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Un incendio que reveló el debate sobre religión, laicismo y el alma de Francia

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El interior de la catedral, con los escombros del techo sobre los bancos de madera, 24 horas después del devastador incendio Fuente: AFP


PARÍS.-

Francia

, un país eminentemente católico cuyos ciudadanos rara vez van a misa, comprende profundamente el sentido y la historia de la Pascua, una historia de resurrección y renacimiento, de transformación de algo profano en algo sagrado.





























En la lúgubre tarde de ayer, los parisinos y los turistas que contemplaban las piedras tiznadas de lo que quedó de la catedral de

Notre Dame

de París y se reconfortaban pensando que por lo menos la estructura del edificio no se desplomó por completo, no solo hablaban de resurrección y de reconstrucción, sino también de su bronca y su estupor ante la posibilidad de que la tragedia haya sido fruto de la negligencia o la mala praxis de las autoridades.

Mientras siguen las investigaciones para determinar las causas del siniestro, hay quienes cuestionan si el presupuesto para los trabajos de remodelación que se estaban realizando no era demasiado escaso; si no se deberían haber instalado más medidas contra incendios o incluso aspersores, y si la alarma de incendios que sonó inicialmente fue debidamente analizada antes de desestimarla, ya que el fuego no fue descubierto hasta 23 minutos después, cuando se disparó una segunda alarma.






















“Es imperdonable lo que pasó”, dice Karine Berger, empleada del cercano Centro Pompidou. “No hay excusas para este incendio, para esta pérdida de una labor de siglos en un solo día”.















Pero los testigos también tenían una apacible sensación de estar frente a la historia, de ser testigos de algo más poderoso y grande que ellos mismos, y sentían el compromiso de ver reconstruida la catedral, porque para muchos, Notre Dame es el corazón de París. “Notre Dame de París es París”, dice Berger. “Es una referencia, el kilómetro cero, porque desde ahí medimos las distancias en Francia”.

Más aún, “son nuestras raíces, nuestra historia, nuestra civilización”, agrega. “Pienso en todas las generaciones de artistas que se pasaron la vida trabajando en este momento a Dios y a la fe”.















“Esta catedral sobrevivió a muchas generaciones y sobrevivirá también a la nuestra”, dice Claude Fosse, empleado de una empresa eléctrica. Un compañero de trabajo que está junto a él recuerda que una vez estuvo allá arriba, entre las centenarias vigas de roble del techo que ardieron anteayer. “Sobre las enormes vigas de ese bosque podían verse las firmas de los artesanos de hace 800 años”, dice, con voz apagada y solemne.








Y aunque la catedral será reconstruida, dice que “ya no será lo mismo, porque se verán los parches”. Tiene 51 años, y duda de que le quede vida para verla terminada.

Notre Dame ocupa un lugar especial porque es una combinación de lo laico, lo sagrado y lo profano. “Por un lado, es un símbolo físico de la civilización occidental, incluso por encima de la catedral de San Pedro en Roma, por su antigüedad”, dice François Heisbourg, un analista francés. “Pero en otro nivel, Notre Dame está encastrada en la cultura popular”. Allí aparecen Victor Hugo, por supuesto, pero también películas como
Amélie o
Ratatouille, además de ser el escenario del musical de animación de Disney
El jorobado de Notre Dame.








“Así que es una catedral que todos conocen, incluso en los lugares más recónditos de Estados Unidos”, dice Heisbourg. “Es universal, occidental, religiosa, literaria y cultural, y todo eso la diferencia de cualquier otra cosa. Ocupa todo el espectro, lo trivial y lo trascendente, lo sagrado y lo profano”.

Notre Dame es uno de los lugares de Europa occidental más visitados por los turistas. Así y todo, las muestras de solidaridad, apoyo y emoción “fueron inesperadas para muchos de nosotros”, confiesa Bruno Tertrais, subdirector de la Fundación de Investigaciones Estratégicas. “Suele decirse que Notre Dame es el corazón y el alma de París, pero como siempre estuvo ahí, dábamos por sentado que seguiría estando”.








Cuando la aguja cayó devorada por las llamas, muchos recordaron un hecho mucho más trágico: el colapso de las Torres Gemelas.

Las volutas de humo negro que inundaron las pantallas de todo el mundo evocaban la misma mezcla de horror y asombro.

Y en algunos rincones de las redes sociales también se notaba un trasfondo de islamofobia, entre rumores sin sustento de conspiración y acción terrorista. Hay tópicos muy oscuros que las actuales muestras de alivio por lo acotado de los daños apenas logran disimular y que reflejan un histórico y tortuoso debate sobre la religión, la identidad europea, el secularismo y el rol del islam en la sociedad.

Ese debate se volvió particularmente acalorado en Francia, señala Tertrais, después de 2013, con el resurgimiento del conservadurismo religioso de derecha que logró alinear a miles de personas, incluyendo sacerdotes, rabinos e imanes, que protestaron en las calles contra cambios legislativos fuertemente controvertidos, como la ley de matrimonio para personas del mismo sexo.

“Quiero creer que este horrible incendio nos dará la oportunidad de reconciliar nuestras posturas sobre el rol del cristianismo en nuestra historia”, dice Tertrais.


The New York Times


Traducción de Jaime Arrambide


















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