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UNA COMUNIDAD ENFERMA | 7 miradas

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Ferdinand Amunchásteguy. La crispación es la característica que está adquiriendo el lenguaje de los Argentinos. Una intolerable violencia se trasunta en cada palabra que se desliza de sus bocas, como si fuera necesario herir al otro, que se convierte en adversario por el solo hecho de ser distinto. El rumbo se ha perdido definitivamente, y quienes debiesen encontrarlo, invierten su tiempo y sus esfuerzos en mantener abiertas las disputas que destruyen la posibilidad de un futuro común.

La razón y los principios se alteran según quien sea su beneficiario o aquel a quien le corresponda ampararse en ellos, ya nada es inmutable y todo ha entrado en la niebla en que se confunden las ideas y se mezclan las personas. La sucesión de episodios violentos se unen en un vórtice infeliz que arrastra a la sociedad a un desasosegado futuro.

En un muy pocos días, se sucedieron las preocupantes manifestaciones de un ex presidente, la toma de terrenos, los cruces de opiniones del Ministro de seguridad imputando públicamente a dirigentes vinculados al Gobierno, el desorden nacido tras el arresto domiciliario concedido a Lázaro Báez y por fin una fuerte demanda de la policía bonaerense a la que se unió el personal del servicio Penitenciario Bonaerense.

Si debiésemos adjudicarle un orden de mérito, nos sabríamos si colocar a la vanguardia las palabras de Duhalde o las imputaciones del Ministro Berni. Las primeras, generaron desazón en quienes escucharon premoniciones encaminadas a descartar las elecciones del año próximo, predicciones enriquecidas con el agregado de atribuir a las Fuerzas Armadas la frustración de las mismas.

El escandaloso augurio mereció una pobre explicación de su autor,  que justificó sus dichos entre una experiencia políticamente opinable y el ingreso a una  oscurecida  etapa de su comprensión. Sin embargo, la situación generada en las últimas horas entre la Policía provincial y el servicio penitenciario bonaerense, no se aleja de aquella predicción que en un principio pareció prudente desechar, y que ahora nos preocupa por las consecuencias que pudieran resultar.

Más directa, la punzante referencia de Berni sobre la intervención de s agrupaciones sociales en la ocupación de terrenos en el conurbano y en las provincias, si bien fue inmediatamente desmentida por el Funcionario Navarro (de la agrupación “Evita”) recibió alguna ratificación cuando otro funcionario fue sorprendido llevando, en un móvil oficial, a distintos futuros ocupantes de las tierras usurpadas en la Villa Mascardi.

Mientras tanto, quienes se adjudican representar la mesura y el respeto a las leyes, no dudaron en apedrear un micro del servicio penitenciario, que intentaba trasladar a un preso al domicilio particular al que lo habían confinado sus jueces. Obviamente, más allá de las  bosingleras  referencias a la ética que les impide compartir un espacio con un pretenso  delincuente, lo que subyace en el caso, es la fuerte tendencia de los argentinos de no admitir otra realidad que la compartida por los grupos coincidentes.

A medida que el tiempo avanza, contrariamente a lo que les sucede a los restantes habitantes de este mundo, en vez de conformar un país homogéneo y fortalecerse la nacionalidad, se ahonda la brecha que separa a los individuos y se buscan los desencuentros antes que los puntos que podrían unirlos.

La realidad que enfrentamos es demostrativa de una comunidad enferma, incapaz de sintetizar los conceptos comunes que le son propios, y empecinada en demostrar las diferencias que deben separar a los unos de los otros. La ley posee un solo texto, los jueces la interpretan de un mismo modo, pero los ciudadanos comunes le atribuyen tantos alcances distintos, como intereses personales o simpatías personales poseen. Así como ya hemos dicho antes de ahora, marchamos indefectiblemente a la disolución, que nuestros hombres públicos, solo impulsados por sus intereses menores, favorecen haciendo ver como diversidad, lo que en realidad es individualismo egoísta. Este concepto de dividir para reinar, ha convertido nuestro ideario político en un frenetico elenco de contrasentidos que procuran convertir en un campo de batalla, aquel otro en él debería construirse un país, cada día más lejano y más borroso.


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