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Sin palabras

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Por: Luis Tonelli. “No importa que el gato sea blanco o negro. Lo que importa es que atrape ratones” decía el General, que si de algo estuvo siempre preocupado fue de generar “estaticidad” (demasiada, a mi gusto). Nos llegan noticias del muy neoliberal vecino trasandino con su muy neoliberal presidente y su módico estado neoliberal. En un solo día, han vacunado todo lo que en un viaje charter a Rusia Aerolíneas Argentina trae para vacunar en la Argentina.

Eso sí, el Gobernador de Buenos Aires, se ufana que ya en cientos de Unidades Básicas  y lugares afines se han anotado más de dos millones de personas para vacunarse con una vacuna que no está. Y los vuelos a Rusia son revestidos de un aura épica, cuando es como usar un camión IVECO para transportar una carga en una guantera.

Pongo a Chile no como ejemplo de sociedad, sino lo que los metodólogos llaman el “least likely case”: neoliberalismo es sinónimo de Estado Ausente para la vulgata populista vernácula. Y, sin embargo, el Estado chileno exhibe una envidiable eficacia en la vacunación, procedimiento esencial para que vuelva la normalidad, que envidiamos de este lado de la cordillera.

Claro que dicha eficacia práctica para vacunar contrasta con el manejo estatal de los conflictos sociales en las calles de Santiago que tomaron por sorpresa a una clase política pequeña, elitista y conciliadora, sin saber con quien “negociar” frente los hechos de violencia, muchas veces espontáneos, y facilitados por las redes sociales.

A la inversa de lo que ocurre con la eficacia práctica de organizar la vacunación, en términos de contención social el Estado argentino le lleva varios cuerpos al chileno. Aquí no hay conflicto que no esté “estatizado”. El gobierno dispone de un Excel con todos los nombres de los representantes territoriales del potencial conflicto social (Excel del que disponía también la Ministra Carolina Stanley, solo que tenía que agregarle un sobreprecio a las organizaciones sociales por tratarse de un gobierno no peronista). En Chile, la señora Piñera preguntaba aterrada si los manifestantes eran “alienígenas”, cuando se trataba simplemente de chilenos en revuelta. Aquí, en la Argentina si hay estallido es endógeno a la política.  Para sintetizarlo en una frase con tufillo gorilón “En Chile nunca hubo peronismo, y acá tuvimos demasiado”.

Llegado a este punto, se invierten las cosas. La sociedad pasa a estar al servicio del Estado, porque se vuelve consustancial a él. El Estado argentino (que es un funcionamiento, no solo un monto de gasto) todo lo deglute, porque con él, ya todo funciona mal, pero sin él, la sociedad argentina luego de tantos años de paternalismo y de negocios, no podría directamente funcionar.

Los gremios educativos vetaron durante un año cualquier propuesta de volver a las aulas. Los representantes de los educadores se niegan que sus representados eduquen. Por supuesto que los maestros en el aula van a tener más riesgo que el que corren en sus casas.  Como también corren más riesgo la gente que trabaja en un supermercado. Y qué decir de los trabajadores de la salud.  Pero que dirían los maestros si encontraran el supermercado cerrado, o no recibieran atención en el hospital. ¿Es más esencial hacer menos cola en un supermercado que impartir educación a nuestros chicos?.

En un punto todo se vuelve ridículo. La última fase en la evolución negativa de nuestra estaticidad lo constituye la corrupción de la palabra oficial. No se trata de mentiras escandalosas (que siempre requieren de un contexto mínimo de verdades contra la que contrastan). Ni de propaganda manipuladora. Ni siquiera de post verdad, sino más bien de post vergüenza. Si dice cualquier cosa, en una hiperinflación de palabras a tal punto que como el peso, ya no sirven para comunicarse con ellas.

El Estado, ese Dios mortal del que hablaba Hobbes, ese artificio virtual generado para superar la conflictividad social se da vuelta como una media, y vuelve artificiosa a la misma sociedad. El ejemplo radical de ese proceso lo constituye el desmoronamiento del Imperio Soviético por un Estado engulléndose a la realidad de la sociedad obligada a vivir en un mundo surrealista de manifestaciones en las que nadie ya creía hacía tiempo.

Los juegos de palabras de Alberto Fernández, las épicas falsas, los twitters altisonantes de la vicepresidenta, las declaraciones sobradoras de Axel y Máximo, sus replicaciones por toda la red de funcionarios y resortes aceitados, hasta llegar al más pequeño cuatro de copas, cumplen asi con una función latente inquietante: obturar el mecanismo de creación de sentido, para que no esté disponible para nadie (y menos para la oposición).

Como en el Macbeth de Shakespeare “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”.

Sin palabras, la política se desvanece, y queda el poder desnudo, que se legitima asi mismo, simplemente por ser poder. Sin palabras (que son las que posibilitan la promesa y el proyecto, el compromiso y el acuerdo) se vive en el presente continuo de la farragocidad embotante de lo cotidiano. Sin palabras, lo que muere es nuestro futuro.

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