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Por qué la crisis con Marruecos se va a repetir en el futuro aunque el Gobierno ahora la solucione

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España vive ahora mismo con Marruecos la que puede ser la mayor crisis diplomática de la historia reciente. La acogida del líder del Frente Polisario, la posición sobre el Sáhara o las malas relaciones que se dan actualmente entre gobiernos mantendrán la mecha encendida incluso aunque a corto plazo Moncloa pueda aplacar los ánimos, algo que de momento no ha conseguido. A esto hay que añadir también la delicada posición de la UE, donde no hay acuerdo para la gestión migratoria por mucho que el debate se quiera poner sobre la mesa.

Han sido semanas muy complejas en la relación entre España y Marruecos. El pasado 18 de abril se conoció la noticia de que Brahim Ghali, cabeza visible del Frente Polisario y considerado como “el mayor enemigo” del país vecino estaba ingreso con Covid en Logroño bajo una identidad falsa. Marruecos respondió soltando amarras para que llegasen más de 7.000 inmigrantes a las costas de Ceuta. Desde entonces, aunque el flujo de personas se ha calmado, la tensión sigue latente.

Malas relaciones entre países

La crisis diplomática ha sido la gota que ha colmado el vaso después de más de tres años de idas y venidas en las relaciones España-Marruecos. Los gobiernos de ambos países no encajan. Pedro Sánchez decidió romper la norma no escrita de visitar el país vecino en su primer viaje como presidente, algo que si cumplieron por ejemplo tanto Rajoy como Zapatero. Eso ya empezó a encender la mecha, que siguió avivándose tras el reconocimiento del entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de la soberanía marroquí sobre el Sáhara.

Más allá de esto, en enero de 2020 el Parlamento marroquí ya lanzó un pulso a España por la cuestión pesquera. Aprobó dos leyes para declarar su soberanía sobre las aguas del Sáhara Occidental y ampliar su demarcación oceánica, hasta cerca de las Canarias. El Gobierno español en ese momento pasó de puntillas por el asunto, pero la cuerda se siguió tensando.

Ceuta y Melilla también forman parte del ‘conflicto’, aunque Marruecos no lo reivindica abiertamente, pero sí deja pistas de que quiere la soberanía de las ciudades autónomas. Además, en Marruecos hay un importante malestar por “el acercamiento reciente de España hacia Argelia, su gran competidor en la región”, dado que “el Gobierno de Pedro Sánchez está intentando equilibrar sus alianzas en la zona” y que intenta “no solo centrarse en sus vínculos con Marruecos, sino también potenciar su relación con Argelia”, explican expertos consultados por 20minutos.

Esta crisis diplomática ha explotado por la cuestión del líder del Frente Polisario, pero viene fraguándose desde hace tiempo. Las relaciones entre países se han erosionado en los últimos años y ahora España está pagando los platos rotos mientras Marruecos ejerce presión a partir de uno de los asuntos en los que tiene la sartén por el mango: la gestión migratoria.

La inmigración como “chantaje”

“No es aceptable que se ataquen fronteras por discrepancias en política exterior”. Esa frase de Pedro Sánchez para reprochar a Marruecos su actitud sirve para ver a qué punto llegó la situación. El país vecino decidió “atacar” a España y lo hizo utilizando la inmigración como chantaje, porque en ese sentido Marruecos tiene la pelota en su tejado: es el Gobierno marroquí es el que decide si cumple o no con su parte en la gestión migratoria, igual que en la lucha contra el terrorismo o contra el tráfico de drogas, que también son dos áreas claves de cooperación.

A las imágenes de la Policía marroquí abriendo literalmente la puerta del Tarajal a los migrantes se añaden los casos de menores empujados a cruzar contra su voluntad y con el desconocimiento de sus familias. Al fin y al cabo, Marruecos ha podido utilizar la inmigración para presionar a España, tal como apuntaron los expertos. Dieron un paso más en su respuesta a las decisiones del Gobierno español que no gustaron mucho en Rabat.

El problema de la externalización de las fronteras de la UE

La Unión Europea no tiene competencias en política exterior, que depende de los 27 Estados miembros. Esto ha hecho que la UE haya tenido que externalizar la gestión de esas fronteras en terceros países. Marruecos es un ejemplo, pero otro mucho más claro es el de Turquía, con quien se firmó en marzo de 2016 un acuerdo para controla la llegada de refugiados.

En este sentido, la UE pactó pagar al país otomano y facilitar el proceso de visados para ciudadanos turcos a cambio de que Turquía acogiera a los refugiados iban llegando, de tal manera que se impidiera que cruzaran a Grecia. El territorio heleno fue el que más presión migratoria sufrió durante el año 2015. El acuerdo con Turquía redujo la llegada de migrantes a la UE, pero demostró hasta qué punto la Unión no depende de sí misma para gestionar la cuestión migratoria. De hecho, en la visita de Ursula von der Leyen y Charles Michel a Ankara el pasado mes de abril se puso sobre la mesa la opción de renovar el acuerdo, con nuevas condiciones para suavizar la posición de Erdogan.

La política migratoria común, muy lejos

La solución más efectiva y a la vez menos viable sería que los Estados miembros alcanzaran un pacto común. Muchas son las voces que lo han pedido en plena crisis con Marruecos, entre ellas la del comisario europeo de Migraciones, Margaritis Schinas. En cambio, esa opción está muy lejos por dos motivos fundamentales: los Estados miembros que no son fronterizos no soportan presión migratoria y además se exige una mayoría que ahora no existe para aprobar ese acuerdo.

El precedente más cercano se dio cuando en 2015 el reparto por cuotas de 120.000 asilados procedentes de los territorios con más llegadas -sobre todo Grecia e Italia— en el plazo de dos años. Entonces Hungría, República Checa, Eslovaquia y Rumania votaron en contra y el entonces presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, mostró sus reticencias al plan precisamente porque España estaba en una situación compleja al ser Estado fronterizo.

Desde entonces se han dado varias propuestas para avanzar en una política migratoria común, pero cuando se llega a las cuestiones de fondo, sobre todo si se habla de cuotas, las conversaciones se bloquean. No todos los países entiende la inmigración desde el mismo punto de vista y eso, al fin y al cabo, impide cualquier acuerdo.

Dinamarca, Austria, Hungría o Polonia: los versos sueltos antinmigración

Hay algunos Estados miembros de la UE que lideran ese bloque ‘antiinmigración’. A los casos ya conocidos de Hungría y Polonia, que han ido girando en los últimos años hacia la ultraderecha, hay que sumar a Austria y también a Dinamarca. El Gobierno danés, de hecho, aprobó la pasada semana una ley para “enviar” a terceros países a los solicitantes de asilo que lleguen mientras se resuelve su caso. Queda la duda de si esa norma, que la Comisión Europea ya ha criticado, va en contra y hasta qué punto del Derecho internacional.


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