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República de la virtud o república del interés

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«Mi querido Alberdi. Su Constitución es un monumento: es usted el legislador del buen sentido bajo las formas de la ciencia. Su Constitución es nuestra bandera, nuestro símbolo. Así lo toma hoy la República Argentina. Yo creo que su libro Bases (…) va a ser el Decálogo Argentino: la bandera de todos los hombres de corazón”

La nota, fechada en Yungay el 16 de septiembre de 1852, está firmada por Domingo F. Sarmiento, que había regresado a Chile en junio y no podía saber todavía de la revolución porteña del día 11 que plasmaba la secesión de Buenos Aires respecto de la Confederación Argentina.

Elogio temprano, considera, además, que el abogado debió obrar con premura para responder a la urgencia del momento: “Mi libro de las Bases es una obra de acción que, aunque pensada con reposo, fue escrita velozmente para alcanzar al tiempo en su carrera”. “Hay siempre una hora dada en que la palabra humana se hace carne”, y agrega que, como “es la obra de las cosas, es la ley duradera, porque es la verdadera ley”.

Alberdi se ha puesto de moda: Javier Milei y Diana Mondino lo citan como referente del modelo liberal, lo que supone que se refieren a aquel que redactó la Constitución –que es una de las etapas de Alberdi– y prescinde de ese otro que abjuró de ello diez años después afirmando que la monarquía era la mejor forma de gobierno para América o del que había elogiado a Rosas para, luego, visitarlo en Southampton. En 50 años de vida pública, hay, por lo menos, cuatro “alberdis” aunque todos ellos “presidencialistas”, amantes de los gobiernos fuertes.

El Alberdi de los ‘50 es el que, tras Caseros, se posiciona junto a Urquiza y la Confederación y actúa como ministro en Europa y viene al caso porque hace exactamente 171 años –tres meses después de la esquela citada– que ve la luz la Campaña en el Ejército Grande que Sarmiento comienza con una irónica dedicatoria: “Mi querido Alberdi, conságrole a usted estas páginas (…) aconsejándole atenerse al bello rol que ‘sus Bases’ le daban a la regeneración argentina”.

Esa insinuación fue suficiente para que comenzara la gran polémica sobre la organización constitucional, que suma un dato curioso propio de tiempos de exilio: esa discusión fundacional, expresada en las “Cartas Quillotanas” del norteño y las “Ciento y Una” –que son cinco– del cuyano, la más importante de los dos grandes arquitectos de la Argentina moderna… se desplegó en Chile.

Y vale traerla al presente porque aquel primer “gran (des)acuerdo nacional” se puede resumir en dos frases inscriptas en el panteón nacional. “Gobernar es poblar”, sintetiza el pensamiento del tucumano mientras el maestro subraya que de lo que se trata es de “educar al soberano”.

¿En el comienzo era entonces la economía o la formación social; lo individual o lo colectivo; el desarrollo o la ética pública; las leyes del mercado o el Estado? Tal y como resume la historiografía los respectivos proyectos de país tienen un título: uno de ellas –la alberdiana que plasmará Roca– es la “república del interés”; el enfoque sarmientino se extracta, por oposición, como la “república de la virtud”.

Los términos algebraicos de este dilema expresado en letras, mediante decisiones políticas se traducen en valores aritméticos y números concretos: qué parte de la “torta” corresponde a cada segmento.

Conscientes de los gravísimos problemas económicos que aquejan al país es lógico que aparezcan como prioridad: no es casual que los dos candidatos finales tengan relación con la economía, uno por su formación profesional, el otro como fallido ministro.

Pero la catástrofe es general… ¿es acaso indistinto el orden de los temas?

Veamos. La plataforma de LLA planteaba integrar siete ministerios, tres referidos a cuestiones económicas (reformas del Estado, económicas e infraestructura) y un único ministerio de capital humano para salud, desarrollo social, trabajo y educación “para atacar de manera conjunta el problema del desarrollo adecuado de los argentinos en situaciones precarias”. La gestión en ciernes no deja dudas sobre sus prioridades.

Este planteo, sin embargo, se da de bruces con la idea de fomentar el desarrollo de “hombres de bien”, que definen, antes que nada, un perfil moral y que, en primera instancia, podría considerarse más “sarmientino” por aquello de que “todo está en los humildes bancos de escuela”.

Un politólogo coincide en señalar que la discusión del día es “batalla cultural o libertad económica”. Aunque las condiciones nacionales, regionales y mundiales difieren completamente de las de mediados del siglo XIX, es importante precisar que en este caso el orden de los factores si altera el producto. Contra lo que se repite, el roquismo y la generación del 80, al concretar el “espíritu alberdiano”, facilitaron algunas décadas de bonanza, pero a costa de condenar al país a insertarse en el mundo como productor de materias primas.

¿Es que acaso la enunciada “condena al éxito” implica atarse al modelo agrominero exportador? Consignemos entonces que aquel tiempo de despegue del país, con un alto caudal migratorio extranjero de “gente de bien”, se realizó en particular sobre la base del proyecto de educación obligatoria, pública, laica y gratuita que modeló Sarmiento contra viento y marea –el de la igualdad de oportunidades– que el mismo Roca convirtió en ley.

Si se trata de refundar una república aquel debate de 1853 aún nos ilumina… porque, en aquel año crucial, mientras uno redactó las Bases, el otro –son sus palabras– retrucó con los cimientos.

Ricardo de Titto es historiador. Autor de Historia argentina en 25 episodios.


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