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TIEMPO PASADO. | 7 miradas

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Ferdinand Amunchásteguy. Con el tiempo se aprende qué hay determinadas cosas que siempre permanecerán unidas a ideas o sensaciones. Algunas exigirán de un esfuerzo importante para encontrar el nexo que las une y otras,  sólo serán conocidas por aquellos a los que les pertenecen. En definitiva, en ningún caso,  esas especiales uniones serán conocidas por el hombre común, que no logrará advertirlas o subestimará su importancia, algunas solo podrán ser conocidas por los individuos que las poseen. En mi caso, ahora,  pasado el tiempo, empiezo a ver que mis manos que empiezan a arrugarse, son las manos de mi padre , han dejado de ser las mías para ir adquiriendo su forma, sus arrugas y sus venas azules, que ahora han dejado de ser una sombra, para ser un rasgo característico de ellas.

Sin embargo, nada acompaña ese parecido que nos traslada varias décadas atrás; el mundo en el que esas manos laboraron para construir  un futuro – no este que compartimos- era absolutamente distinto al que nos toca transitar. Fue el tiempo en el que un vicepresidente rechazó la posibilidad de percibir una pensión por haberlo sido, o en el que un Senador se quitaba la vida  por la vergüenza que sentía al no poder honrar la deuda que mantenía con un Banco Oficial. Era el tiempo en que ser Funcionario público era una distinción que no se confundía con la prebenda de un cargo, o la incapacidad para ejercerlo; eran las horas en que el aprecio social se exteriorizaba luciendo en el automóvil personal las conocidas “chapas blancas”, que le permitían al hombre común conocer que allí se desplazaba un servidor al que, por esa sola razón se le merecía respeto y reconocimiento por los desvelos que destinada a lograr el bienestar general.

Era la época que podía inspirar a Sanchez escribir “mi hijo el doctor”, anhelo del progreso social, y que no permitía avizorar que la instrucción pública, la capacitación y el servicio habrían de degradarse hasta desaparecer como la meta a la que aspiraría la sociedad. Los lugares comunes sobran para graficar esta realidad que atravesamos, pero el destino parece  ensañarse y mostrar que la pendiente por la que nos deslizamos es más pronunciada de lo recomendable.

En ese escenario, las instituciones pierden el prestigio del que pudieran gozar, y son objeto de los peores comentarios que pueden dedicárseles. Nunca  falta  el periódico ataque del oficialismo a la Administración de Justicia. En los últimos días de la semana qué pasó -como ya comentásemos- fue el Ministro Soria quien se despachó vituperando a la Corte y a los jueces, pero fue la Vicepresidente la que se pronunció con brío contra la Justicia, cuando impetró la nulidad de la causa en la que se investiga el “memorándum” con Irán. Los duros términos con los que se pronunció, casi rozaron lo impropio, aunque ya es difícil reconocer esos excesos en un país en el que cualquiera se siente con derecho a adjetivar el comportamiento de sus iguales,  con las peores palabras que haya recogido la Real Academia en sus ediciones.

Así, mientras la Corte trae nuevamente a proceso a C.P. Blaquier por sucesos ocurridos hace más de cuarenta años, se abre paso en las páginas de los periódicos la controvertida licitación que permitirá a los chinos proveernos de miembros de madera, y las calles se llenan, un rato,  por los alegres hinchas de Messi y la selección y otro rato,  por las organizaciones sociales que reclaman sobre su hambre.

El receso judicial,  que en esta ocasión casi no se advierte,  ya que es poca la diferencia existente entre este paréntesis y lo ocurrido desde que se instaló la pandemia, abre la brecha para que otros temas ocupen el escenario de este villorrio que se debate entre un recuerdo que prometía bonanza y un presente que intenta ocultar un cincuenta por ciento de pobres.

La fuerza del relato es tanta, que luego de alcanzar las cien mil muertes, se califica de exitosa la campaña de vacunación,  y los males que nos aquejan son solo traspiés construidos  por aquellos que conforman la oposición, como los alzamientos cubanos el capricho de los que no desean el bienestar del pueblo. Las manos de mi padre no sabrían cómo moverse en este mundo al que,  para su suerte,  han abandonado antes de que las reglas que le enseñaran fueran sustituidas por las caprichosas normas con las que hoy  nos intentan hacer avanzar.


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