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¿Puede la guerra de Gaza encender Oriente Medio?

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Transcurridos tres meses desde el inicio de la guerra parece estar generándose un creciente pesimismo sobre la posibilidad de que desborde las fronteras de la Franja de Gaza y el estado de Israel. Irán es la larga mano que mueve los hilos del llamado Eje de Resistencia, una tupida red de relaciones e intereses que se ha ido tejiendo desde el país de los ayatolás mediante un brazo de su guardia revolucionaria -la fuerza Quds- especializado en la acción exterior y guerra asimétrica.

El Eje opera a través de movimientos chiitas de Yemen (houtíes), Iraq, Líbano (hezbollah) y Siria, además de movimientos terroristas como Hamás y la Jihad Islámica Palestina (JIP) que, aunque suníes, coinciden con los demás en el objetivo común de la destrucción de Israel. Irán asesora e impulsa mediante efectivos desplegados en los respectivos países, proporciona apoyo económico y ayuda militar que incluye desde drones a aparatos de comunicaciones, misiles balísticos y de crucero, y cohetes, que son los que alcanzan regularmente territorio de Israel o interrumpen el tráfico marítimo que accede al mar Rojo a través del estrecho de Bab el Mandeb.

Israel afirma estar combatiendo simultáneamente en siete frentes distintos: la Franja de Gaza, Cisjordania, la frontera sur del Líbano, los altos del Golán con Siria, Yemen con los hutíes, Iraq con las milicias chiitas e Irán y su fuerza Quds. El más complejo, costoso y sangriento de esos enfrentamientos se da en la Franja, donde los objetivos que persigue pueden no llegar a conseguirse jamás. La contestación contra Netanyahu crece en el interior de Israel, donde se pide abiertamente su dimisión.

La condena al desproporcionado uso de la fuerza es generalizada en el ámbito exterior, al igual que la percepción de la necesidad de un cambio de gobierno en Israel para poder iniciar un proceso de paz. De una u otra forma, la permanencia en el poder de Netanyahu aparece vinculada a la duración de la guerra y su resultado final, siendo consciente de que el momento de rendir cuentas llegará antes que después.

Estados Unidos, a través de su despliegue naval disuasorio, su enviado especial para la zona y su secretario de Estado, está redoblando los esfuerzos por contener el conflicto en sus actuales límites, evitando que impacte en los países próximos y en el vital tráfico marítimo que discurre por el mar Rojo y por el canal de Suez.

La Unión Europea, a través de su alto representante, está igualmente promoviendo una política común con los gobiernos de la zona para que se logre un alto el fuego y una progresiva normalización. Es obvio que la actual situación no beneficia a nadie.

Egipto recibe de sus derechos de paso por el canal de Suez el 2% de su PIB; las empresas navieras añaden a la incertidumbre sobre las condiciones de seguridad de la navegación y los riesgos asociados el hecho de tener que evitar la zona, alargar los periodos de entrega y aumentar los costes, que acaban repercutiendo en el conjunto de la actividad económica global.

Recordemos la crisis que se produjo en 2021 cuando el portacontenedores Ever Given se quedó embarrancado en medio del canal de Suez interrumpiendo el tráfico marítimo durante ocho días. Visto el mapa, ¿quién podría estar interesado en extender el conflicto a la región? Aparentemente, únicamente Hamás saldría beneficiado de un escenario de «cuanto peor, mejor».

Líbano sería un perjudicado claro por cuanto su estabilidad y viabilidad están actualmente en precario; Siria sigue teniendo una guerra interna a la que atender; Iraq bastante tiene con intentar equilibrar las tensiones internas entre kurdos, chiitas y sunitas; Egipto necesita estabilidad en el mar Rojo; Jordania no tiene ningún interés en que su principal industria, el turismo, se vea amenazada por un clima de inestabilidad; el conjunto de las monarquías del Golfo no quiere, bajo ningún concepto, que un conflicto armado ponga en riesgo su estabilidad y pingües beneficios que obtienen de su comercio internacional de hidrocarburos.

Irán es un actor relevante en todo lo que ocurre en Oriente Medio, aunque sin pertenecer geográficamente a ese entorno. Disputa la hegemonía regional a Turquía y Arabia Saudí, y lo hace de una forma muy asertiva, aunque encubierta, de tal forma que las acciones se desarrollan siempre a través de proxies, sin que puedan atribuírsele de forma directa e incontestable las consecuencias de aquellas.

Pero Irán no quiere aparecer como un adversario directo por cuanto tendría mucho más que perder que ganar. Quiere ser parte interesada y relevante, no potencia a batir en un conflicto abierto. Así que no parece que quiera escalar unilateralmente, aunque sí seguir presente a través de sus aliados.

Por último, Israel. No puede aparecer como agresor más allá de lo que ya es considerado. No tomará la iniciativa en una escalada del conflicto salvo que vea su supervivencia amenazada. No cabe ser muy optimista respecto a la resolución de la guerra, pero no conviene caer en el pesimismo y el desánimo porque, salvo comportamiento irracional o error mayúsculo de cálculo, nadie saldría beneficiado de una generalización del conflicto.


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