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Papel y tijera

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No podía saberlo entonces, pero mi infancia se diferenció de manera drástica de la que solo 10 años antes habían vivido otros niños por la abundancia de papel: papel para manualidades de todo tipo (charol, pinocho, seda), cartulina para ejercicios, cuadernos para cada asignatura y libretitas muy lindas sin más función que la estética. Pensaba, porque se conservaban los dibujos y los trabajos manuales más destacados de los cursos anteriores, que aquello siempre había sido así, aunque observaba, con cierto recelo, cómo las generaciones posteriores eran enterradas en caprichos aún más deseables, en la infinita promesa que las papelerías, cuevas de Alí Babá de material de escritorio, ofrecían.

Algo parecido me ocurrió con la ropa cuando llegué a la adolescencia: el prêt-à-porter inicial dejó espacio a la ropa de bajo, bajísimo precio, a los zapatos imposibles, a la moda vertiginosa. De pronto éramos ricos, estrenábamos ropa cada semana, comprábamos a diario. Fue a través de la historia de la moda como recordé que la literatura se encontraba plagada de princesas que hilaban y reinas que tejían mortajas, de trajes del emperador alimentados por la vanidad y la adulación.

Llego ahora a un tiempo en el que vivo rodeada de papel y prendas, y me encuentro con que, como medida para reducir los residuos del sector textil, la UE pretende que reciclemos y reutilicemos la ropa, como nos hemos acostumbrado ya a hacer con el papel. La tijera que convertía los vaqueros en pantalones cortos, y luego estos en paños de limpieza no llega más allá de esos harapos: las prendas donadas que se nos aseguraba que otros países reutilizaban se convertían, en realidad, en desechos que esos mismos lugares recibían a cambio de una tasa para acumular más y más basura.

Y ahora, tras años de creernos ricos, nos toca sabernos de nuevo pobres.


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