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PANDORA: | 7miradas

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El Presidente se ha puesto al hombro no solo la delicada situación de la Argentina sino estimular a la sociedad cuando  amplios sectores padecen de cambios muy poco favorables para mantenerse en pie. Es gracias a su intervención pública incesante –dentro y fuera de las fronteras- y gracias por cierto a un optimismo arrollador y la confianza que infunde a sus fieles- que sobrevive la impresión colectiva que aún hay espacio para un segundo turno electoral.

A estas claras queda en claro que quienes intentaron la remoción de Marcos Peña como jefe de gabinete, atentaron sobre la estructura de mando de Mauricio Macri. Y queda también en claro no solo los vínculos políticos sino también los afectivos que unen a estas dos personas, lo cual produce sentimientos explícitos o soterrados en otros funcionarios apetentes.

Emilio Monzó propone mayor acercamientos con el peronismo, al que pertenece o perteneció. No ha sido una idea feliz de Monzó insinuar en algunos círculos la idea de pensar en otro candidato a la presidencia, dada la tensa situación que produzco la crisis en su momento más difícil. Es una especie real y que circuló con firmeza.

La elección presidencial de Brasil del domingo es motivo de particular atención internacional.  Tanto que ha merecido el siguiente diagnóstico de “The Economist”:

“Bolsonaro, promete la salvación pero en realidad es una amenaza para Brasil y América Latina”.

El artículo lo compara a Bolsanaro con el mandatario estadounidense Donald Trump y repasa el “desastroso” escenario económico de Brasil y la política que esta “podrida”, en alusión a los graves casos de corrupción  a partir del escándalo con la firma Odebrecht y las coimas en Petrobras.

La situación, según The Economist, puede empeorar si el 7 de octubre fuera electo el capitán retirado del Ejército Bolsonaro.

“Si la victoria fuera para Bolsonaro, un populista de derecha, Brasil corre el riesgo de estar peor”, observó. En una encuesta de Datafolha divulgada Bolsonaro apareció con el 28 por ciento de intención de voto, seguido por Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT, quien reúne el 16 por ciento. Ambos contendientes podrían pasar a la segunda vuelta electoral, que tendrá lugar el 28 de octubre. Tercero, con el 13 por ciento, se situó Ciro Gomes, del Partido Democrático Trabalhista (PDT).

El historia Loris Zanatta se refiere a una sombra de incertidumbre se proyecta sobre Brasil:

Nadie sabe con certeza cómo irán las elecciones brasileñas: quién ganará, quien irá al ballotage. Precisamente esta es la sombra que se proyecta sobre el futuro de Brasil: incertidumbre, imprevisibilidad y, por lo tanto, peligro. Pero hay otra sombra, si las encuestas son correctas: la polarización, inédita en estas dimensiones.

La corrupción y la recesión han marcado, después de una era de esplendor, el declive del largo ciclo de gobierno del PT; indignada, una parte de la población se ha volcado hacia Jair Bolsonaro un personaje impresentable y peligroso. Provocativo y violento, sexista y autoritario; alguien que hace que Donald Trump parezca un párroco apacible.

Bolsonaro y la dedicación de los jueces lograron resucitar al PT, que hasta entonces había recibido palizas a cada elección local: Fernando Haddad, el delfín de Lula, se diría hoy destinado a disputarle la presidencia; más: a soplársela. La victimización es un arma política poderosa y afilada.

Ocurre así que los dos candidatos más votados podrían ser aquellos que más rechazo suscitan entre los que no los votan. Es fácil imaginar que su lidia no terminará con las elecciones. Apretado entre ellos, el Brasil moderado se asemeja a un guiso sin sabor: miríadas de candidatos descoloridos y resignados que no han movido un dedo, no han inventado nada para desviar el tren que los llevaba al matadero. Triste debacle y oportunidad perdida por una clase dirigente incapaz de dirigir nada. Es un búmeran rotundo para quienes, hace dos años, centraron todo en el impeachment de Dilma Rousseff.

La naturaleza de la crisis brasileña y el peligro que se cierne tienen dos dimensiones. La primera es política e institucional: siempre, pero más aún desde el retorno a la democracia, Brasil tuvo un sistema político muy farragoso, fragmentado en una mirada de partidos y atravesando por fallas territoriales. Aunque esto hace que sea engorroso, opaco e ineficiente, hasta ahora ha prevalecido la fuerza centrípeta impresa por dos partidos: el PT en un lado y el PSDB en el otro. Su competencia empujó al grueso del electorado hacia el centro, fortaleciendo las instituciones y consolidando la democracia. Hoy ya no es así; rotos los terraplenes, los votantes brasileños están en salida libre y las fuerzas centrífugas amenazan hacer implosionar el sistema.

La segunda dimensión es la economía. Brasil sigue siendo el habitual gigante con pies de arcilla: su enésimo “milagro” ha durado poco,  es comparable al de los países asiáticos y se ha derrumbado como un castillo de naipes apenas terminado el auge de las materias primas, signo evidente de escasa sostenibilidad. El batacazo, se sabe, fue tremendo: profunda recesión, déficit fiscal por las nubes, inflación en ascenso peligroso. Y desconfianza, tanta desconfianza. Las causas son conocidas, las taras atávicas: proteccionismo, baja productividad, alta informalidad, débil mercado de capitales, grave desigualdad, administración pública pletórica, servicios públicos de mala calidad, etcétera. Como muchas economías latinoamericanas, la brasileña está atrapada en mil jaulas corporativas.”

Eduardo Fidanza opina con su habitual perspicacia en su habitual columna de “La Nación”. “En las contiendas electorales infundir miedo puede ser más efectivo que suscitar entusiasmo o esperanza. Este fue uno de los recursos de Cambiemos en la campaña presidencial de 2015, cuando solicitó el voto blandiendo una amenaza sombría: podemos terminar como Venezuela.”

 “Tres años después, ante una nueva crisis de indisimulable dureza, tal vez convenga revisar esa idea. El indagar dónde reside verdaderamente el miedo. Para hacerlos es preciso detenerse en un rasgo: la circunstancia que atraviesa el país tiene para muchos compatriotas de cierta edad el carácter del déjá vu. Este término alcanzó fama por describir un estado psicológico característico: la sensación que lo nuevo posee la reminiscencia de lo experimentado.”

“¿Qué tienen que ver Chávez o Maduro con esos fantasmas del pasado que regresan como una pesadilla ya sufrida, cuya reiteración parece inexorable? La verdad es que muy poco, porque esta desgracias no es extranjera, nos pertenece hasta la médula como otros rasgos elementales que definen la argentinidad. El miedo vuelve semejando un bumerán, bajo el signo de la compulsión repetitiva que enseño el psicoanálisis. No fuimos Venezuela, lamentablemente fuimos otra vez la Argentina.”

 “Por eso, no debemos temer a Chávez sino a esto: una sociedad incapaz de resolver sus déficits estructurales y diseñar un proyecto de vida en común. Aquellas insuficiencias que la llevan cada 10 a 12 años a tropezar con la misma piedra, condenando a su gente la pobreza y la decadencia.

 “Ese volver a ser “la Argentina” condensa el lado sombrío de esta república, cuyas elites se niegan a iluminar: desacuerdo para establecer políticas publicas perdurables, indefinición del perfil productivo, debilidad institucional, desigualdad social, deficiente administración de justicia, falta de inversión en educación y salud, impunidad ante la corrupción y los abusos del poder.”

“La actual crisis posee una novedad, más allá de déjá vu: el descubrimiento de enormes casos de corrupción que involucran a las altas esferas, en el plano público y privado. Es la inmoralidad mayor de la que hablaba Charles Wright Mills: la de los poderosos que estafan y degradan al pueblo, valiéndose de su posición dominante.”

“Esa complicidad del poder, a no engañarse, está más allá de la disputa entre populistas y antiperonistas, porque casi todos están involucrados, a partir de un hecho estructural: poseen supremacía e impunidad, provengan de las empresas, los sindicatos, la política, el periodismo o el mundo del espectáculo. La lectura escalofriante de La Raíz (de todos los males), el último libro de Hugo Alconada Mon, arroja este veredicto inapelable, que torna banal que los de arriba se rasguen las vestiduras o intenten tirar la primera piedra.”

 “¿Podemos dejar de ser la Argentina, en el sentido utilizado aquí? ¿Existen incentivos para que las elites se purguen y alcancen acuerdos que impidan la crisis periódica? Respecto de la corrupción es crucial la acción de la Justicia, una institución que está desprestigiada. No se pueden depositar en ella grandes esperanzas, pero tampoco descartar someras expectativas. Fue permeable a la presión social y mediática, desatando mega causas que salpican a todos y adquieren una dinámica difícil de controlar.”

 “Por último, resta saber si existe voluntad para alcanzar acuerdos políticos. Es la dificultad más ardua de horadar en este país, donde cada sector cree tener capacidad suficiente para arreglárselas solo. Tal vez la enormidad de la corrupción y la severidad del ajuste, que podrían precipitar un nuevo y letal “que se vayan todos”, los haga al fin reflexionar.

 “Un país no es una empresa”. Hace unos años, Paul Krugman tituló de esa forma un artículo no tan difundido en la Harvard Business Review. Lo explicaba de este modo: “Así como lo que los estudiantes aprenden en las clases de economía no les servirá para echar a andar un negocio, tampoco lo que los empresarios aprenden operando una empresa les ayudará en formular políticas económicas.”

Para Krugman, el trabajo de un trader de un fondo de inversión consiste en ganar dinero, no en crear empleo. Ni siquiera en desarrollar empresas duraderas, sino en obtener el máximo rendimiento posible para sus inversores. Su teoría es que las experiencias del mundo privado no tienen por qué servir en la esfera pública y, muchas veces, representan contraproducentes. El funcionario necesita una formación especial.

Una encuesta realizada por Poliarquía y el centro Woodrow Wilson revelo que el reciente paquete de ayuda económica aprobado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) no mejoró la imagen que los argentinos tienen del organismo internacional.

La encuesta nacional, que fue realizada entre el 3 y el 15 de agosto pasado, reveló que el 56% de los argentinos tiene una imagen negativa del FMI, siendo así el organismo internacional peor evaluado entre los cinco que fueron incluidos en la encuesta. De hecho, la imagen negativa del FMI triplica la del Mercosur y las Naciones Unidas, y duplica la de la Organización de Estados Americanos (OEA).

“Las medidas de austeridad fiscal adoptadas por el gobierno de Macri a instancias del FMI van a seguir debilitando la imagen del organismo en la opinión pública”. Pero hay una fuerte polarización en la percepción de acuerdo su se trata de un partidario del oficialismo de un opositor. Entre los primeros hay un 67% con una imagen positiva del FMI, pero entre los segundos desciende a 18%.

Poco hay para señalar, respecto de aquello que pueda haber ocurrido en el ámbito judicial, que no haya sido ya objeto de comentario. Las continuas apariciones de ex Funcionarios o personajes próximos a ellos en las escalinatas de Comodoro Py –si es que no ingresan por los garajes en peores condiciones- se han convertido en tan frecuentes, que han dejado de justificar opiniones a su respecto.

La mediatización de la Justicia ha causado esta alteración de la realidad, al punto que ya no es importante lo que ocurre en los expedientes, sino aquello que opinan quienes comunican su realidad al resto de la sociedad. De este modo, sin duda, la brecha que separa a la sociedad de aquellos que administran justicia es, y será,  cada vez   mayor.

Obviamente que la situación no pasa desapercibida a los actores de la situación, circunstancia que nos impone advertir que posiblemente exista entre ellos la discusión en torno a un posible cambio de paradigma, distinto hasta el que ahora se ha utilizado para establecer cuando, un pronunciamiento,  es justo o no.

Se ha insistido en el último tiempo, en la conveniencia de que exista una suerte de evaluación previa a los pronunciamientos definitivos, para determinar cuál resultaría la repercusión económica    de los mismos. Esa dependencia que ya existe en el ámbito de la CSJN aparece alejada de cualquier ideal de justicia convencional.

Ello es así, pues , o se subordina la concreción de la justicia a la existencia de un costo económico o, por el contrario, la Justicia se subordina a la economía y solo aquellas soluciones que se presenten como “baratas” podrán tener andamiento, sin importar cuál  es el grado de justa reparación que contenga el pronunciamiento.

La discusión no resulta menor, pues, aunque en apariencia pueden minimizarse sus consecuencias, dicha posición encierra un cambio en la concepción del Estado que, en vez de resultar una herramienta para asegurar el bienestar de sus miembros,  pasa a convertirse en un Poder omnímodo valorado más que sus miembros.

La casi totalidad de la doctrina asume que la búsqueda de la Justicia –prioritaria para cualquier sociedad- nada tiene que ver con los costos necesarios para alcanzarla. Situación que lentamente parece irse modificando en el criterio de algunos comunicadores que intentan instalar esa posición en la sociedad.

Lo cierto y concreto es que, como lo hemos señalado ya más de una vez, la influencia de los medios sobre la sociedad, genera en ella criterios y opiniones que no siempre deben ser compartidos,  sea por que responden a intereses diversos propios de la necesidad periodística,  o consecuencia de la decisión de instalar un determinado tema.

Ejemplo de esas actividades pueden tomarse de las denuncias, ya cotidianas, de los abusos de género.  La trascendencia periodística de las mismas bloquea la decisión posterior de la Justicia, que, en casi todos los casos resulta ignorada por la población – no así la denuncia que trasciende y repercute sobre el presunto victimario- ,  el paso de los lustros entre el hecho y la denuncia recibe las explicaciones del caso y el estigma se mantiene inmutable mientras el periodismo decida hacerlo.

Es esto una crítica al periodismo? Es acaso la búsqueda de un limite a la libertad de expresión?, Obviamente   que no, solo es un llamado a la responsabilidad de aquellos que gestionan medios de comunicación para no generar situaciones gravosas que solo dejan en la sociedad,  la sensación desagradable de haber sido defraudada por aquellos que debieran protegerla.


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