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Todos estamos trastornados | Perfil

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Suecia impondrá el uso de libros en las escuelas, para fortalecer el desarrollo del lenguaje, la lectura y la escritura, que se han deteriorado con las pantallas. La medida obedece a un consenso que existe entre los investigadores: internet está debilitando la capacidad de atención y de concentración de la gente.

Mucha información que estuvo antes en el cerebro, ha pasado a los dispositivos electrónicos, debilitando nuestra capacidad de procesarla. Somos inmediatistas, nos movemos por informaciones rápidas, espectaculares, fugaces. Estamos perdiendo la paciencia para pensar, la capacidad de ver conjuntos. Extraviados entre millones de hojas, perdimos la capacidad de ver el bosque. Inundados por información, perdimos la formación.

Las pantallas fomentan problemas de conducta, la irritabilidad, la agresividad, la dificultad para regular las emociones. El uso obsesivo de la mensajería de texto debilita al lóbulo frontal del cerebro, encargado de tomar decisiones y controlar impulsos. Lo vemos cuando aparecen nuestros líderes en la televisión: mientras más dependen de las pantallas, son más autoritarios.

Los cambios que experimentamos, alteran nuestra forma de relacionarnos con los demás, cambian las reglas de convivencia, y fomentan nuevas formas de comunicación.

Hemos llegado a una confusión conceptual total. Hasta el fin de la Guerra Fría se discutían propuestas y programas. Los partidos y los dirigentes promovían distintas formas de organizar la sociedad y luchaban por implantarlas.

Pasamos a una etapa en la que muchos se olvidan de discutir ideas, argumentando que sus adversarios son corruptos. Hay unos pocos delincuentes en todas las tiendas políticas, pero la discusión no debería ser ética sino conceptual. Hayan sido o no correctos los comentarios sobre éstas, su forma de organizar la sociedad nos llevó al desastre.

El espectáculo sirve para las campañas electorales, pero no para gobernar

Algunos creen que pueden detener los cambios dando clases de cívica, promoviendo viejos valores, pero lo que ocurre no es tan superficial. Nace una nueva especie, con otras percepciones de la realidad que no cree en la cigüeña, que no asoma en las fotografías del James Web.

En los 90, tuvimos experiencias que cuestionaban los axiomas de la consultoría política norteamericana en la que nos educamos. Se estaba desmoronando la sociedad vertical de las palabras, la autoridad de los padres con los hijos, de los maestros con los alumnos, de los curas con los feligreses, de los ciudadanos con los líderes. La tecnología corroía los usos y costumbres de la vieja política.

En 2003 hicimos en las elecciones mexicanas investigaciones que discutimos con políticos y académicos. Encontramos que la red había adquirido importancia, la sexualidad se entendía de otra manera y las mujeres habían subvertido el orden de Occidente con sus valores. Publicamos entonces, junto con Santiago Nieto, en el Fondo de Cultura Económica de México, el libro: “Mujer, Sexualidad, Internet y Política: los nuevos lectores latinoamericanos”.

El cambio apenas comenzaba. En el 2007 apareció el iPhone, Google lanzó Android, Amazon el Kindle, se empezó a construir Watson, un ordenador de IBM que combinaba aprendizaje automático con la inteligencia artificial. Aparecieron: la primera plataforma de código abierto GitHub, Facebook, Twitter. “Satoshi Nakamoto” (no se sabe si fue una persona o un grupo) creó el bitcoin, nació Airbnb.

El tiempo histórico se aceleró. La Revolución del Conocimiento se acelera todos los días. Los conocimientos científicos de la humanidad se duplican, cada vez más, en menos tiempo.

En los últimos cinco años se han escrito cientos de papeles, libros, y se han organizado decenas de seminarios para analizar cómo la Revolución Tecnológica alteró a nuestra especie. Todos los meses aparecen investigaciones que cuestionan lo que se dijo antes en todas las ciencias, y ocurre eso también con las ciencias del comportamiento que tratan de comprender cómo funciona nuestra mente.

Un libro interesante sobre el tema es el de Nicolas Carr: “The Shallows: How the Internet Is Changing the Way We Think, Read and Remember”, que señala que los libros estimulan estructuras cerebrales diferentes a las que estimulan las pantallas. Internet es la tecnología del olvido. Su inmediatez y velocidad nos inunda con pensamientos fugaces que impiden que nos concentremos, distrae nuestro razonamiento y obstaculiza la consolidación de la memoria.

La memoria de largo plazo almacena hechos, conceptos complejos y esquemas. Los organiza con patrones racionales que dotan a nuestro pensamiento de profundidad y riqueza. Cuando nos concentramos en un texto, podemos transferir nuestra información a la memoria a largo plazo, creando asociaciones ricas que nos permiten analizar. La forma lineal de pensamiento, serena, concentrada sin distracciones, típica de la cultura de los libros, conduce a planificar, elaborar estrategias que establecen prioridades y un plan para conseguir los objetivos de manera gradual.

Las nuevas tecnologías nos alejan de esos comportamientos, promueven un funcionamiento de la mente que recibe y disemina información con estallidos cortos y sin coordinación. Todo debe ser total y para siempre, conseguirse con un golpe, aunque  cambie después de pocos minutos. Son eternidades fugaces.

Kahneman y Milei

Algunos decían en la campaña electoral que es necesario cambiar todo en la primera semana de gobierno. Si no se derogan decenas de leyes y se aprueban cientos de nuevas normas, antes de que se cumplan los primeros cien días de gobierno, no vale la pena ganar. Estamos en el cuarto mes, no se aprobó casi nada, se siguen mandando leyes enormes que van y vienen, sin que pase nada.

Vivimos encandilados por la información que nos ofrece el celular, incluso, cuando no lo usamos estamos pensando en ella. Cuando navegamos por la red, obtenemos una gran cantidad de datos fragmentados, pedacitos de información multimedia (sonidos, fotos, imágenes en movimiento, textos) que se superponen en medio de interrupciones de alertas y notificaciones, y la conciencia de que existe otra información que puede falsear la que tenemos.

Las formas más complejas de pensamiento –la contemplación, la reflexión, la introspección– requieren que nos concentremos eliminando las distracciones y las interrupciones. Para meditar se necesita silencio y tiempo. Internet hace exactamente lo opuesto: interrumpe y distrae todo el tiempo.

Vivimos sumergidos en las redes sociales de las que obtenemos fragmentos de noticias y titulares. Terminamos asfixiados por información que llama nuestra atención de manera instantánea, generalmente emocional y exagerada, sin que nos demos tiempo para chequear si son noticias falsas.

La red no permitió lo que algunos esperábamos: acceso a información pluralista. Nos embruteció encerrándonos en sociedades maniqueas, en las que cada grupito vive su burbuja de verdad.

Con la red se debilitaron las escalas de valores. Cualquier persona, sin formación ni experiencia, puede fantasear insultando a cualquier presidente o intelectual, porque todos saben cómo deben hacerse las cosas.  

Lo más curioso es que en algunos casos, han llegado a ser presidentes algunos ignorantes, a veces impuestos por las Fuerzas Armadas. Son emblemáticos de este fenómeno presidentes bananeros del Caribe como el dictador venezolano, Nicolás Maduro, quien cada vez que habla alimenta las páginas de la antología de la estupidez humana.

Estudiar es pecado

En estos días, temeroso de que Jimmy Chérizier alias “Barbacoa”, le quite el primer puesto como líder más torpe del continente, emitió una ley que declara ilegal al neoliberalismo, porque es fascista. También apareció envuelto en dos acontecimientos, que en estos tiempos, se consideran salvajes. Está sospechado de mandar a matar a un militar disidente que estaba asilado en Chile y amenazó con invadir la Embajada argentina en Caracas, porque aloja a algunos disidentes de la dictadura. Milei denunció el abuso y mandó tropas a defender nuestro territorio. Es posible que Maduro tema perder el liderazgo de la mediocridad, porque “Barbacoa”, otro  hijo de la red, comandante de nueve pandillas de asesinos que se tomaron Puerto Príncipe, subió imágenes en las que se lo veía comiendo los cuerpos de sus adversarios.

El espectáculo sirve para comunicarse en las campañas electorales, pero no puede sustituir a la acción de un gobierno. Aunque el Presidente sepa usar bien sus redes para comunicarse con la gente, debe recordar que los medios tradicionales existen y tienen su papel en la sociedad.

Las redes sirven para movilizar y suscitar emociones, pero se necesita comunicar con más profundidad. No se trata solamente de que los que lo apoyan griten: “Viva la Libertad Carajo”. Sería bueno que sepan algo del contenido de las leyes que defienden, y para eso los canales de difusión privilegiados son la prensa escrita, la radio y la televisión. Hay que superar el entusiasmo de la consigna, que en la edad de la red es muy maleable, con algo un poco más profundo: el conocimiento de en qué consiste el cambio, y sobre todo, en qué me puede favorecer a mí y a mi familia.  

Han transcurrido varios meses y nadie siente que está viviendo mejor. Parece que una mitad de la población entiende que esto es normal, porque el gobierno anterior dejó un país destruido, y pronto va a llegar algo mejor. Lo que nadie sabe, pero se puede estudiar, es cuánto tiempo están dispuestos a esperar.

El país es un enorme bosque en el que todo está seco. Cualquier chispa puede desatar un incendio incontrolable, como la muerte de un vendedor ambulante en Túnez que desató la Primavera Árabe. La denuncia permanente y las noticias negativas no pueden ser lo único que comunique el Gobierno. ¿Además de dejar en el desempleo a miles de ñoquis, se habrán creado fuentes de trabajo? El ambiente de angustia no va a cambiar cuando se ordenen las cuentas de los economistas, sino cuando el ciudadano común sienta que puede darle a su familia un gustito que le ha negado en estos meses. La realidad es solo percepción de que algo está mejor.

* Profesor. Miembro del Club Político Argentino.

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