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PENSAR LA ECONOMÍA ARGENTINA | 7miradas

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Por Matías Kulfas* y Guido Zack

 

En 2018 se produjo un quiebre significativo en diversos aspectos del funcionamiento de la economía argentina. En el primer trimestre del año, las economía crecía y los pronósticos de  a mayor  parte de las consultoras aseguraban que la expansión continuaría, al menos hasta después de las elecciones presidenciales de 2019. Todo esto es un escenario en el cual los desequilibrios en las cuentas y fiscales eran cada vez mayores, particularmente en el caso del sector extremo. A pesar de este moderado optimismo, en abril se inició una corrida cambiaria que duplico el valor del tipo de cambio nominal en muy poco tiempo. Se esperaba que el 2018 fuera el primer año par con crecimiento económico desde 2010 pero lo más probable es que 2019 sea el primer año impar con variación negativa del nivel de actividad desde 2009.

Históricamente, el país ha sufrido los conocidos problema de restricción externa.  Las influencias en su estructura productiva generan una tendencia al déficit comercial que, en diferentes momentos, se financian con deuda externa, lo cual lleva aun elevado déficit de cuenta corriente.

Mientras este déficit pueda financiarse, ya sea con elevados precios de las exportaciones, reservas internacionales y/o endeudamiento, la economía mantiene su senda de expansión. Mientras tanto, la inversión extranjera directa (IED) podría jugar un papel para fomentar y diversificar la canasta exportadora, pero –antes bien- se  observa una mayor orientación al aprovechamiento de ventajas comparativas estadísticas y el mercado interno. Políticas como el régimen de metas de inflación, que se intentó implementar entre 2016 y 2018, no apuntan a resolver el problema de fondo, con lo cual la economía sigue dependiendo de las condiciones externas. La distribución de ingreso se ve afectada, al punto de sumergir a buena parte de la población en la pobreza y la indigencia.

Los sucesos de 2018 no escapan a esta lógica. Algunas particularidades que vale la pena mencionar. El acuerdo con el FMI muy posiblemente va a condicionar la toma de decisiones en materia de políticas públicas por muchos años. En un escenario con precios de las exportaciones en niveles más bajos respecto de la primera década del siglo, bajas reservas internacionales y una deuda externa de magnitud considerable, se reducen las opciones para financiar el desequilibrio de la cuenta corriente. En los años próximos es probable que el crecimiento del nivel de actividad sea muy moderado y el tipo de cambio real bastante más alto que en los años previos y en la década de 1990.

Esta nueva configuración de los precios relativos de la economía local implica dos cosas: un menor poder adquisitivo de los estratos de ingresos bajos y medios de la población y menor nivel de costos en dólares en comparación con el promedio del periodo 1993-2017, a excepción de los años posteriormente a la gran devaluación de 2002. Si Argentina puede (o no) avanzar hacia un proceso- lento pero continuo- de crecimiento, dependerá del manejo de la macroeconomía y de las políticas de desarrollo económico.

Si estas dos dimensiones de análisis permanecieron relativamente escindidas, desde fines del siglo pasado han sido cada vez más frecuentes los abordajes que las integran. Estos estudios muestran que los procesos de desarrollo son el resultado de una articulación entre gestión macroeconómica y políticas productivas y científico-tecnológicas que  incorporen crecientemente el conocimiento en los métodos productivos. Las experiencias de desarrollo muestran que es difícil implementar con éxito políticas industriales y tecnológicas en un escenario macroeconomía que no genere condiciones para estimular inversión y crecimiento. Una macroeconomía que estimule la invasión a través de señales de precios relativos y garantice equilibrios a largo plazos pueda, por si sola, genera ese proceso de cambio estructural. Ante la falta de estimulaciones específicas y políticas innovadoras, es probable que un crecimiento de este tipo reproduzca la estructura productiva y genere desequilibrios que limiten crecimiento y mejora en las condiciones sociales.

Se discute sobre las características que debe tener ese marco de políticas macroeconómicas. Algunos enfoques marcan la necesidad de generar condiciones macroeconómicas de estabilidad como marco general para el crecimiento a largo plazo. Reducir la volatilidad  es un aspecto de gran relevancia al momento de pensar las políticas macroeconómicas, pero deben tenerse en cuenta al menos dos cuestiones adicionales que están muy presentes en el caso argentino. Como se ha dicho, las economías en desarrollo presentan desequilibrios estructurales que se manifiestan  en el sector externo y que reflejan, en gran medida, aspectos de sus particularidades en la estructura productiva que, si no se corrigen, afectan las condiciones de estabilidad. En segundo lugar, en ocasiones, el endurecimiento en las políticas de corto plazo tendientes a generar estabilidad termina afectando el crecimiento económico y el empleo, limitando la inversión y profundizando así  los desequilibrios estructurales.

Las políticas macroeconómicas deben entonces acompañar procesos de cambio estructural, ofreciendo adecuados incentivos para la inversión y el crecimiento. No implica resignar la búsqueda de la estabilidad a corto plazo y la reducción de la volatilidad, sino diseñar un sendero para que esa búsqueda sea compatible en el mediano y largo plazo, Ocampo (2011) señala al menos tres puntos:

  1. a) Una política fiscal contra cíclica, que permite morigerar los efectos negativos del ciclo económica y generar ahorros o reducción del déficit fiscal en periodo de crecimiento
  2. b) Una política financiera orientada al desarrollo;
  3. c) Una política cambiaria que evite la apreciación del tipo de cambio real.

 

En relación con el primer punto (la mejora del resultado fiscal en las fases ascendentes del ciclo económico), si bien crecimiento de corto plazo, también permite la implementación de políticas fiscales expansivas durante la recesión, sin necesidad de establecer una senda de endeudamiento  público que luego se haga difícil de sostener, y sin condicionar la política monetaria hacia incrementos en la oferta de dinero que se traduzcan en demanda de divisas.

En cuanto al segundo punto, una política financiera orientada al desarrollo significa varias cosas complementarias. Por el lado de la demanda de fondos prestables, asegurar la disponibilidad de crédito a costos reducidos para todos aquellos proyectos rentables, tanto en actividades  tradicionales como no tradicionales. Para las actividades consideradas estratégicas, también significa una política de incentivos adicionales a través de las tasas de interés, subsidios o desgravaciones fiscales y un papel para la banca de desarrollo. Por el lado de la oferta de fondos prestables, el reducido costo de los créditos en ningún caso debería socavar la actividad financiera en sí, de forma de permitir su permanencia en el tiempo. Por otra lado evitar el descalce de monedas, es decir, fomentar el crédito en moneda local, al menos, en las actividades no transables.

Por último,  respecto del tercer punto, la apreciación cambiaria no solo desincentiva el desarrollo de determinados sectores transables deseables para la diversificación productiva y exportadora; también genera expectativas de devaluación, lo que es costoso en términos de tasa de interés (lo cual afecta el punto), divisas y, peor aún, nivel de actividad en caso de la devaluación finalmente ocurra. Para ello es fundamental mantener un nivel de inflación relativamente reducido, con el objeto de evitar las apreciaciones reales como intento de moderar el incremento de precios.

Este breve repaso permite identificar numerosos factores que –con escasas excepciones- la Argentina no ha cumplido, al menos, desde 1975. En lugar, el resultado fiscal ha tendido a deteriorarse con independencia de la fase del ciclo económico, hasta alcanzar el déficit del segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner y del gobierno de Mauricio Macri. Tanto el financiamiento a través del mercado de capitales como por la vía monetaria tiene sus costos: un incremento del endeudamiento y de los pagos de intereses resultantes, en el primer caso; y una mayor presión sobre el tipo de cambio y las reservas internacionales, en el otro. En segundo lugar, la política de financiamiento del último gobierno de Fernández de Kirchner se basó en tasas bajas (incluso negativas en términos reales) lo que, por un lado, podía fomentar la inversión pero, por otro, incentiva la dolarización de las carteras. Asimismo, la inversión tampoco aumentó de forma significativa dada la incertidumbre sobre la demanda. Si bien la administración de Cambiemos incrementó las tasas hasta hacerlas positivas, su objetivo no fue tanto el financiamiento de inversiones productivas, sino evitar una mayor devaluación nominal que acelera el proceso inflacionario. Estos aspectos influyeron fuertemente sobre el tipo de cambio, se sumó presión de la política fiscal, monetaria y financiera, lo cual generó una clara tendencia a la depreciación.

Hacíamos referencia al efecto inflacionario que generan los procesos devaluatorios en la Argentina. El segundo capítulo del libro, a cargo de Zack, Montané y Kulfas, aborda esta cuestión, analizando diferentes enfoques sobre el tema que combinan el componente inercial, la puja distributiva y los efectos inflacionarios de los saltos en el tipo de cambio nominal. El capítulo discute algunas visiones simplificadoras según las cuales el problema puede reducirse a un fenómeno pura y exclusivamente monetario, como otras miradas que – en sentido opuesto- plantean la posibilidad de emitir moneda sin efecto inflacionario alguno en cualquier circunstancia.

Este volumen intenta brindar elementos para pensar estrategias macroeconómicas consistentes que permitan resolver y afrontar los problemas del subdesarrollo de nuestra estructura productiva. No habrá estrategia macroeconómica sustentable si no se estimula un cambio estructural en nuestros métodos productivos y en la diversificación sectorial. Difícilmente se podrá avanzar con buenos programas de ciencia, tecnología, innovación y diversificación productiva si la economía debe afrontar crisis recurrentes que afecten los presupuestos públicos, la disponibilidad de divisas y generen saltos significativos en los precios.

Cada texto apunta a una agenda común de investigaciones macroeconómicas para el desarrollo, que tuvo su inicio en 2016 en la Escuela de Economías y Negocios de la Unsam.

*Matías Kulfas es uno de los tres voceros de Alberto Fernández, junto a Cecilia Todesca y Fernando Peirano. Inició su carrera en la administración pública en el Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos de la Nación.

Guido Zack es profesor e investigador del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de Buenos Aires.


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