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Si la historia se resumiera a esta semana, Trump y Kim se llevarían el Nobel de la Paz

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El presidente


Donald Trump
no se lleva muy bien con la historia. No le importa leerla porque, según dijo en varias entrevistas, no tiene tiempo para libros y muchas veces la tergiversa hasta ridiculizarla. “El pasado no tiene que definir nuestro futuro”, dijo hoy, en su
conferencia de prensa posterior a la


histórica cumbre
con el líder norcoreano,


Kim Jong-un
, y puso en duda uno de los preceptos centrales de la historia.






Kim Jong-un sí está, en cambio, condicionado y obsesionado por el pasado y la historia. Quiere sacar a su país del pequeño rincón al que la recluyeron su padre, su abuelo y la Guerra Fría; busca retirar a Corea del Norte de la humillante posición de nación vencida en la guerra.

Ambos, siempre proclives a llamativas dosis de grandilocuencia y narcisismo, intentaron en las últimas doce horas pasar a la historia como los estadistas que detuvieron una de las mayores amenazas globales del siglo XXI.



Si la historia fuese corta, si se resumiera a esta semana y los últimos meses, si el futuro no la pusiera en perspectiva o la contradijera con su devenir, Trump y Kim serían los grandes estadistas que aspiran a ser. Se llevarían también el Nobel de la Paz y merecerían elogios, más galardones y lugares dorados en los libros que el presidente norteamericano no leerá.





Por ahora Trump y Kim son los ganadores globales de la cumbre de Sentosa y de lo que va de 2018. Pero la historia es bastante más que unos meses y 12 horas y ella dirá si quienes hoy se ven triunfantes mantienen su éxito cuando la realidad los ponga a prueba.


Sus logros

El presidente norteamericano logró ya lo que ninguno de sus predecesores alcanzó. No sólo se reunió con su par norcoreano sino que hizo que Kim detuviera sus
pruebas misilísticas y convenció, bastante a la fuerza, a China de que cerrara el puño económico sobre Corea del Norte. Asfixió la economía del país comunista, prometió el uso de toda la fuerza norteamericana contra su líder y, así, lo condujo a la mesa de las negociaciones, un avance inédito para detener una amenaza que pone en riesgo directo a millones de personas de Asia y a otras tantas en el resto del planeta.



El mandatario norcoreano, por su parte, logró lo que ningún otro Kim pudo a pesar de haberlo querido. Fue reconocido por el presidente de la mayor potencia global como un par, como presidente de una nación con la que el líder de la Casa Blanca tiene que hablar de igual a igual, una recompensa inigualable para su desafiante decisión de seguir a todo o nada con el programa nuclear.



En las últimas horas, sellaron ese deshielo progresivo con una reunión y
un acuerdo impensable hace un año. Corea del Norte se comprometió con la “completa desnuclearización” de la península; Estados Unidos aceptó detener los ejercicios militares. El problema, sobre todo para Trump, no está tanto en lo acordado sino en sus detalles.

Mientras se autocongratulaba por su éxito, Trump dijo, en la conferencia de prensa, que esos ejercicios que tanto molestan a Pyongyang son “una provocación”, una especie de crítica solapada a las propias fuerzas armadas norteamericanas.




Los desafíos

El desafío para el jefe de Estado norteamericano será hacer que semejante concesión sea efectivamente acompañada por el desarme de Corea del Norte, una promesa que Kim realizó en la cumbre sin detallar cómo y cuándo lo haría y quiénes podrán comprobar que verdaderamente haya puesto fin a sus misiles y ojivas nucleares.

Si Trump escuchara la historia, sabría que el régimen norcoreano hizo la misma promesa en 1994, en 2005 y en 2007 y todos esos acuerdos, diferentes en sus detalles pero similares en su estrategia, cayeron una y otra vez, la última de la mano de un test nuclear. Con cada fracaso diplomático, el programa atómico norcoreano evolucionó casi exponencialmente.

¿Será esa la alternativa si el acuerdo de Sentosa se queda, con el paso de los meses, sólo en declaraciones de amor y de principios entre Trump y Kim?

El mandatario norteamericano confía, sí, más en su instinto que en la historia. Y su instinto lo convenció hoy de hacer grandes concesiones a un líder que expone a sus ciudadanos al reino del miedo; ejecuta a un ministro porque se queda dormido en una reunión y a su tío dilecto porque, de repente, sospecha de él, y mantiene en pie los gulags que las peores dictaduras levantaron el siglo XX.

Si su instinto falla, Trump, que cree que sólo Abraham Lincoln es digno de ser comparado con él, tendrá que mirar bien atrás en la historia para encontrar un referente: Neville Chamberlain, el primer ministro británico que, en 1938, regresó victorioso de Munich a Londres creyendo que, con la concesión de una parte de la entonces Checoslovaquia, había persuadido a Hitler de que la guerra no era la mejor idea…

Kim tampoco tiene mucha razón para confiar de su interlocutor de hoy. Hace unas semanas, en sólo dos días, Trump canceló la cumbre y la puso en marcha de nuevo.

Además de la volatilidad de su par norteamericano, Kim y su régimen tienen en mente un antecedente lejano en la geografía pero no en el tiempo. Sólo unos años después de acordar el desmantelamiento de sus armas de destrucción masiva, el libio


Muammar Khadafy
y su gobierno fueron devorados por la Primavera Árabe.

El joven mandatario quiere sobrevivir al mando de Corea del Norte. Para hacerlo, necesita darle aire a una economía que, hasta el año pasado, era el secreto de su poder. Pero, para lograr precisamente eso, deberá resignar el otro secreto de su éxito, el plan nuclear.

Ni Kim ni Trump van a poder prescindir de la historia para pasar, precisamente, a la historia. Para hacer que el éxito de hoy también sea un éxito de siempre, para que la desnuclearización y el resurgimiento económico de Corea del Norte y la paz sean una realidad, sí tal vez tengan que dejar sus personalismos, egos e instintos de lado para dar lugar a lo que pondrá a prueba sus logros: la larga y tediosa marcha de la diplomacia y, en definitiva, de la historia.














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