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Y POR CASA COMO ANDAMOS???

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Por: Simon Kuper. Financial Times

 

Donald Trump no quiere que el Congreso obtenga sus registros financieros y declaraciones de impuestos. El líder de derecha inglés, Nigel Farage, oculta al Parlamento Europeo por qué no declaró los gastos personales financiados por Arron Banks, el donante del Brexit que es investigado por la Agencia Nacional de Crimen de Gran Bretaña. El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, busca inmunidad para evitar procesos pendientes por corrupción, fraude y abuso de confianza.

El gobierno de Austria fue derribado por un video de Heinz-Christian Strache, el vicecanciller de la extrema derecha, diciéndole a una misteriosa rusa que podía gestionar contratos con el gobierno si ella donaba en secreto a su partido. La ex presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, que confirmo su postulación como candidata a la vicepresidencia, está en juicio por presuntamente liderar una asociación ilícita y recibir sobornos. Y la policía de República Checa ha recomendado acusar por fraude al primer ministro multimillonario Adrej Babiu.

Hay un patrón. Los populistas que fueron electos prometiendo eliminar la corrupción o “drenar el pantano” como le encantaba decir a Trump- ahora están siendo acusados de propagarla. Ellos, están perdiendo el control del tema político de la corrupción.

El populismo, en la famosa definición de Cas Mudde de la Universidad de Georgia, contrasta “el pueblo puro” con “la élite corrupta”. Mudde asegura que los tres puntos más importantes para la derecha radical populista son la corrupción, la inmigración y la seguridad.

Es previsible que muchos de los paladiones de la lucha contra la corrupción terminaran chapoteando alegremente en el pantano. Las quejas de los populistas sobre los políticos que roban dinero público a veces traicionan su deseo de participar en la acción. Y muchos de ellos ellos están fascinados con los empresarios ricos.

El atractivo del estilo de vida multimillonario puede explicar por qué varios de los miembros del gabinete de Trump renunciaron después de tomar vuelos privados, militares o de primera clase a expensas de los contribuyentes; por qué Paul Manafort, ex gerente de campaña de Trump, y Michael Cohen, ex abogado personal de Trump, están en la cárcel.

Algo importante está cambiando: los populistas cediendo el problema de la corrupción a sus mayores rivales. En EE.UU los demócratas del Congreso han convertido las finanzas personales de Trump en noticias diarias, Francia, bajo la presidencia de Emmanuel Macron, ha eliminado las donaciones en efectivo a los parlamentarios y prohíbe que los políticos empleen familiares.

Algunos parlamentarios macronistas se quejan en voz baja de la dificultad de vivir en París con 5000 euros al mes. Del mismo modo, en el Reino Unido, las normas más estrictas sobre los gastos de los legisladores privaron a los populistas de las quejas.

La trinidad de temas que mencionan Mudden parece estar favoreciendo menos a los populistas que en 2016. No sólo están perdiendo con respecto a la corrupción. Las preocupaciones de Europa occidental sobra la inmigración se han desvanecido, según encuestas de Eurobarómetro, y a falta de seguridad quizás no vuelva a la agenda política.

Mientras tanto, los votantes más jóvenes se están movilizando en torno al cambio climático, un tema que los populistas no consideran propio. La corrupción no desaparecerá como un problema de la política. En cambio, se apropiará de él un conjunto diferente de políticos: aquellos que, como los santos medievales, hagan un voto de pobreza.

Los políticos exitosos encarnan su propio mensaje. Predicar la vida limpia es bueno, pero vivir limpiamente es mejor. El estilo de liderazgo frugal y abnegado tiene un linaje peculiarmente latinoamericano. Su representante más famoso es el Papa Francisco, que vive en una casa de huéspedes del Vaticano y maneja un Renault 1984.

Otros ejemplos recientes incluyen a José Mujica, el agricultor de flores que, como el “presidente más pobre del mundo” de Uruguay, conducía con su perrito de tres patas en un Volkswagen Tipo 1, o Beetle, de 1987; el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO), que no tiene auto, se bajó el propio sueldo y vuela con aerolíneas comerciales; y la legisladora estadounidense Alexandria Ocasio- Cortez, la ex camarera de origen puertorriqueño que visibilizó su lucha por alquilar un departamento a buen precio en Washington.

Ella es adorada por la base de demócrata y los índices de aprobación de AMLO están cerca del 80%. Si los populistas quieren competir con estas nuevas estrellas políticas, es posible que tengan que renunciar a la buena vida. Y por casa cómo andamos?


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