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Milei y la democracia liberal

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Pese a haber obtenido un extraordinario 56% de votos en la segunda vuelta electoral del año pasado, el gobierno del presidente Milei está experimentando serias dificultades para avanzar con sus propuestas como consecuencia de su profunda debilidad en el Congreso y de la resistencia de un número importante de gobernadores que, en un país federal, conservan una significativa cuota de poder.

El fracaso en la sanción de la denominada Ley Ómnibus fue una muestra de ello. Si bien el primer mandatario legítimamente reclama representar a una mayoría del pueblo, los Diputados, Senadores y Gobernadores también sostienen su legitimidad en base a los votos obtenidos.

Esta yuxtaposición de credenciales democráticas es típica de regímenes presidencialistas que además son federales, en los que conviven varios niveles de representantes. Esta situación es muy diferente, por ejemplo, en los parlamentarismos unitarios. Son los límites que impone el diseño institucional recogido en la Constitución de 1853 por medio del cual justamente se busca el control entre poderes y entre niveles de gobierno.

Algunos analistas han señalado que mientras el Presidente enfrenta problemas para imponer sus políticas en casa, intenta compensar ese déficit con un posicionamiento internacional que opere como el opuesto de la administración anterior, que había decidido alinearse con gobiernos de dudoso o nulo pedigree democrático.

Así, dicen, Milei estaría buscando proyectar una imagen de líder del mundo libre inspirado en las ideas del capitalismo y de la democracia liberal. Sin embargo, si ese es el objetivo, está enviando señales por lo menos confusas, pues casi todos los líderes con los que busca ser asociado tienen serios problemas en lo que respecta a su pedigree justamente liberal.

Veamos algunos ejemplos. Viktor Orbán es el Primer Ministro de Hungría y el responsable de haber acuñado el término de “democracia iliberal” (o no-liberal) para identificar su proyecto político nacional.

Esta variante de democracia sería compatible con los ataques que el mandatario ha dirigido en los últimos años contra los medios independientes, las universidades de libre pensamiento (una de ellas debió dejar el país y reubicarse en Viena), las ONGs de derechos humanos y sus donantes (especialmente las relacionadas con la agenda de género, la protección del medioambiente o los derechos de los migrantes), los miembros del Parlamento y, muy particularmente, los jueces. Su manipulación al Poder Judicial fue tan severa que la Comisión de la Unión Europea debió activar el llamado “mecanismo del Estado de Derecho (rule of law, en inglés)”, por el cual se le podrían aplicar sanciones si no retrocede con las reformas que ponen en jaque la independencia de los tribunales.

Las promesas de cambio de Orbán en este sentido destrabaron (por ahora) el conflicto, pero eso no evitó que Hungría se figurara como el país más corrupto de la Unión Europea con 42/100 puntos en el ranking de Transparencia Internacional, el único del continente por debajo del promedio. Orbán fue uno de los invitados de honor de Milei a su asunción presidencial.

Lo ubicó detrás suyo cuando dirigió su inusual discurso de espaldas al Congreso el 10 de diciembre pasado. El otro invitado especial aquel día fue Jair Bolsonaro, el ex presidente de Brasil cuyos seguidores asaltaron el Congreso, la sede del Poder Ejecutivo y la de la Corte Suprema en enero de 2023, el día de la asunción del Presidente Lula da Silva.

Aquella situación en el país vecino recordó el tristemente célebre 6 de enero de 2021 en los Estados Unidos cuando grupos violentos tomaron el edificio del Congreso en Washington, supuestamente alentados por Donald Trump, que en ese momento era el presidente saliente que denunciaba un fraude electoral.

La admiración y apoyo mutuo de Milei y Trump es información pública. Quien no pudo asistir a la asunción del Presidente argentino, pero que ha expresado una admiración por él que es mutua, es el recientemente reelecto presidente de El Salvador, Nayib Bukele, cuyas políticas contra las sanguinarias y violentas pandillas de su país han provocado graves denuncias por violaciones a los derechos humanos de organizaciones internacionales especializadas.

Según versiones periodísticas, uno de los principales lobistas del salvadoreño, y referente de los equipos de Donald Trump, sería también asesor de Milei. Este lobista habría sido el responsable de conseguirle la crucial entrevista con el periodista de ultra-derecha Tucker Carlson gracias a la cual el argentino entró en el radar de ese sector político en los Estados Unidos.

En suma, los líderes políticos admirados por el Presidente están lejos de ser liberales y son, según el propio Orbán, defensores de un modelo de democracia no-liberal o iliberal, ansiosos por deshacerse de las formas que operan como límite constitucional al poder (esto es, los división de poderes entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, y el control judicial de sus actos) y decididos a avanzar con una agenda ultra-conservadora que descree de la compleja institucionalidad de las democracias modernas y afecta derechos individuales.

En su discurso de Davos el Presidente pintó un mundo bipolar compuesto, por un lado, por quienes defienden lo que identificó como colectivismo y que abarcaría desde el nazismo a la socialdemocracia y, por el otro, a los abanderados de la libertad.

Más allá de esa clasificación que sorprendió a muchos participantes asiduos de esta reunión (uno de ellos llego a decir que le costaba encontrar algo en común entre Hitler y Adenauer), habría que advertir también sobre la existencia de un tercer grupo compuesto por los que en nombre de la libertad reniegan del liberalismo.


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