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¿Todos confiesan? Los cuadernos y el aporte de la teoría de los juegos

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Por Sebastián Senlle Economista

 

La difusión de los escritos que prolijamente recolectó durante años el chofer Oscar Centeno como testigo privilegiado de un desfile de irregularidades varias en torno al esquema de la obra pública ha copado la agenda de los medios desde la semana pasada. Las especulaciones por estas horas apuntan a intentar pronosticar qué tan lejos podrá llegar la investigación, en función del nivel de información y confesiones que puedan aportar los propios implicados en su intento de conseguir mejorar la propia situación procesal. Así las cosas, ¿cabe esperar una ola de “arrepentidos” confesando y aportando un torrente de pruebas? La rama de la disciplina económica conocida como Teoría de los Juegos, que analiza los resultados de la interacción humana ante distintos incentivos, puede aportar elementos interesantes para echar luz sobre el asunto.

 

Uno de los ejemplos “insignia” con que se suele introducir la Teoría de los Juegos es el “Dilema del Prisionero”, que incluso en su versión más simple, resulta particularmente útil para analizar el Cuaderno-Gate. El dilema describe la disyuntiva de dos prisioneros que fueron capturados tras cometer un delito en conjunto de gravedad intermedia y alojados en celdas separadas, sin posibilidad de interactuar entre sí. La Policía sospecha que además cometieron un delito más grave y, en su búsqueda de pruebas que faciliten la sentencia, a ambos les ofrece la posibilidad de acceder a una condena rebajada por delatar al otro. Si A delata a B (y B, en cambio, no lo hace), A recibe la pena mínima por el delito menor y B la pena máxima (y viceversa). Si ambos se delatan mutuamente, la Policía cuenta con pruebas, entonces para aplicarle a ambos una pena mayor, atenuada por su colaboración. Si, finalmente, ambos eligen callar, la Policía no tendrá evidencias contundentes y sólo podrá acusarlos de un cargo menor, que los dejará libres en cuestión de meses.

 

La Teoría de los Juegos pronostica que el único equilibrio posible (“Equilibrio de Nash”, en homenaje al Nobel John Nash, uno de sus máximos exponentes, que quizá el lector recuerde por haber inspirado el film “Una mente brillante”) es esperar que ambos confiesen y se delaten mutuamente: haga lo que haga el prisionero B, la mejor opción de A va a ser traicionarlo (si B calla, A accede a la condena mínima; si B también confiesa, al menos A evita la pena máxima y logra una rebaja por su colaboración). Si pudieran ponerse de acuerdo (y confiar en que el otro respetaría el trato), alcanzarían la mejor solución para ambos manteniéndose callados. Sin embargo, la imposibilidad de coordinarse, combinada con el afán de mejorar la situación propia, los lleva a un equilibrio no cooperativo subóptimo por el cual ambos reciben una pena más alta que la que surgiría de cooperar entre sí.

 

Los equilibrios no cooperativos son moneda corriente para explicar fenómenos de configuración social y política de diversa índole. Por ejemplo, si todos los Gobiernos pudieran ponerse de acuerdo en no propinarse ataques bélicos, ninguno precisaría dedicar porciones de su presupuesto a fines armamentísticos, pudiendo prescindir de sus ejércitos y redirigir esos recursos a fines que incrementen el bienestar social. Sin embargo, con sólo un puñado de excepciones (Costa Rica, el Vaticano, Mónaco, entre algunos otros), los países no han elegido prescindir de sus Fuerzas Armadas, ya que tal escenario no sería un Nash-Equilibrium. Al país 1 le convendrá conformar un Ejército independientemente de lo que haga el país 2: si 2 eligiera no tenerlo, podría atacarlo y extraerle recursos en forma violenta cuando quisiese; si en cambio eligiera tenerlo, sus soldados cumplirán fines precautorios y estará defendido de un eventual ataque. 2 replica el razonamiento y, ergo, toma la misma decisión. Aunque todos estarían mejor si eligieran no tener Ejército, todos acaban teniéndolo: la postal perfecta de un equilibrio no cooperativo.

 

Así las cosas, volviendo al caso de los cuadernos Gloria que nos ocupa, una primera mirada sugeriría que los acusados intentarán mejorar su situación procesal a toda costa, dando lugar a un equilibrio “no cooperativo”: con sus delaciones cruzadas, acaban proveyendo a la Justicia de más información de la que inicialmente dispondría, como en el Dilema del Prisionero.

 

Algunos elementos invitan a pensar que el equilibrio “cooperativo” entre los detenidos (“ninguno confiesa”) será aún más difícil de alcanzar y que las revelaciones serán la respuesta extendida de los acusados. Primeramente, los implicados son muchos y provienen de ámbitos diversos, lo que aumenta los costos de transacción de coordinarse entre sí. Además, el marco legal, con la puesta en vigencia en 2016 de la “Ley del Arrepentido”, incrementa el premio y formaliza un marco de referencia confiable para el detenido que elige confesar, en tanto aporte pruebas que conduzcan a avances evidentes en la investigación.

 

Sin embargo, otros elementos relativizan estas conclusiones y permiten suponer que no habrá tal ola de “arrepentidos” entre los acusados. En los experimentos en que se llevó a cabo en la práctica el Dilema del Prisionero, los resultados indican que las personas tienden a ser mucho más colaborativas que lo que sugeriría la teoría, mostrando que otros valores (como la lealtad o la generosidad unilateral) están presentes aunque no sea lo racionalmente conveniente para el individuo. Esta tendencia a la cooperación se acentúa cuando los agentes perciben que se enfrentan a un juego “repetido”: si los acusados piensan que el proceso que tienen por delante será largo y constará de varias instancias, aumentan sus incentivos a no delatar, como gesto para esperar reciprocidad. La identificación ideológica o hasta afectiva de algunos de los acusados con otros implicados, además, constituye un incentivo exógeno que los impulsa a mantenerse en silencio, aún cuando no les resulte individualmente la estrategia más conveniente. Adicionalmente, acogerse a la figura del “arrepentido” diluye para el acusado la posibilidad (improbable, pero posible al fin) de salir totalmente ileso del proceso.

 

¿Qué cabe esperar, entonces? ¿Una avalancha de confesiones o un “pacto de silencio” entre los acusados? Probablemente la respuesta se sitúe en algún punto intermedio. La Justicia, seguramente, cuente con la colaboración de varios detenidos, especialmente aquellos más afectados en su psicología por las circunstancias del encarcelamiento. Para una mayor eficiencia, los agentes judiciales deberían estar atentos para evitar el contacto entre los acusados y limitar la información a la que pueden acceder sus abogados sobre las estrategias que están adoptando los otros. No obstante, por los contraincentivos mencionados, la colaboración no será total y la Justicia deberá hacerse de pruebas con otras herramientas para cimentar las acusaciones.

 

Las cartas están sobre la mesa y se irán relevando en los próximos días, en un experimento de escala de Teoría de los Juegos en la que, precisamente, hay mucho pero mucho en juego.


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