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Una grieta contra la grieta

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Por: Luis Tonelli. “Todo se desmorona. El centro colapsa… Los mejores carecen de convicción. Y los peores están llenos de una apasionada intensidad”.

Estas conocidas estrofas del verso “La Segunda Venida” de Yeats podrían recitarse hoy para retratar poéticamente a la Argentina. Solo que serían invocadas por los que están de un lado de la Grieta para señalar a los del otro lado como los peores, reservándose obviamente para ellos el lugar de los mejores.

Sin embargo, como cuando le preguntaron al sociólogo sistémico Niklaus Luhmann que opinaba sobre la revolución comunista, uno puede glosarlo y decir “francamente, no sé cómo una parte puede existir sin la otra”. Cada lado de la Grieta, considera que el problema esencial de la Argentina es que existe el Otro.

Y en realidad, ambas partes constituyen la Argentina y no se las puede hacer “desaparecer” (verbo elegido con toda consciencia, como para recordar que no hace mucho, las palabras violentas se convirtieron más temprano que tarde en realidades violentas). Así como un Lado necesita del Otro, el discurso del odio fluye de ambos extremos. No es privativo de uno de los Polos -como parece creer el oficialismo, cuando impulsa el observatorio NODIO (que, aparte de ser una aberración anacrónica, está integrado solo por kirchneristas) y que finalmente contribuye más al odio que el que en teoría busca combatir. O como cuando el mismísimo Presidente recita que “la Derecha es la que genera el discurso del odio”.

Simultáneamente, durante el reciente “Banderazo” acompañando a las augustas consignas por la República, abundaron manifestantes que elegían consignas que no hubieran desentonado en la Marcha sobre Roma. Justo cuando caía la noche de la movilización opositora, el ex Presidente Mauricio Macri salió a apropiarse de esa protesta que en gran medida es más una hija del “que se vayan todos” que del espíritu del “Consenso de 1983”. Salvo que, a diferencia del 2001, aparece orientada sobre un solo sector de la política. Pero es solo cuestión de tiempo -como lo demuestran los notables libertarios que participaron de ella- que el ataque abarque a toda la política, a todos los gobiernos, y a todo el Estado.

Cada párrafo anterior poder ser elegido por un Bando contra el otro Bando. Cada Bando puede elegir un párrafo para colocar al autor de esta nota como representante del otro. Pero pertenecer al ala de la moderación no significa que uno carece de ideología, de ideales, y de que todo le da lo mismo. Por el contrario, ese es el problema que tienen los que hoy están en el “centro” y pueden quedar caracterizados a la Yeats, como carentes de “convicción”.

Los moderados que adscribimos un ideal político -en mi caso al liberal democrático asociado al radicalismo- podemos discutir -y acaloradamente- en defensa de nuestros valores sin negar al otro ni la posibilidad de expresarse -que obviamente presupone la de “existir”, ni tampoco el interés por escucharlo y tener en cuenta lo que dice. Cosa que también comparten todas las diferentes versiones del arco “moderado”, caracterizado en común por retomar la idea pluralista en el regreso de nuestra democracia (y entiéndase por pluralismo no solo la tolerancia y el respeto al otro, sino también la idea de que es valiosa la diversidad y la discusión entre las partes).

Por eso que la moderación no significa carecer de ideales, también sostengo que en esta campaña de odios cruzados, el Gobierno tiene la mayor responsabilidad porque tanto brinda el ejemplo y coordina actitudes sociales como también tiene todo el poder del Estado para difundir sus mensajes. Obviamente, el análisis nos dice que existe Grieta es porque le conviene a sus impulsores. Pero ciertamente el impacto es muy diferente en el Oficialismo que en la Oposición.

La grave situación en la que se encuentra el país hace sobrevolar el fantasma de la derrota en las elecciones del año que viene sobre el peronismo en el poder. Sin embargo, esta amenaza aparece disipada -por el momento- gracias a la estrategia de la Grieta: el conflicto genera solidaridades, rezaba la teoría de Lewis Coser, y aquí convierte a la política en un Independiente Racing. Yo -y Luis Pico Estrada- no nos vamos a hacer de Racing por más que lo golee al Rojo de Avellaneda en alguna tarde aciaga que esperamos no ocurra nunca, pero sí que suceda al revés.

La Grieta congela el espacio oficialista, reteniendo así -por el espanto- a sus moderados. Las encuestas consignan qué, pese a todo lo que pasa, el Gobierno -luego de perder lo ganado en los primeros meses de la cuarentena- ostenta los mismos números de apoyo que cuando asumió. Y la Grieta disimula la impotencia del gobierno frente a la magnitud de los problemas que enfrentan (y, no menor es el del conflicto creciente en su interior) gracias a aparecer como su contrario, su “prepotencia” aunque sean dos caras de la misma moneda. Esto, paradójicamente cuando el peronismo ganó las elecciones en primera vuelta, controla el Senado, está muy cerca de la mayoría en Diputados, y gobiernas la mayoría de las provincias -y en la Corte, tres de los jueces supremos son peronistas-.

Y si bien la Grieta le conviene obviamente a algunos opositores, no pareciera que le conviene a la oposición en su conjunto si quiere vencer al oficialismo. En primer lugar porque la oposición carece de la unidad que ostenta hoy el peronismo, dispersándose parte de su electorado en partidos menores. Y en segundo lugar, porque la anti política impacta más sobre los sectores sociales que representan, y es aprovechada por los dirigentes que se ilusionan con liderar lo Nuevo. Algo de eso se vio en las elecciones del 2015 en las que Mauricio Macri no pudo lograr la reelección. Y las próximas elecciones -si el gobierno elude una crisis aguda- al ser legislativas, magnificaran la dispersión.

Claramente, la política se construye en alteridad a otro y esa alteridad fundamental no tiene que ser partidaria -mostrando el ejemplo Raúl Alfonsín, donde la alteridad por él elegida fue la de democracia vs dictadura y no la de tratar como enemigo al otro partido.

Hoy, entonces, y antes de que sea demasiado tarde, se vuelve indispensable una tarea política: que los moderados nos coloquemos apasionadamente en contra de la grieta. O sea, que constituyamos una Grieta contra la Grieta.

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