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Una mirada de Lorenzetti

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El señor Lorenzetti es una presencia permanente en la oscilante política argentina. Ha presidido la Corte Suprema, la sigue integrando y tal vez la recupere-. Su historia suprema data del 2004 y en el 2007 fue designado Presidente. En el 2018 hubo en la Corte una algarabía interna, durante la gestión Macri, que produjo su renuncia a ese cargo, no a la Corte donde permanece. Si hizo un tiempo para casarse y sostener una influencia que nunca ha perdido-

Este artículo publicado en “La Nación” señala su interés por las cosas que nos pasan.  Sorprende por  llaneza de su lenguaje, distante del dialecto esotérico y neologista de otros leguleyos  que suelen hablar de temas de la Corte.

No es extraño pensar que Lorenzetti  se encuentre construyendo poder en su paso por el país.

Es probable también que se siga hablando con interés de este hombre una mirada firme antes los nubarrones y los cambios climáticos, no siempre atmosféricos. Y que no dejan de tronar. 

Ricardo Lorenzetti.* Debería alarmarnos ver el río Paraná sin agua, o la Cordillera de los Andes sin la cantidad de nieve que era esperable, o la deforestación inusitada, los inviernos breves, los calores intensos, la desaparición de especies, la contaminación de los ríos y mares, los incendios, las nuevas enfermedades, la enorme desigualdad social y las tragedias humanas que se derivan de todo ello.

Debería alarmarnos la “Alerta Roja” emitida por el Secretario General de Naciones Unidas, en base al informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), porque señala que la acción humana sobre el ambiente está en el límite.

En una década podrían producirse catástrofes naturales en todo el Planeta, incluyendo la desaparición de islas en el Pacífico. Sin embargo, pareciera que las conciencias siguen tranquilas y hay otras preocupaciones más urgentes, y que este tema no interesa.

En algunos casos es porque hay inconciencia, imprudencia o mala fe. Esta actitud ha contribuido a generar esta situación dramática. En ocasiones he citado al “Rey Lear” de Shakespeare porque pareciera que el mundo ha sido guiado por ciegos y personas que han perdido la razón.

En otros casos es por la inercia de decir siempre lo mismo, aun cuando ya no es la misma realidad. Es como luchar contra el mundo para imponer los textos, como alguna vez lo señaló Foucault.

También hay quienes hablan del ambiente simplemente porque ahora es un discurso de “corrección política”, pero no están dispuestos a hacer ninguna modificación. Hay un consenso declarativo y grandes disidencias prácticas.

El mundo ha cambiado y ya nada será igual, y todos nosotros debemos hacerlo, porque hay un nuevo paradigma para analizar la gobernabilidad del siglo XXI.

Es cierto que no es necesario ser apocalípticos y que en algunos campos se ha avanzado. Hace treinta años, cuando, con un grupo de juristas de diferentes países comenzamos a desarrollar temas de derecho ambiental, era apenas una “onda verde” muy mal vista, como siempre sucede.

Pero no hay nada tan poderoso como una idea a la que le ha llegado la hora de brillar.

Hoy nadie niega la importancia del tema, y, en todos los organismos internacionales que me toca participar, es la agenda más relevante. En ONU ambiente, por ejemplo, tenemos un comité trabajando sobre el “Estado ambiental de Derecho”, y hay numerosos eventos internacionales en camino.

El Congreso de la Unión Internacional de la Naturaleza que se realiza este mes en Francia, congregará a juristas de todo el mundo, lo que es una muestra de la importancia del tema. En África, en China, en Europa, en Estados Unidos y en América Latina hay leyes y decisiones judiciales importantes que obligan a protección del ambiente.

En nuestro país se incorporó la defensa del ambiente en la reforma constitucional de 1994; en el año 2002 se sancionó la ley general del ambiente; en el año 2006 la Corte Suprema dictó la sentencia en la causa Riachuelo, y a partir de allí numerosos fallos en el sentido de la protección del agua, de los humedales, de las especies en peligro de extinción, y del ambiente en general, que son muy valorados a nivel mundial.

En el año 20015 se sancionó el Código Civil y Comercial que reconoce el ambiente como un bien de incidencia colectiva y una legislación ambiental de avanzada. Sin embargo, eso no es suficiente.

Hay un diagnóstico compartido sobre el hecho de que la acción humana acumulada desde la revolución industrial tuvo un impacto negativo sobre el ambiente y ya no es posible seguir de la misma manera.

También es innegable que las desigualdades se han incrementado de una manera impensada en siglos anteriores.

Pero lo importante ahora es la gobernabilidad. Insistir en lo mismo sólo producirá pobreza, desigualdad y crisis, porque es repetir un círculo vicioso. La mejora vendrá si hay un cambio en la dirección de la agenda económica, social y política.

La economía se orientará, inevitablemente hacia el desarrollo sustentable. La energía basada en el carbono será reemplazada, lo que afectará el modo en que se fabrican los automóviles y los aviones. La construcción, el financiamiento, la producción agrícola, la tecnología, y todo lo que hoy conocemos avanzará en esa tendencia El consumo será sustentable. Habrá una alimentación cada vez más compatible con la salud humana, evitando aditivos y desechos.

Las instituciones cambiarán y ya hay muchos modelos novedosos de reformas orientadas hacia la flexibilidad, la adaptación a los cambios.

El arte, la literatura, la pintura, el cine y la producción teórica ya nos han adelantado algunas de las utopías centrales que guiarán la educación y la cultura del siglo XXI.

Solo es necesario tener conciencias alteradas, espíritus sensibles, y personas dispuestas a pensar en el bien común.

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