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NI TORMENTA DE VERANO NI TORMENTA PERFECTA

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Por: Luis Tonelli. Otra muestra de nuestra Argentina dicotómica: la voz oficial del Gobierno (con indudable acento a clase alta) por estas horas nos dice que “lo peor ya pasó. Que todo fue una tormenta de verano y que, pasado un tiempo (¿otro cuatrimestre?), de vuelta vendrá el buen tiempo, el dólar barato, el consumo, y la popularidad presidencial.

Por otro lado, los críticos del Gobierno (no necesariamente con acento a clase baja, porque los hay en los sectores más empinados del poder económico) dicen que la Argentina enfrenta una tormenta perfecta y que el Presidente y su staff tienen ya el boleto picado. Que más temprano que tarde una crisis va a desatarse con tremendas consecuencias políticas, económicas y sociales.

Si uno mira fríos números y trata de ser objetivo, la conclusión es ni una cosa ni la otra. Ni este Gobierno está condenado al éxito ni está condenado al helicóptero. Pero lo peor no son las críticas, que siempre las va a haber en todo sistema democrático. Tampoco siquiera que el Gobierno quiera crear un clima de buenas ondas para que el consumo se reactive y que los empresarios inviertan.

Lo peor es que el Gobierno se crea el mismo su discurso de que lo “peor ya pasó”, y no se tome en serio la situación difícil en la que está la Argentina. La bomba a punto de estallar que dejó CFK no  fue evitada sino solo postergada, y la crisis cambiaria solo descorrió un poco la alfombra bajo la cual, y gracias a la deuda, escondimos todos nuestros problemas.

Si todo está bien, y todo fue un chubasco, ¿quién va a aceptar sacrificar algo de sus ganancias en pos de evitar una crisis que dice el gobierno que no existe?.  Sin embargo, uno mira el acuerdo firmado con el FMI (que no son simples sugerencias, sino que las entregas de las cuotas del stand by dependen de su cumplimiento estricto) y el ajuste que demanda la economía es mayúsculo.

Si lo peor ya pasó, ¿cómo el Gobierno justificará el hachazo que tiene que pegar?. Por otra parte, si el mercado no ve absoluto compromiso (commitment en su jerga), va anticipar los problemas a futuro creándolos en el presente (backward induction en su jerga).

El problema se centra en que el gobierno no quiere alterar la lógica que tantos éxitos le ha dado. O sea, centrarse en una comunicación de las buenas ondas, desjerarquizar los ministerios, dispersar todo poder. Esta es la zona de confort en la que habita el Presidente Macri. Sin embargo, querer no es poder. Comunicar no crea por si solo la realidad, máxime cuando ella no depende solo de la voluntad de los actores, si no de problemas estructurales gravísimos, y de operadores de mercado que no le interesa ni el perrito Balcarse ni las selfies de vecinos contentos con las obras del gobierno.

El gobierno está pensando en las elecciones, y es natural y es comprensible porque son el año que viene. Sin embargo, el calendario gregoriano no funciona para la política argentina, sometida a la aceleración de partículas del ciclotrón de la crisis. Un año aquí equivale a veinte de otros países, y en el medio tenemos otros actores que pueden influir decisivamente sobre la gobernabilidad.

Esos actores no votan ni se movilizan. Solo pulsan botones mirando la pantalla de Bloomberg que le cuánto gana y que riesgo tiene cada plaza financiera. Hablarle al mercado como si fuera el electorado es replicar la frase de Pugliese “les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”.

Y la cuestión obviamente no pasa por echar al Jefe de Gabinete Marcos Peña, que hoy forma con el Presidente una consustanciación que no se sabe ya quién es el fusible de quien. L jefe de Gabinete ha demostrado sus capacidades y él mismo puede liderar una etapa intermedia en donde la comunicación sirva a las necesidades de la gestión y no al revés. Y tiene un ejemplo muy cercano, que es cuando integraba el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, con Horacio Rodriguez Larreta como Jefe de Gabinete.

A tal punto puede liderar esta nueva etapa, que los dos controllers, Gustavo Lopetegui y Mario Quintana, trabajaron en realidad para Rodríguez Larreta y son profesionales de la gestión pública y no de la comunicación.

El problema básico es que cambiar de una lógica de la comunicación a una de gestión política significa el rediseño de una zona de confort presidencial a la que la tormenta cambiaria le voló el techo. Pero si seguramente el rediseño de la presidencia, no le sentará al Presidente tan bien como se sintió estos años, el tratar de seguir habitando en una toldería desvencijada puede ser todavía más incómodo y hasta peligroso.

Reducir Ministerios, jerarquizar la coalición y realizar acuerdos de gobernabilidad con la oposición es la fórmula de manual para enfrentar los problemas que tenemos hoy. Es el Presidente quien toma riesgos; pero tanto sus éxitos como sus fracasos tendrán inmediato efectos sobre todos nosotros. Ojala tenga suerte en su decisión.

 


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