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  Sin estado y sin mercado

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Luis Tonelli. En 1993, pocos días después de la victoria de Carlos Menem en las elecciones legislativas de octubre publicamos un artículo con el querido y recordado Carlos Floria en donde tratábamos de dar cuenta de un fenómeno que, como en otras ocasiones, ya era sindicado de enterrar definitivamente al peronismo.

Las orientaciones “neo-liberales” de las reformas pro mercado emprendidas con una profundidad que ni la dictadura había logrado tomadas por ese gobernador de La Rioja, conocido por sus pobladas patillas emulando al Facundo, no dejaban de sorprender y causas estupor urbi et orbi.

Menos en el electorado peronista, que finalmente es el que ha mantenido con vida al peronismo- obviedad, pasada por alto por las ilusiones tanáticas de algunos analistas. Menem obtenía casi el 44% de los votos (y la UCR, aún después de la catástrofe del 89, un 30%, en esas épocas de bipartidismo que terminaron con el Pacto de Olivos y el ascenso del FREPASO).

En el artículo con Floria, y basándonos en los trabajos de otro querido amigo y siempre presente, Manuel Mora y Araujo -gran pluma de 7Miradas-, no dudábamos del carácter peronista del menemismo. Hecho confirmado por su velatorio en el Salón Azul del Senado de la Nación, administrado hoy por CFK, como lo hizo notar Ignacio Zuleta en su Avant Premier del diario Clarín, en su recuperación como “héroe peronista”.

Decíamos con Floria en aquel temprano momento, antes de la reforma constitucional, que Menem representaba un lado del peronismo que hasta ese momento había sido marginal, el de los caciques provincianos. Como lo había demostrado Manolo Mora a fines de los 60´, el peronismo desde sus orígenes mismos había exhibido dos coaliciones socios electorales muy diferentes.

Una, la del eje Líder-Masas, la del Caudillo y los sindicatos. La del rapto de la clase obrera al laborismo y el socialismo. Coalición con base en el conurbano industrial y que emergió con fuerza el mítico 17 de Octubre de 1945. Pero, en las provincias interiores, donde la industrialización no existía, Perón trabó acuerdos con políticos conservadores y algunos radicales, que le proporcionaron el triunfo sobre la Unión Democrática. Esa combinación de labour y tories, de obrerismo y conservadorismo es un “milagro” que el peronismo ha renovado y que resiste todo ideologismo (como lo demuestra la defensa cerrada del kirchnerismo, incluso de su secretario de Derechos Humanos, del gobernador de Formosa, el “eterno” Gildo Insfran.

Mora en los 70, en la tradición del Instituto di Tella, había abogado por la creación de un partido que representara a los sectores medios y medios altos, que al estar huérfanos de representación política eran los que golpeaban los cuarteles. En su visión, ese partido de derecha debía recuperar el electorado cautivo del peronismo, y parte del que votaba al radicalismo, “tapándose la nariz”.

La UCEDE fue un intento en esa dirección, pero en vez de darse la partición y éxodo que proponía Manolo, el peronismo giró sobre sí mismo, y en base a la desindustrialización operada desde los 70, en la decadencia de su columna vertebral, los sindicatos, el menemismo marcó el ascenso de su ala conservadora popular -incorporando en el Frente a la UCEDE-. Todo sin embargo, dentro de la tradición peronista, aunque las políticas se dirigieran exactamente en sentido contrario de las de su fundador.

En realidad, Perón había ensayado pragmáticamente todo un repertorio de políticas públicas, como buen heredero del Partido del Orden, que tuvo a su epígono en Roca, aunque pudo agregarle a la Bismarck, un conjunto intenso de reivindicaciones sociales. Desde ese momento, no solo los obreros, sino también los sectores bajos no estructurados, serían peronistas.

El menemismo volvía a poner el énfasis en la relación Orden y Libertad, enterrando de ese modo a la fase corporativa peronista, aunque sin perder la dirigencia sindical, devenida ahora dirigencia empresarial. Menem despidió así al Siglo XX, al que seguimos despidiendo con su entierro, como escribe Sabrina Ajmechet en su columna en La Nación.

Ese conservadorismo popular de Menem, también sería el límite a sus políticas neo liberales, interrumpidas tanto por su proyecto reeleccionario, como por paradójicamente la mismas debilidades de la sociedad civil que le había permitido avanzar raudamente, con su legendaria muñeca política, y liquidando sin mayores conflictos ni resistencias, el cadáver del Estado Interventor peronista.

En las experiencias reaganianas y thatcheristas, el retroceso del Estado, había liberado las energías de la sociedad civil, que llenaba eficazmente los espacios que quedaban vacíos. Aquí, dada la matriz estadocéntrica originaria, no existía. Al mercado le faltó su otra cara imprescindible para su estabilización.

En el 2001, el experimento estalló, dejándonos las inversiones hundidas que no pudieron escapar, pero también la idea que en este bendito país la corrupción paga.

A partir de allí, hemos transitado entre dos no lugares. El de un “estatismo sin estado” y un “neoliberalismo sin mercado”. No hay nada más espectral que nuestra Grieta.

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