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RADIOGRAFÍA DE LA UE. | 7miradas

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La Unión Europea (UE) fue creciendo en oleadas sucesivas y por diferentes razones, democratizando y llevando al desarrollo a sus nuevos miembros, siempre con la idea de que la prosperidad y los valores compartidos mejorarían la seguridad de todos en el bloque regional. Hoy, esa expansión parece asfixiarlo con el peso de sus propios ideales y ambiciones.

Entre los europeos, la esperanza compite con la desilusión. El balance de esa ecuación casi siempre depende de cada caso: para algunos, la idea de una Europa unida abrió la puerta a la prosperidad. Para otros, dejó el camino libre para el ingreso de amenazas indeseadas, bajo la forma de nuevos Estados, nuevos valores y nuevos pueblos.

Pero en la mayoría de los casos la UE se ha convertido en la depositaria de grandes problemas abstractos que para la gente amenazan su forma de vida: en Italia, la inmigración; en Francia, el capitalismo; en Polonia, los valores liberales y laicos.

El resultado de las elecciones europeas dejó un campo totalmente fragmentado y poco claro para la conformación de la próxima Eurocámara. Cerca de 200 millones de europeos dieron su veredicto en las urnas y dejaron un parlamento sin mayorías y con los dos bloques históricos totalmente debilitados. Tanto conservadores (182 escaños) como socialdemócratas (147) deberán realizar alianzas para lograr las 376 sillas necesarias. Incluso la sumatoria de ambos no les alcanza (329).

Los resultados de las elecciones europeas muestran que se profundiza la tendencia a romper con el tradicional bipartidismo que muestra una dispersión que da cuenta de la desorientación de la política del viejo continente.

En Alemania los verdes obtuvieron un 20% y la ultraderecha otro 10%. Y aunque los conservadores ganaron, lograron un 8% menos. Los socialdemócratas en tanto, salieron terceros con un 15%.

En Francia la situación fue más explícita. El Frente Nacional de Marine Le Pen logró un 25% contra un 23% del centrista Macrón. Los verdes llegaron terceros con un 13%. Los históricos Republicanos y Socialistas lograron el 8% y el 6% respectivamente.

En Italia, la extrema derecha con la Liga Norte también ganó con un 34% y dejó a los socialdemócratas en segundo lugar con un 22%. Los antisistema de M5E quedaron terceros con un 17%.

En España, el escenario está fragmentado en cuatro espacios desde hace varias elecciones. La victoria de los socialistas en el gobierno les dan algo de aire, pero no aleja la perspectiva de negociaciones permanentes entre sectores que tienen muchas dificultades para encontrarse. El PSOE sacó un 33%, los populares un 20%, Ciudadanos un 12% y un 10% la coalición Podemos-Izquierda Unida.

En Portugal, en tanto, las cosas quedaron algo más claras con el bipartidismo en pie. Allí los socialistas en el poder lograron un triunfo importante con un 33% de los votos, en tanto que los conservadores del PSD llegaron a un 22%. Aun así entre ambos espacios llegaron sólo a un 55% de las preferencias.

En Grecia, en tanto, el partido de izquierda Syriza que surgió con la crisis de los últimos años sacó sólo el 23,7% y fue derrotado por la derecha de Nueva Democracia que llegó al 33,3%.

Por el momento, en efecto, las expresiones más radicales del auge de los nacionalismos dan incluso más bien la imagen inversa. Lejos de toda pulsión guerrera y de las reivindicaciones territoriales, apelan sobre todo al cierre de las naciones sobre sí mismas y al desmantelamiento de Europa como unión. Sueñan con barreras, con el repliegue sobre sí mismo y no con la expansión. Las alianzas que se esbozan o se preparan entre ellas así como con otras, la Rusia de Putin por ejemplo, no tienen dimensión militar si bien pueden tener implicaciones geopolíticas e intentar influir sobre los grandes equilibrios del mundo actual. Y cuando una región se caracteriza por fuertes inclinaciones independentistas, en Escocia y sobre todo en el caso de Catalunya, ello no conlleva contemplar la vía de la lucha armada.

Los nacionalistas de entre guerras se desarrollaron sobre el fondo de una importante crisis económica y en la actualidad en la debacle de otras fuerzas políticas, sobre todo en la izquierda. La fuente esencial de su exacerbamiento se encontraba en el fracaso de los agentes encargados de alentar los dispositivos que habrían debido asegurar una paz duradera después de la Primera Guerra Mundial. Y se ha manifestado constante mente por tentaciones belicosas y reivindicaciones territoriales étnicas.

En la actualidad, los llamamientos identitarios se dirigen sobre todo al rechazo de los inmigrantes y a llamar al orden al islam; no quieren dedicarse a desplazar las fronteras en Europa. Afrontan más bien desafíos en primer lugar internos y se asocian a demandas sociales internas, impulsadas por ejemplo por personas en crisis o en dificultades, en un marco de sentimientos de inseguridad y de miedos en torno a la integridad cultural de la nación, con mayor razón en el sentido de que tales llamamientos no se conciben en términos de la identidad cultural de la nación ni tampoco en términos del peso e influencia del país en cuestión en el mundo o en Europa. Y cuando así se conciben, es de modo defensivo, para proteger a la comunidad nacional de lo que procede de fuera, y no de modo ofensivo o agresivo.


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