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TRABAR LA LOCOMOTORA. | 7miradas

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Por: Máximo Merchensky. El inesperado enfrentamiento de Gustavo Lopetegui con las petroleras que explotan Vaca Muerta, en particular con Techint, pone de manifiesto la oscura nube de contradicciones en que ha derivado la desdibujada política económica, cuya credibilidad se desdibujó desde la crisis cambiaria de abril-mayo del año pasado

Poco antes de que se desatara la crisis pensamos (https://bit.ly/2GkUKUj) que, dado que el Gobierno no había podido encontrar la manera de generar una corriente de inversión que alcanzara al conjunto de la economía argetina, podía optar en cambio por “colgar” esa economía de dos o tres locomotoras de alta productividad, competitividad y gran escala, que pudieran traccionar el crecimiento del conjunto.  Dos de esas locomotoras podían ser la explotación no convencional de hidrocarburos, y por supuesto, la industria agroalimenticia.  La baja de retenciones y el alivio del intervencionismo estatal sobre los precios, debía servir para motivar un boom agropecuario.  Las condiciones especiales (estímulos fiscales, régimen laboral puntual, infraestructura de transporte y distribución) debían acelerar el desarrollo de Vaca Muerta.  Más tarde, la sequía impactó en el resultado del agro en 2018, y las inundaciones pueden todavía lastimar el resultado de este año.  Sólo faltaba que se abriera el inesperado conflicto en Vaca Muerta para completar un desagradable combo, justo en el momento en que el gobierno necesita que la economía vuelva a crecer.

Se puede discutir si inmediatamente después de los éxitos electorales de 2015 o 2017, a caballo de la sana expectativa de cambio que había generado con su discurso de racionalidad, el Gobierno hubiera debido llamar a un consenso amplio que permitiese avanzar con las reformas críticas que la economía argentina necesita para atraer las inversiones que son condición indispensable para volver a crecer.  Una interpretación posible sería admitir que el gobierno se resistió a las trampas de la “vieja política”, en particular a las diferentes vertientes del peronismo, que no hubiera aceptado o hubiera traicionado tal acuerdo.  Una interpretación más cínica indicaría que el gobierno especuló con aplicar cataplasmas al modelo populista heredado, reunir un mayor capital político primero, e imponer las reformas con sus propias condiciones al final del camino.  En cualquier caso, lo que pasó es que el gradualismo no fue ni siquiera gradual: el peso del Estado sobre la economía no mermó, y la monstruosa estructura regulatoria, la maraña tributaria, la intensidad de la presión fiscal, y la inflexible regulación laboral que por largos años arrastra la Argentina, no tuvieron atisbo de solución.  El resultado se resume en chiste que circula por las redes (“ojo que si gana Kristina se pueden ir las inversiones que nunca vinieron”).

 

El gobierno fijó tempranamente la política de promoción de inversiones en Vaca Muerta sobre la base de los mismos “cálculos-demasiado-optimistas” que caracterizaron a todo el modelo gradualista.  El cambio del contexto, pero sobre todo la devaluación del año pasado y la necesidad de cumplir con las metas fiscales requeridas por el FMI, despertaron el afán renegociador del actual Secretario de Energía.  Nadie puede acusar a Aranguren de haber sido demasiado generoso con las petroleras, porque el gobierno presume de haber logrado un crecimiento explosivo de Vaca Muerta, muy por encima de los pronósticos iniciales, gracias a la política que diseñó justamente el ex ministro.  Ahora, con el cambio de reglas, el gobierno incurre en una nueva contradicción con los postulados clásicos de responsabilidad, seriedad de la administración, estabilidad de las normas, respeto de los contratos, etc., que lastima su credibilidad y la confianza de los mercados.  Una verdadera pesadilla.

Hay que volver a situar como norte de la política económica la cuestión central que hubiera debido presidir y ordenar, de manera excluyente, todas las decisiones de este gobierno: la reconstrucción de las condiciones para la inversión.  Sólo la inversión masiva en los diferentes sectores de la economía puede generar las mejoras de productividad que permitan generar más ingreso y riqueza, y volver a crecer.

A estas alturas, podemos creer que el gobierno, por errores propios o forzado por las circunstancias, postergó la decisión de avanzar en las reformas necesarias para reconstruir las condiciones para la inversión y el desarrollo del conjunto de la economía.  Se enfocó, en cambio, en ordenar la situación y evitar una nueva crisis, dando por sentado –y tal vez pecando nuevamente de optimismo–, el funcionamiento aceitado de los escasos sectores con capacidad de poner al país en marcha.  De cara a las elecciones que pueden revalidar el sendero elegido, o volver a trastornar la política económica nacional, es vital que no haya desinteligencias que puedan trabar las locomotoras.


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