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tensiones perennes con la UE, Irlanda como termómetro y Johnson en el alambre

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Año 2045. Los libros de historia, página a página, van desde la crisis económica del 2008 y sus estragos, las movilizaciones en América Latina o una pandemia de coronavirus que parece que toca casi el final pero que no sabemos muy bien cuánto va a durar en realidad. Y en algún capítulo, el brexit. Ese cuento de nunca acabar que se hizo plenamente efectivo un 31 de diciembre de 2020. Es decir, el divorcio, firmado, entre el Reino Unido y la Unión Europea cumple un año este mismo viernes, aunque parezca que han pasado siglos desde que los británicos decidieron en referéndum salir del bloque comunitario.

Un Protocolo puesto en jaque

Pero las tensiones se han mantenido aunque haya habido un pacto, que se firmó eso sí sobre la bocina y con los funcionarios en ambos lados compartiendo pizzas en una noche que se hizo eterna. Hay un punto clave en este tira y afloja: el Protocolo de Irlanda. Es la parte que menos convence a Londres, pero la UE insiste en que lo firmado, firmado queda. Según este documento, Irlanda del Norte se mantiene dentro del mercado único de la UE, por lo que la llegada de mercancías tiene que pasar una serie de controles aduaneros, toda vez que tanto ese territorio como el resto del Reino Unido forma parte de un tercer país. 

Y aquí empieza uno de los trucos del Ejecutivo británico. Esos controles aduaneros se han retrasado ya varias veces por parte del Gobierno de Johnson: estaba previsto que se pusieran en marcha el 1 de abril. La medida se pospuso entonces para el 1 de octubre, pero Frost anunció como nueva fecha el 1 de enero de 2022. Bruselas ya lleva a partir de esos cambios con la mosca detrás de la oreja.

En base precisamente a su disgusto con el Protocolo, Downing Street ha insistido en numerosas ocasiones en que necesita retocar el acuerdo. ¿Cómo? Remitiendo a Bruselas un nuevo Protocolo que cumpla con las expectativas del Reino Unido. Londres quería en este momento que la supervisión judicial de la aplicación del tratado en la región por parte del Tribunal de Justicia de la UE. «No se trata únicamente del tribunal en sí mismo. Es el sistema mismo del que el tribunal es su vértice, un sistema por el que se aplican en Irlanda del Norte leyes sin ningún tipo de escrutinio democrático o de discusión», explicaron entonces. Pero Bruselas no cedió y los tories tuvieron que repensar su estrategia.

Han llegado incluso a la amenaza de activar el Artículo 16 del acuerdo, que en la práctica suspende el Protocolo de Irlanda y por lo tanto resquebraja del todo la relación comercial entre el Reino Unido y la Unión. Londres, entre aviso y aviso, trató de calmar las aguas y dejó claro que esto era solo «una opción». Las dos partes pierden si el pacto salta por los aires, pero el Reino Unido, al quedar aislado, es quien más podría sufrir el peso de la ruptura.

El cuento de nunca acabar

El divorcio, por lo tanto, no ha servido para aliviar unas tensiones que parecen además lejos de resolverse a medio plazo y algunas de las cuales ya vienen heredadas del periodo de negociación. Que se lo pregunten a Francia. París y Londres han evidenciado este 2021 hasta qué punto las consecuencias del brexit pueden ser puntos de fricción.

Hay que contar también con la parte energética. Macron y Johnson añadieron un roce a sus complejas relaciones en torno a la isla de Jersey. También en relación con la pesca, esta crisis se inició cuando una flota de más de 60 embarcaciones pesqueras francesas navegaron hacia a un puerto de la capital de la isla, Saint Helier. Era un modo de protestar porque los trabajadores consideraron que Londres había añadido requisitos extra para navegar. 

Asimismo, el Gobierno francés insistió en la reclamación de 150 licencias a las que considera que tienen derecho sus pescadores por el acuerdo de salida del Reino Unido de la UE para trabajar en aguas británicas, pero en paralelo prepara un plan de reconversión y abandono de la actividad para los que no puedan seguir trabajando allí. Según el acuerdo del brexit, tienen que enseñar su historial de pesca para poder acceder pero el Gobierno de Johnson complicó el acceso. Y Francia, que suministra energía a la isla, amenazó con cerrar el grifo.

La migración envolvió uno de los últimos choques después de que una embarcación naufragara cerca de la ciudad de Calais, en Francia, mientras intentaba llegar a Reino Unido por el canal. Entre ellas, al menos siete mujeres y tres menores. Johnson pidió entonces a Francia «coordinarse» con patrullas marítimas y a la vez llama a acciones para «devolver rápidamente a los migrantes que crucen el canal». Habla, implícitamente, de devoluciones en caliente. París respondió con dureza y no solo acusó a Londres de «instrumentalizar» a los migrantes sino que además le ‘expulsó’ de una reunión de ministros de Exteriores de algunos países para abordar la situación.

La crisis de las fiestas

Las crisis de Johnson no se quedan ahí. Hacia dentro los problemas del Gobierno británico van en aumento y los conservadores van cayendo en las encuestas por la que se puede llamar ‘crisis de las fiestas’. Los medios británicos publicaron en los últimos meses que varios diputados, miembros del Ejecutivo e incluso el propio primer ministro participaron en celebraciones -entre tres y siete- durante la parte más dura de la pandemia, entre marzo y junio del 2022. 

Aunque Johnson lo ha negado todo, su figura ha quedado muy tocada, una erosión agudizada por la falta de respaldo de su partido en el Parlamento y por las dimisiones, entre ellas precisamente la del ministro para el Brexit, David Frost, que renunció al cargo por su desacuerdo con las medidas adoptadas para hacer frente a la nueva ola de la Covid-19. El brexit, con todo, cumple un año y a Boris Johnson, que fue uno de los principales defensores e impulsores de la salida de la UE, le siguen creciendo los enanos tanto dentro como fuera de sus, ahora, fronteras. Veremos qué pasa en los siguientes capítulos.


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