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Otro destino

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Ferdinand Amunchásteguy. La Argentina se debate entre realidades inimaginables hace un tiempo atrás. Incendios descontrolados en varias provincias y ocupación de tierras en otras tantas, manifestaciones de violencia en el conurbano, un dólar incontrolado mientras agrupaciones sociales claman por asistencia ,  al tiempo que la curva de la pandemia, nos pone al tope de los países del mundo y la economía se detiene como nunca antes . En ese ambiente apocalíptico se desarrolla hoy la vida de los sufridos habitantes de estas tierras que, alguna vez, tuvo la sonoridad del mineral que se extraía de las entrañas de Potosí.

Casi es imposible encontrar un momento de paz en esta afiebrada realidad, todos son sobresaltos que se originan en una cotidianeidad lacerante que parece ensañarse con el hombre común. A diario, una nueva realidad nos demuestra que la anterior que conmovió nuestro ánimo, era infinitamente mejor que la que debemos enfrentar hoy y será mejor que la que nos acechara en el futuro inmediato. La impotencia nos enfrenta a situaciones insuperables en las que se degradan los derechos que nos dijeron que nos pertenecían y que nos diferenciaban de los habitantes de otros países que carecían de ese reconocimiento y no podían alcanzar el Estado de bienestar que nos estaba reservado a los argentinos.

El tiempo en que aquellas promesas eran ley, ha quedado atrás, y la progresividad de las ideas nos ha trasladado a un mundo oscuro, en el que debemos aprender los nuevos principios que nos culpan de generar el mal de otros, solo por no compartir con ellos la miseria.

Casi dogmáticamente insistimos en que hemos tocado fondo y que peor no podremos estar, sin embargo algo parecido pensaron alguna vez los griegos -donde nació la cultura-y desde hace 4000 años todos los años están un poco peor y cada vez más alejados de la primavera cultural que dominó el Mediterráneo. Se hace evidente que nuestro punto de partida se encuentra alejado de aquel que añoran los griegos, aunque nuestra caída parece tan interminable como inevitablemente  igual.

Se torna imperiosa una rápida reacción que se demora más allá de lo atendible, y que no debe detenerse en determinar cuál es el punto de partida, sino precisar a qué lugar pretendemos llegar. Las herramientas a la mano, resultan hallarse contenidas en nuestra Constitución la que, sin embargo, intenta ser reinterpretada para que nos conduzca a otros destinos distintos a los aparentes.

Cierto es que el mundo ha cambiado y también lo han hecho sus urgencias, pero lo esencial al individuo se mantiene incólume, su libertad, su capacidad de elección y el respeto por esos derechos que deben serle garantizados por el Estado, única razón de su existencia, ya que su función es administrar esos derechos de modo que ninguno avance sobre los demás.

En ese esquema, el Poder Judicial resulta inapreciable ya que en sus manos se encuentra el ejercicio de la fuerza para restablecer los derechos dañados. Es por eso que resulta inevitable verificar cuál es su situación para poder diagnosticar la suerte de las Instituciones. En ese sentido, su imagen entre la población se encuentra desvalorizada y ello atenta con el lugar que debe asignársele, sin embargo, en este tiempo debe decidir cuestiones que harán o no posible el país que muchos piensan haber perdido.

En tiempos en los que muchos intentan medrar con situaciones que afectan a todos -inflación, derecho de propiedad, derecho a una vivienda digna, trabajo, pobreza o indigencia- se hace necesario que la Magistratura sea la que imponga los parámetros que deben conformar la sociedad, y asegurar el camino de un país que aún busca su destino, tantas veces abandonado y tantas veces frustrado por las mezquinas apetencias de quienes debieron dirigirlo a su lugar.

No existen diversos órdenes, no existen relatos mejores o peores, solo una realidad en la que el desánimo se apodera de los argentinos y los conduce a la frustración, es el momento ineludible en el que deben unirse todas las fuerzas y avanzar en el único sentido en el que los países crecen, el de la unidad y el respeto, no solo por la diversidad de ideas o intereses, sino también por el común propósito de alcanzar el bienestar que nuestro preámbulo nos anunció.

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