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Yo, que la había jurado inmortal, sentí la muerte de la catedral como la de un ser querido

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PARÍS.- Desde la pantalla de mi computadora, a pocos metros de la Isla de la Cité,
vi al fuego comerse viva a Notre Dame. Fue como si estuviera viendo en directo el linchamiento de un caballo. En el momento en que más etérea se develaba, más animal la sentí. No le hacía falta ningún relincho, su sufrimiento de estatua, estoico, volvía más agudo el dolor de sus testigos. Estaba tan callada que a nosotros nos tocaba llorar. Lloré frente a la pantalla, y como en estado de emergencia, como si algo que amo estuviera a punto de perderse para siempre, salí afuera.





























Había olor a asado en la calle. Cuando llegué a la esquina y la vi, algo adentro de mí perdió el equilibrio. Se dejaba devorar con tanta elegancia, inmóvil mientras la pira la iba de a poco reduciendo a nada, humo que cubría el cielo, cenizas que no llegué a ver, un espectáculo sin belleza, solo dolor. De golpe pensé: “No voy a volver a verla nunca más”.

Una señora lloraba sola, se tapaba la cara frente a la catástrofe. Las dos llorábamos por

Notre Dame

, y sin embargo llorábamos por algo tanto más grande y tanto más privado que una de las iglesias más famosas del mundo.






















Crecemos sabiendo que un día nuestros padres morirán, pero creyendo que los lugares que amamos, los cuadros y los libros, son para siempre. Que nuestra imaginación y sus paisajes son intocables. Que nadie puede destruir lo que llevamos dentro. No es lo que sentí cuando vi a Notre Dame desaparecer en el aire.















Entonces pasó de animal a persona. Sentí su muerte como la de un ser querido, yo que la había jurado inmortal. ¿No era una pérdida como cualquier otra?, me pregunté sin sacarle los ojos de encima, parada en el puente entre la
foule, un montón de elefantes en ascuas, los brazos como trompas que en la punta sostienen levantados sus iPhones hacia las torres que vomitan humo. Yo también grababa hasta que sentí pudor. El pudor de Notre Dame. Estaba desnuda a los ojos de todos, su andamio invisible dejándose ver contra la voluntad de la historia, un esqueleto surgiendo del humo. ¿Necesitaba, como las reinas antiguas, la privacidad que en sus partos les violaban mil ojos? ¿No era indecente mirarla morir?

Los bomberos sacaban agua del Sena para apagar el fuego. Cuatrocientos hombres luchaban por ella y todos los demás mortales miraban su combate por televisión. La gente se acumula en los muelles, se sube arriba de lo que encuentra para mirarla mejor.















Quizá fuera ahora más nuestra que nunca. Estábamos los que sabíamos cómo era estar adentro y cómo era rodearla cada día por fuera, y los que nunca iban a poder tener la experiencia. Era más nuestra ahora por exclusión del futuro. No sé si alguna vez sentí una tristeza así, sin drama, sin problemas de logística, sin vértigo, una tristeza impotente, inmodificable. Una ruina. Mi primera ruina. Las demás iglesias habían empezado a hacer sonar sus campanas en solidaridad. Me conmovió como si estuviera viendo una manada de lobos aullar por la agonía de la loba alfa, madre de todas las madres. Borgiano, el presidente nos dijo que a nuestra iglesia la íbamos a reconstruir todos juntos porque ese era “nuestro destino profundo”.








Al final, quién lo hubiera dicho, todos somos franceses. La vida de nuestros sueños, de nuestra mente, tiene campos acá donde el campo no existe. Ni su existencia ni su extensión me arrebatan el carozo argentino, ni mi sentido de patria, el río plateado al alba, rosado a la tarde y dulce a mediodía como un león de dulce de leche. Francia vive para todos nosotros, patriotas de otras tierras. Ahora las sirenas se callan. Chorros de agua latiguean la piedra. No sé cuántas toneladas son, pero las torres siguen en pie. Del fuego solo quedan dos llamitas que en cualquier momento no estarán más. Como nosotros.


La autora es doctora en Letras
























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