lo que les ha pasado sino que además son estigmatizadas. En el caso de las chicas secuestradas por Boko Haram, si consiguen ser salvadas, los propios soldados las vuelven a violar y al regresar a sus comunidades se considera que son ellas las que han elegido ese camino. Son repudiadas y solamente les queda prostituirse, con lo que se convierten en víctimas una y otra vez.

Me cuesta mucho responder a las chicas yazidíes cuando me preguntan que si a la gente le ha parecido terrible su historia por qué no hacen nada por ayudarlas

Usted no obstante prefiere hablar de supervivientes más que de víctimas. Son muy fuertes y se atreven a contar su historia a pesar de lo mucho que les cuesta. Les parece importante hacerlo porque así nadie podrá decir que no sabía lo que estaba pasando. Probablemente el episodio más conmovedor del libro sucedió en Filipinas, donde conocí a muchas ancianas que durante la ocupación del país por parte de Japón habían sido secuestradas por los soldados japoneses y usadas de ‘mujeres de confort’. Quieren justicia en tanto que se reconozca su sufrimiento porque se habla de todo lo relacionado con aquella ocupación menos de ellas. Intentaron conseguir dinero para levantar una estatua en su honor y el Gobierno se negó porque es una parte de la historia que no se quiere tratar. Incluso muchas veces sus familias les recriminan que hablen de ello porque es un tema que les da mucha vergüenza.

¿Hay alguna otra historia que le haya marcado especialmente? Es difícil. Tras cada testimonio que escucho siempre pienso que no pueden contarme nada peor pero el siguiente suele serlo. Una de las que más recuerdo es la historia de una chica yazidi que conocí en un campo de refugiados en Alemania. Tenía 16 años y había sido secuestrada por un juez del ISIS, muy gordo, según describía ella, que la ataba a la cama y la violaba todas las noches. Lo peor sin embargo fue cuando ese juez llevó a una niña de 10 años y la encerró en el cuarto de al lado. La chica tuvo que escuchar cómo la pobre niña llamaba a su madre a gritos mientras la violaban.

¿Por qué es tan difícil romper ese silencio? No queremos pensar en esa violencia sexual porque es muy incómodo. Es tan horrible que lo tapamos para no pensar en ello. Mi propio editor no quería publicar estas historias. Siempre parece más aceptable hablar de otras partes de los conflictos. En Alemania, por ejemplo, después de la II Guerra Mundial, muchos soviéticos violaron a mujeres alemanas y aun así ha habido silencio. En los juicios de Núremberg se trataron muchos aspectos del genocidio pero no ese y cuando el libro se publicó allí mucha gente me contactó para decirme que en su familia había habido casos y que hasta ahora no se habían atrevido a hablar de ello.

La periodista Christina Lamb, durante un momento de la entrevista con '20minutos' para presentar 'Nuestros cuerpos, sus batallas'.
La periodista Christina Lamb, durante un momento de la entrevista con ’20minutos’.
J. París

¿Son además mujeres que se sienten indefensas porque no suelen tener pruebas para denunciar?  Estos países no tienen la forma de conseguir las pruebas, la tecnología ni los equipos médicos que tenemos aquí. Sería muy necesario crear allí de forma internacional equipos que puedan ayudar con esos temas. No sería tan caro. Y sobre todo hay que poner mucho énfasis en la justicia, donde es necesaria más presencia femenina. Hasta donde yo he visto los jueces no se lo toman tan en serio y se basan en argumentos como que posiblemente la víctima hizo algo para provocar al que la agredió.

¿Qué soluciones propone? Lo principal que podemos hacer es tomar conciencia de que estas cosas están pasando, porque incluso yo que soy corresponsal de guerra tardé en darme cuenta de ocurrían a esta escala. Se da por hecho que habrá libros sobre ello, que se estará investigando, pero no es así. Se están reportando muchas cosas sobre Boko Haram, el ISIS, etc. pero al final la violencia sexual es siempre como una nota a pie de página. Necesitamos que se tome conciencia de la violencia sexual. También hacia los hombres, que tampoco se trata lo suficiente y que tiene su propio estigma. Y desde nuestra perspectiva individual también es importante cuestionar a nuestros políticos y reclamarles que hagan algo, que son quienes tienen el verdadero poder de acción.

En el libro también deja espacio para hablar de los países occidentales y de casos como el de La Manada, el MeToo… ¿Cómo ve la situación de la mujer en general? Creo que se están produciendo cambios y que tenemos más conciencia de lo que es la violencia sexual y el machismo. Pero aun así todavía ocurren cosas como el asesinato de otra chica joven en Londres y se tiende mucho a culpar a las mujeres y a decirles que tienen que tener más cuidado, que no vayan solas por la noche… ¿Por qué debemos tener miedo y no tener la libertad que los hombres sí tienen? Y aunque nos estamos agrupando, a nosotras mismas nos cuesta mucho tener conciencia de la dimensión a la que esto pasa en países lejanos como los que trato en el libro. Cuando hablo con las chicas yazidíes me cuesta mucho responderles cuando me preguntan que si ellas han contado su historia y la gente la ha leído y les ha parecido terrible por qué no hacen nada por ayudarlas.


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